“Burdel”, de la serie “Manuscritos” de Ericka Volkova

¿Habéis sentido alguna vez que el miedo se convierte en verdadero terror? No, no me refiero a esa sensación de experimentar que el frío os recorre cada uno de los poros erizando los vellos, sino al verdadero terror que hace del cadalso una misericordia del verdugo. Me refiero al terror que ejercita al corazón en un tamboreo constante y continuo, en donde la sangre estalla dentro de cada uno de los órganos para internamente hacerlos sangrar en un llanto que seca las cuencas de los párpados, dilatando las pupilas en donde la luz hace de las sombras la vista perpetua de un intangible que os susurra al oído.

Es un viento que acaricia la piel, y mientras os besa, con sus gélidos soplos la envuelve dentro de un fuego que paraliza los sentidos. Es cuando escucháis entonces a la muerte que vuestro nombre, con la sensualidad susurrante, pronuncia las letras que, a fuego escritas en las paredes de los avernos se encuentran.

Ésta blusa me asfixia. La falda a mis caderas ceñida es tan fría como la mañana que sobre la mesa se desquebraja, mezclando en sus pezones mi existencia por el resto del día.

Deseare desnudarme, hacer de ésta oficina el burdel que del lecho de la habitación de hotel he convertido. Tras la ventana anochece y de entre las tinieblas mi sombra pálidamente vislumbro; entre sus manos me encuentro caminando, mientras al oído, con susurros, su nombre murmuro.

Trecientos sesenta y cinco días: “No se nace mujer”

No pretendo tener la respuesta, pero tampoco puedo aceptar las falsas presunciones que me dicen que ella estará siempre conmigo. Esto, después de trecientos sesenta y cinco días puedo afirmar con certeza plena que no es así. Ericka decidió prendarse a unos labios que no eran los míos, marchando con Marian para apostar a un juego del que no se me permite ser partícipe.

“No se nace mujer; se aprende a serlo”. Permítanme en éste particular caso diferir de ello. Las connotaciones de la propuesta pueden, y seguramente muchas han de ser. Mas no consigo, después de éstos trecientos sesenta y cinco días menos que diferir. Ericka nació mujer, y aunque desde el primer día aprendió a gozar de su feminidad, ella nació y fue mujer. Con la primer bocanada de aire que por su garganta aspiró Ericka fue fémina sin necesidad de aprender una sexualidad que intrínsecamente le recorría por cada una de sus venas, fluyendo con la absurda viscosidad de un carmesí que a sus labios con frenética pasión se aferraban. Y fue esa pasión que dictó cada uno de sus actos llevándole a una vida que, sin tapujos o prejuicios, disfrutó en máxima concordancia.

Desconozco los tormentos que los cuervos le engendraron: me es imposible por lo menos imaginarlos. Intento comprenderlos releyendo sus líneas escritas en letras barrocas extremadamente adornadas en grafismos que hacían de cada una casi letras capitales y que celosamente guardo en este cajón que nuevamente he abierto, y en donde sus recuerdos permanecen suspicazmente obscuros, apartados de la vista precoz de quien con hoy comparto éste juego nativo.

Cuan paradójico es el no desear un día sin ella y ser ahora totalmente proscritas, exiliadas de éstos cuerpos que en sus entrañas aborrecen los tormentos de las cenizas que ambas, en formas y maneras diferentes hemos ingerido, adormeciendo los nauseabundos intestinos que vomitan la amargura para beberla una y otra vez en los recuerdos de sus manos que a mi cintura se asían, meciéndome ellos dentro de un contínuum que a la razón irracional eran. A trecientos sesenta y cinco días los andurriales han cambiado, y aun cuando su nombre no he de olvidar, el tacto de su piel que a la mía recorriera ha dado paso a la sed de un hambriento que sacia su famélica hambruna con los humores de quien a mi lado en jadeos exhala los pudores que por las noches incompresiblemente transitamos.

En ocasiones me siento culpable, eso no puedo negarlo: sentirme en distintas formas nuevamente amada despierta ese absurdo sentimiento de incumplimiento que crece por todo aquello que no sé explicar y que Fabiana es quien menos culpable pudiera ser, reprimiéndome en ocasiones la oportunidad que el instante mismo me ofrece y que yo absurdamente dejo que escape letárgicamente entre las manecillas de un reloj que entre su tic tac de la pared pende. ¿Qué puedo hacer que no sea observar por la ventana a la espera de que unos ojos de verde olivo escudriñen entre mi cuerpo para observar los senos que por sus labios con frenesí pulsan? Fabiana mientras tanto duerme. Plácida y complacida quizás sueña con la calma de una borrasca que, en mi mente, entre los avernos de cuervos y dragones con el nulo reflejo de un cristal por entre la ventana discrepan.

Recuerdo en diversas ocasiones haber despertado mucho antes de que amaneciera, y entre las sombras, sentada en la silla que a un costado de nuestra cama se encontraba vislumbrar su silueta que rompía el silencio de la obscuridad. Era inenarrable mirarla. Taciturna y tácticamente podrías de ella con facilidad enamorarte, y sin cansancio, amarla una y otra vez: la desnudez que le vestía la circunscribía con la virtud de unos ojos que con fragilidad te observaban escudillando cada uno de los minutos que sobre tu cuerpo, igualmente desnudo, se espacian por entre los rincones de las curvaturas que la tez plegaba, escurriéndose entre los instantes de “un evo eterno”, como si el tiempo apresurara la infinidad de un instante que pudiera perderse entre la inmensidad misma.

La extraño, sí, insuficientemente es lo que la extraño al igual que en esa misma insuficiencia lo hiciere durante las últimas semanas en que, dentro de la distancia misma que nos separaba, ella se extasiaba con la sensualidad de quien yo no podía rivalizar: Marian en su amante se convertía mientras mi voz a sus labios acallaba. Mi piel no satisfacía ya los deseos que su lengua ansiaba, ni eran mis senos quienes sus dientes a los pezones quisieran mordisquear, desdeñando los muslos y pies en fragoso silencio que por los suyos urgían. Éstos sentimientos Marian los tornaba en los humos de Dragones de los que Ericka se había hecho adepta y para mí, combatir con los fantasmas de ambas; Andrea y Marian insoportable me era. Comprendo ahora que para Ericka mayormente fuere, lacerándola de esa sensualidad de la que Marian perfectamente había sabido beneficiarse con sensuales susurros que sobre sus venas pinchaba, o quizás fueren con los vapores inicuos que a su sangre de vivos fantasmas intoxicaban. Sus entes la rodeaban, y sin encontrarse dispuesta a omitirlos fui yo quien, entre ellos, con ese letargo de un reloj que en su tic tac se desvanece hube de perderla.

En una semana serán trecientos sesenta y cinco días: trecientos lutos que a mi cuerpo desnudo por la cadera abrazan, sesenta que a mis labios enmudecen y cinco que a mis pies ulceran. Trecientos sesenta y cinco que a mis pechos desecan y que a mi garganta ahogan. Trecientos días de cuervos que sordos con sus picos graznan, y sesenta y cinco que los Dragones, con sus humores, al olvido olvidan.

No fueron pocas las ocasiones que abruptamente, ya de madrugada, hube de despertar en estos trecientos sesenta y cinco días para observar esa misma silla que permanece, y habrá de permanecer vacía. Soy yo ahora quien en ella se sienta, y entre los bordes de la obscuridad, delinea el cuerpo que duerme sobre un sepulcro vacío.

Carta póstuma

Faltan pocos días para que se cumpla un año de que recibiera ésta carta. De una forma u otra, leerla me dio la tranquilidad que necesitaba y estoy convencida de que Ericka sabía que así sería.
Hasta ahora estaba indecisa en publicarla en su totalidad, pues en estos meses que han transcurrido muchas cosas han cambiado. En los primeros días, al leer sus libretas de apuntes había optado por traducirlos para publicarlos paulatinamente en su blog, pero con el paso de los días sentí que hacerlo provocaba que Ericka no fuera libre, como ella había querido serlo.
 A casi un año le he traducido completamente convencida que, aunque mi vida sea ahora distinta, Ericka seguirá siendo libre.

(Carta póstuma recibida el día 29 de abril del 2015)

Quien diga que el tiempo subsana cualquier herida es porque la muerte no le ha visitado. Ataviada de la seda translúcida que las emociones lastimosamente obscuras le cubren, a vuestro lado se sienta aguardando que la nostalgia, como una botella de Vodka vacía, os recorra las venas embriagándoos de la cruel desgracia de tenerla al acecho como invitada.

Mi boca no ha besado. Ni en mis sueños más surrealistas de las noches ligeras de sexualidad castamente sofocada los gusanos, ávidos de la hambruna, desgarran su piel en inconcebibles bocanadas. Su voz muda permanece, y aunque sus manos en huesos descarnados a mi faz recorren, no concibo la claridad de su piel que a la mía con el ocre de otoño de veranos tiñere.

Falso es pensar que lúdicamente pudiere olvidadle, o que quien ahora mi lecho comparte desposee la atención haciendo de los recuerdos simples y escabrosas memorias cuando he de acallar su nombre dentro de una garganta que me ahoga en el espasmo mismo de éste cuerpo ecléctico que se estremece con el orgasmo que su lengua y manos me producen. No son las de ella las que he percibido, son las de ellas: decenas de otras que mi castidad sigilosamente atraviesan, interrumpiendo el voyerismo de la muerte traslúcida que a mis oídos las letras de su nombre susurran, deslizándolas entre sombras con crueldad sobre mis senos para esparcirlas en el rostro y acariciar el cuello del que la horca, con su nudo, de pies y manos me atan.

No puedo olvidadle, mi vientre que sangra alimenta a los cuervos que de mis pechos beben, intoxicándome de regüeldos afables que hasta ella en el sepulcro me conducen, transmutando las podredumbres en los cuerpos firmes que lamo y acaricio mientras me propago por el espacio mismo que ésta habitación, dentro de cuatro paredes, encierra y sofoca: una cama, un estante, una silla, una ventana, una chica que follo y que mañana, una otra será.

No he de encontradle aprisionada entre las piernas que a mi cintura desnuda se entrelazan, ni en la humedad de la lengua que a mi espalda en comba quebranta. Permanezco con la incertidumbre del cuervo que, por mis fauces, con el sopor de la ligereza de la ebriedad enajenadamente ingiero, desinhibiendo la sexualidad en simples placeres masoquistamente ufanos que, en sodomías malditas, penetran por nuestras vulvas haciendo parpadeantes los muslos con el azote de las manos que a los glúteos se aferran, gimoteando estupores de un ancla que con las manos de la otra a las caderas nos ciñen.

Este agónico tormento me carcome y entre sus fauces consume mi delirio: sea el vuestro que en nuestro lecho al olvido frío permanece. Y vos a mí más demanda no exigís que no sea la vuestra propia, y ello, sabéis mujer mía, afrenta más la afrenta propia, abofeteando mi cuerpo que por las flamas de avernos miles consumido descarna en sopores de parásitos que sobre mi boca expelen nauseas que a la agonía su indiferencia restituyen.

Me aterra morir: no puedo enfrentadme más a la malsana inexistencia de ésta clandestinidad que a lado mío permanece y que de noche de sombras me cubre. Ciega y lisiada estoy. Masticándoles cual aguas putrefactas que entre sus picos desangran uno a uno mis ojos de las órbitas los cuervos han arrancado desposeyéndome de las lágrimas que a mi faz, cual lecho de río seco, la palidez de las mejillas han ulcerado. Mis senos marchitan y mi vientre estéril permanece; mis brazos al vacío estrechan y mis piernas secas por astillas resquebrajan. Y en ellas, en todas ellas que a vuestra afrenta producen, languidezco en el éxtasis de quienes a mi vulva el orgasmo producen, buscando la injuria propia que a mi faz abofetee.

Quien amare la mortaja del sepulcro que el cuerpo cubre sabría que la desdicha con la muerte vive, y vos, que sois la pulcritud del lecho sabréis que el sufrimiento mío por ambas a mí flagela, descarnando la espalda con el azote del látigo que con furia la obscuridad de su recuerdo castiga.

Mi elocuencia desmorona con cada letra que desde ésta agonía os escribo, acallando las voces que me gritan y confunden sin lograr reconocer ya cuál de ellas ajena a la nuestra sea, convirtiendo de ambas en amantes extrañas. Deseare con el temperamento de un fauno habeos amado mas sabréis que en ello he fallado. Nuestras verdades y realidades diversas son, dicótomas y fútiles se desvanecen en las sombras que por la obscuridad entre tormentos disímiles a mi cuerpo asechan. La ilusión de una conjunta vida termina con el desierto en el que mi piel se ha convertido; arado él con los dedos de vuestras manos los contornos de mi cuerpo ansían de ella aún el contacto, de quien vos jamás habéis intentado rivalizar, de quien el llanto mío en la herida del cuervo acallado ha estado y que con el abatimiento de la imagen al desvanecerse sangra, pululando entre gusanos los recuerdos de una piel tersa que entre mis dedos se escabulle.

Nunca antes había sentido el frío de mi desnudez como hoy le he sentido; despojada de linos y brocados, de bruñas y satines ninguna amante en mi lecho aguarda. Ellas han fugado cual la fuga de mi mente aguarda impaciente la lujuria de quien ésta noche a mi boca bese, y por ello, igualmente, temo por el blanco de ésta hoja: su pulcritud es tan sublime que deseare no ultrajarle con las palabras arduamente adustas que entre  los labios se silencian.

Los Demonios  me devoran; leviatanes convertidos en entes multiformes a mi cuerpo abrazan haciendo de mis extremidades inválidas extensiones que, con los humores del aliento, entre úlceras se pudren. No conozco ya del descanso o remordimiento: el sueño en la espesura del plumaje de un obscuro cuervo hacia la esquina de la habitación ha fugado. Volando entre sus alas le ha esparcido por el aire insoluto que al aspiradle me asfixia con la densa espesura de los narcóticos que por la nariz y boca inhalo, pululando entre mis poros con la hiel que por ellos expelo.

Me he tornado en el efluvio de un vaho extremo. En la simple melancolía que entre fuegos nuestros nombres a las rocas de tártaros e infiernos nuestras vidas a las sombras de las cuevas arrastran. Y mis sueños divagan sin tocar el cuerpo vuestro que a mis manos la calma diere, que a mis sentidos estrujaren.  Me pesa a mi lado no teneos: partir dentro de cuatro paredes acrecientan las sombras que en la obscuridad por mí acechan y que tiñen de inconsciencia las venas que de tóxicos a mis entrañas envenenan jubilosas de las tinieblas que en muecas sonríen, alzando el vuelo del cuervo que en la ventana con su pico a mi pecho hiriere.

Aún cuando en vos he pensado mi egoísmo inmenso ha sido, lo sé bien. Los entes que me martirizan no han permitido que de otra forma fuere. Ellos por mí aguardan y a ellos entregarme debo. He de concluir éste sufrimiento por el que a diario en mascarada me enfrento y que habrá a mí de liberar. Sin entregarme posibilidad alguna de con ella reunirme las memorias de éste sopor de vos me apartan, prohibiéndome amaos en la medida que ambas necesitamos, que ambas desearemos el poder hubiere sido, que destruyere las ilusiones nuestras por la malsana melancolía de una estúpida y frívola depresión que a mi mente inundare, escuchándole dentro mío en la mente de voces miles que a una resumiere y la cual mía no fuere, pues aunque mi monomanía en ella recaía, vos la paciencia de la elocuencia habéis mostrado aún sin sentir que fuere justa la falta de entrega mía.

¡Cuánta agudeza en ello habéis tenido y por ello culpable he de serle! Perdón no puedo exigíos: mi fárrago no ha permitido a vos observaos en la medida apropiada dentro de la dulzura de los labios vuestros que a los míos la saciedad dieren, o en los senos adustos que entre mis ojos la visión perdieran, o acaso vuestro vientre fuere: liso y llano, al tacto aterciopelado que a mis manos de la ansiedad en calma tornaren. Nada en vos falta me hacía y aún así, de ésta indómita demencia, liberarme no podía. Siempre ella a lado nuestro, cubierta en rostro de la espesa obscuridad ha permanecido y confrontadle no más puedo. Proscrita he de ser y vuestro nombre bordado a la espalda he de llevadle: los Dragones y cuervos de mis inmundicias habrán de saciarse. Sin restarme plegarias mi voz la misericordia de un Dios acalla, y ciega de la verdad esta realidad he de enfrentar: liberarme de la gracia de una profanada virginidad me convierte en la ramera prostituta de ésta infamia, retumbando en los avernos el nombre que a fuego por sus paredes en las rocas se funde.

Estamos aquí, apartadas por la amargura de la distancia que de vos me separa y que a ella me acerca. Estamos aquí, en el llanto que de estos ojos por los cuervos despojados entre espasmos la cordura atormenta. Y aterrada estoy pues el camino incierto se presenta, mas ha sido el mío elegido ya que la libertad ha de prometedme, y aunque la voz de la muerte muda me grita, solo hasta hoy, en mi desnudez, por vez primera, con claridad he de escuchadle.

Libre he de ser, y en el viento que en vuestro rostro con su briza os acaricie no permitid que os olvide. Recordad mi nombre…

e.v.

(Carta póstuma fechada el 24 de abril de 2015)
Traducción: Svetlana Kurskova
Adaptación: A.S.G.

No puedo engañarte

¿Habrá algo que decir en nuestra defensa?… Nada, no hay que decir nada. Las cosas han sucedido así y no tengo por qué arrepentirme ni  experimentar resentimiento o reproche algún.

¿Y a quién engaño con esto?… Quizás solamente a mí y a ésta ambivalente confusión que, desde hace meses, no me permite reposar.

Cuando Ericka perdió a Andrea pensé que los días serían insuficientes para acallar los fantasmas que le rondaban. En realidad no me imaginé que entre ella y yo, al cabo de algunos meses, se fortaleciera una relación pero así sucedió. Cuando éramos niñas acostumbrábamos contarnos las intimidades que nos surgían, fortaleciendo ese intrínseco vínculo que en muy pocas ocasiones, con el trascurso de los años, logra perdurar. Creí que conocía cada una de sus facetas, pues suponía que entre nosotras no existía cabida para la duda y así nos aceptamos: con nuestros defectos, nuestras desventuras, con los solsticios invernales que nos distanciaban, con las irritaciones del pasado y la aspereza de sus y mis recuerdos. Nunca llegas a conocer del todo a tu contraparte, bien claro lo tengo, y en éstos meses que ella ha enfrentado su libertad me he percatado de mi propia ignorancia: “solo observamos aquello que deseamos ver, fingiendo la verdad que nos rodea sin desear descubrir la realidad que nos enfrenta <sic>”. Y es así, exactamente como ella lo describió, que me arropé a mi verdad relegando la realidad que ambas enfrentábamos.

Ninguna de las dos fuimos de lo más circunspectas: Ericka disfrutaba abiertamente su sexualidad y las diferentes formas de satisfacerla, eso lo sabía con bastante seguridad, pues sus infidelidades no me eran extrañas. Ella era así e igualmente así la aceptaba, pues desde nuestras antiguas charlas de amigas solíamos platicar de esos “íntimos” detalles y no existía motivo para que ella cambiara una vez que iniciamos con nuestra relación de pareja. Por mi parte, quizás no soy tan sexualmente extrovertida, pero tampoco tan mojigatamente introvertida: confieso que yo misma, en nuestra adolescencia, formé parte de esas “infidelidades” que ella solía muy bien disimular.

De alguna forma aprendí a lidiar con esos adulterios, pues ninguno de ellos llegó a convertirse en una verdadera traición. Cada uno, hasta el más mínimo, en su momento, se fue infiltrando en nuestra verdad más no así en la realidad en donde Marian, lenta e insensiblemente fue seduciéndola hasta convertirse en la obsesión que ahora, de diferentes formas, he descubierto formó parte fundamental de su póstuma y última infidelidad.

¡Pinche Ericka, eras una verdadera cabrona! Lo digo sin el más mínimo destello de reclamo o remordimiento y muy por el contrario, con toda la satisfacción de haber podido compartirnos. Aunque no coincida con su deseo de libertad, debo y me es preciso aceptarlo. Mi egoísmo no tiene que ser tan grande como para idolatrar un falso egocentrismo que ronde a mí alrededor: ¿de qué me sirve acallar los fantasmas cuando éstos aún rondan en la obscuridad?

Me muerde tanto la intriga como la curiosidad; la sexualidad que Ericka descubriera en Marian me ha llevado a cuestionarme, en más de una ocasión, si sus senos son firmemente redondeados coronados por unos agridulces pezones que, erectos, puedes lamer sin el tormento de la angustia. O si su cintura, a la cual ella deseaba asirse, es tan definida que puedes rodearla entre las palmas de las manos, ciñéndola por su contorno para dejar que los dedos se escurran entre la amplitud de sus caderas. O si su cuello, irresistiblemente ágil y gallardo atrae los labios húmedos que le mordisquearan. He pensado en la blancura de su piel, en su prolijidad intachable que hace de él una prosa redundante. En su vientre, terso y plano cual estepa en donde las caricias de los dedos se infiltran con la lengua que, muda de palabras, le discierne por su contorno. En sus muslos generosos, fuertes y sutilmente delicados por entre los cuales puedes ocultar el rostro para desafiar la cavidad de una entrepierna. He soñado con Marian, no en el sentido de la ufanidad de la falacia que el ensueño o la esperanza conlleva, sino en la quimérica utopía que no forjo concebir, y por más que en ello me afano, mientras la falda a mis piernas con el viento se constriñe, no logro vislumbrar el rostro de Marian.

Antes de que el otoño termine decidí sentarme en una de las bancas del parque con la frágil intención de que Marian pudiera sentarse al otro extremo y poder así conversar. Deseaba que me confesara si ha besado el contorno de sus labios, si ha sentido entre sus manos la incandescencia de su cuerpo, si sus verdes ojos se cierran entre los párpados con el soplo de las caricias. Si su voz entona los silencios de su vientre y si sus pies, al caminar, desquebraja aún las hojas secas.

Pero la muerte es tan deleznable, que ella misma con la muerte muere.

(Basado en los textos de las series: “Nuestros cuerpos y tormentos” y “Marian, la manera de jugar” de Ericka Vólkova)

Carta póstuma (síntesis)

Me aterra el blanco de ésta hoja. Su pulcritud es tan sublime que deseare no ultrajarle con las palabras arduamente adustas que de mí por la boca silencian. Los Demonios  me devoran; leviatanes convertidos en entes multiformes a mi cuerpo abrazan, haciendo de mis extremidades inválidas extensiones que, con los humores del aliento, entre úlceras se pudren.

Deseare con el temperamento de un fauno habeos amado. Sabéis que en ello he fallado. Nuestras verdades y realidades diversas son, dicótomas y fútiles se desvanecen en las sombras que por la obscuridad entre tormentos disímiles a mi cuerpo asechan. La ilusión de una conjunta vida termina con el desierto en el que mi piel se ha convertido; arado él con los dedos de vuestras manos los contornos de mi cuerpo ansían de ella aún el contacto, de quien vos jamás habéis intentado rivalizar, de quien el llanto mío en la herida del cuervo acallado ha estado. Con el abatimiento de la imagen al desvanecerse sangra, pululando entre gusanos los recuerdos de una piel tersa que entre mis dedos se escabulle.

Aún cuando en vos he pensado mi egoísmo inmenso ha sido, lo sé bien. Los entes que me martirizan no han permitido que de otra forma fuere. Ellos por mí aguardan y a ellos entregarme debo. Concluir éste sufrimiento por el que a diario en mascarada me enfrento habrá a mí de liberar, y sin entregarme posibilidad alguna de con ella reunirme de vos me apartan, prohibiéndome amaos en la medida que ambas necesitamos.

 Proscrita he de ser y vuestro nombre bordado a la espalda he de llevadle, los Dragones y cuervos de mis inmundicias habrán de saciarse. Sin restarme plegarias mi voz la misericordia de un Dios acalla, y ciega de la verdad esta realidad he de enfrentar: liberarme de la gracia de una profanada virginidad me convierte en la ramera prostituta de ésta infamia, retumbando en los avernos el nombre que a fuego por sus paredes en las rocas se funde.

Me pesa a mi lado no teneos, partir dentro de cuatro paredes acrecientan las sombras que en la obscuridad por mí acechan. Tiñendo de inconsciencia las venas que de tóxicos a mis entrañas envenenan jubilosas las tinieblas en muecas sonríen, alzando al vuelo el cuervo que en la ventana, con su pico a mi pecho hiriere.

Estamos aquí, apartadas por la amargura mía de la distancia que de vos me separa libre seré, y en el viento que en vuestro rostro con su briza os acaricie, recordad mi nombre…

(Síntesis de carta póstuma fechada el 24 de abril de 2015)
Traducción: Svetlana Kurskova
Adaptación: A.S.G.

Fantasmas

He vuelto a fumar. Tenía tres años que no tomaba un cigarrillo y hoy me he comprado un envoltorio para poner uno de los pitillos entre los labios y aspirar ese amargo humo. No me ha hecho toser. Pensé que quizás con la primera bocanada los pulmones recriminarían la acción pero no ha sido así, lo he disfrutado inclusive más que cuando solía hacerlo con frecuencia. Parece que la vida se afana en recordarme que las cosas no son tan puta madre como pensaba, o como creía que eran o habían sido.

El fin de semana no lo he pasado con Fabiana y los días que han transcurrido de ésta solo nos hemos visto en la oficina. Ella lo sobreentiende y debo agradecérselo de alguna forma: competir contra los fantasmas que rondan es poco ortodoxo además de infructuoso. Hay que esperar a que éstos reposen en sus tumbas para que finalmente se desvanezcan, pero mientras se les invoque poco es lo que podrán descansar.

He empacado las cosas de Ericka. Su ropa que mantenía en nuestro armario la he colocado dentro de cajas de cartón que adquirí en el supermercado. Sus detalles los he envuelto entre papeles de periódicos y los he embalado en otras cajas. Sus aretes, collares, anillos y demás accesorios no los he utilizado y los he dejado dentro de los joyeros que los contenían, pero igualmente los he empaquetado dentro de las mismas cajas que ahora guardan sus detalles. Hoy me he tomado el día y he cargado con las cajas hasta un refugio para “niñas de la calle” (no sé porqué le nombran así, pues hacerlo es tanto como afirmar que existimos diferentes tipos de seres) para darlas en donación. Hay cosas que deseo conservar, sus cuadernillos y libretas así como el ordenador que utilizaba los he de mantener, en ellos he descubierto a la Ericka que nunca conocí, y en ellos sigo descubriendo a esa misma Ericka oculta y secreta que desconocía. ¡Pinche Josep! no sabes cuánto te agradezco las notas que, sin conocernos, nos hemos intercambiado. Gracias a ti comprendí que era tiempo de dejar de invocar a mis fantasmas y permitir que éstos reposen en sus tumbas. Creo que para todos es más sano hacerlo así, permanecer con los efectos personales de Ericka no harán otra cosa que no sea el herirme. Ellos no aumentarán ni tampoco disminuirán “los recuerdos que hemos algún día de perder, pues nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto [sic]”, y sí, mucha razón tenía Ericka al escribirlo, aunque me va a ser jodidamente difícil dejar de nombrarla.

El fin de semana lo he pasado metida entre sus cuadernillos y su ordenador, escuchando la música que tenía, descubriendo los videos que hacía y algunos otros que había guardado (sí, algunos de ellos de carácter pornográfico. Ella era así: púdicamente libidinosa). Traduciendo sus líneas que seguiré publicando y asombrándome con lo que, entre los cuadernillos y el ordenador, sigo redescubriendo de “ese otro yo” que para ella era tan importante.

Ya he dejado que los fantasmas descansen. Me toca ahora aprender a desvanecerlos.

Ericka (a 20 de octubre de 2015)

Han transcurrido seis meses desde que ella se marchó. “Más que deseadlo, imperativo me es ser libre. El tormento de ésta esclavitud fenece con el beso absurdo que de Marian ansío, y mi cuerpo, despojado del pudor que en nuestro lecho con vos compartiere, marchita con la sequía de la tierra que en ella se pudre [sic]”. En los días posteriores a su marcha, una y otra vez  releía su carta esperanzada en comprender lo que me había querido decir al escribirla y que no pudo expresar con su voz. Finalmente entendí que al releerla lo que realmente quería es darle algún sentido a mi egoísmo, encontrar en ella algún estúpido razonamiento que explicara mi deseo de que siguiera enjaulada dentro de aquello que le hacía daño, a lo que ella, de alguna manera, empezó a sentir que le flagelaba, hiriéndole más que la misma hipocresía a la que diariamente se enfrentaba. Hipocresía, sí, pues en sus textos he descubierto que, en acercamientos y distanciamientos coqueteaba con Marian, deseándola con mayor fervor que cualquier ilusión que pudiera tener. La veía desnudarse y vestirse, compartían los momentos y desperdigaban las horas, mudamente se enlazaban en abrazos que sus pechos y espaldas no compartían, y aunque alejada una de otra, Marian, entre sus brazos, me la arrebató en el sueño del cual Ericka no despertó.

Conservo los cuadernos que tenía escritos con su singular caligrafía que, entre Alejandro y yo, hemos ido traduciendo para publicarlos en este mismo blog. Hoy habrán de perdonarme, este texto es la excepción. Habría podido pedirle a Yure, su editor, que me ayudara con ésta tarea que personalmente me he asignado, pero siento que hacerlo así hubiera sido traicionar la intención que ella tenía al dejar estos cuadernos alejados de lo que solía enviarle. Al igual que la carta que me dejara, y que en ocasiones como hoy, sigo releyendo. Considero que estos textos son íntimamente personales, pues como ella misma lo decía: “era cada una de las palabras que escribía”. Cada letra y cada trazo de su caligrafía le correspondían, y al igual que Marian, cada una de sus frases se embaían con el afán de persuadir lo irreconocible de su apariencia.

Es curioso que hoy, al estar leyendo los post del Facebook, Carmen Jurado escribiera algo muy similar: “Al contrario de quienes afirman no ser lo que escriben –y todo mi respeto para ellos-, yo sí lo soy [sic]”. Estoy convencida que no se puede seducir sutilmente si no es de ésta manera. La pasión es tan intrínseca a la naturaleza que solamente algunas, siendo exactamente quienes son, logran esa delicadeza que es tan completa así como tan bella.

Ahora suelo pensar y divagar en la profundidad de su sueño. Con frecuencia la imagino calmamente tendida sobre la cama, sin exabrupto que pudiera perturbarla y con la felicidad de saber que prontamente sería libre de todo aquello que la ataba, de todos aquellos quienes le impusimos grilletes a sus manos y pies dictándole la sentencia de permanecer entre nosotros por la ingenua frialdad de un egoísmo propio. A partir de la muerte de Andrea permaneció dentro de su propio calabozo como una cruel condenada y ninguno de nosotros pudimos, o supimos percatarnos que con los días lentamente se extinguía, flotando por el viento entre sus humos de dragón y llevando en sus senos la herida de cuervos que pinchaban sus entrañas.

A partir de su ausencia la he descubierto de una forma distinta que no creo hubiera sido posible con anterioridad. El permanecer apartada de ella me ha otorgado la posibilidad de mirarla a la distancia, y parafraseándola nuevamente, “abrir mis ojos a aquello que me cegaba a observar”. No puedo lamentarme de haber desperdiciado los momentos que no compartimos juntas y tampoco puedo lamentarme de ser hasta ahora cuando más la comprenda. Afligirme por eso no conllevaría ningún tipo de alivio ni mucho menos resignación. Tampoco sería benéfico para curar lo que es imposible sanar. No volveré a besarla, ni ceñiré su cintura entre mis brazos. No volveré a escuchar su voz, ni la observaré curvada escribiendo en su secreter. No volveré a sentir su aliento sobre mi cuello mientras duermo, ni introduciré mis dedos en la maraña de su pelo al despertar. Todos se han convertido en simples recuerdos que ya no están disponibles en nuestra alcoba y que se fugan libres entre el humo de dragones que el viento dispersa.

Rodrigo preguntó cómo los ateos explicaríamos la muerte a un niño, o si es benéfico que los infantes crean en fantasías. En este instante yo misma quisiera creer en una inofensiva utopía, llenándome de esas explicaciones superfluas que albergaren una esperanza. Pero no es así, la afrenta que me proporcionan los días de despertar sola en una cama vacía me posesionan en esta realidad de la que Ericka buscaba su verdad.

Existieron días en los que, cuando despertaba, deseaba solamente permanecer resguardada por el sopor de la indeterminación. La inexistencia del clamor de un cuerpo que me compartiera inexorablemente me conducía a la auto depresión, siendo esos días los que me costaban crueles letargos físicos y mentales. La ducha se transfiguraba entonces en agujillas hipodérmicas que laceraban la piel, tornando el agua en un imaginario color carmesí que entre el suelo se evaporaba. No estoy acostumbrada a esta soledad, a ésta indeterminación que poco a poco se ha ido desvaneciendo.

Fuimos amigas y confidentes mucho antes de convertirnos en amantes, y aunque de éste último hecho fueron pocos los meses que con sinceridad con ella compartí, me rehúso a reclamarle el que ella lo hiciera entre mi presencia y sus recuerdos, pues ahora yo soy quien con Fabiana así lo hace. Cuando no estoy con ella llevo en mí el olor de su piel, envolviéndome en el cálido terciopelo de su cuerpo que con anterioridad cubriera al mío, pudiendo permanecer desnuda entre las sabanas sin la falsedad de un pudor que me avergonzara.

Suelo mirarla de reojo mientras estamos en la oficina. Hacerlo me hace sonreír pícaramente, de lo cual ella se percata, devolviéndome discretamente esa misma sonrisa bribona evitando que los demás puedan advertir nuestra relación que iniciara y que desconozco hacia donde llegue a conducirnos. A ninguna de las dos parece importarnos; hemos aprendido a fingir la insoportable levedad que nos rodea.