Setecientos treinta días II

Por demasiado tiempo he observado entre las penumbras el silencio tus ojos. Y al igual que tu, arropada de una larga falda que a mis piernas se pliega víctima del delirio de un soplo que tu nombre murmura, tomo asiento con regularidad en la misma banquilla de aquel parque que solías visitar. Nadie me acompaña, no espero la visita de a quien su rostro no lograré recordar, ni aguardo por los gélidos labios de una inicua amante que a su cintura asirme pudiere. Ambas distantes ahora estamos: habéis preferido de un sueño la libertad que yo, ofrecerte, no podía.

Fingiría al afirmara que el designio ha sido nuestro olvido, en setecientos treinta días te he llevado a mi prendada en cada una de sus horas, escurriéndoseme los minutos en migajas que por mi pecho, hacia el abdomen cual ingenuas transeúntes, con parnasiana lentitud entre la concavidad de los senos a el ombligo caminan.

Te comprendo más ahora y para ello, ha hecho falta tu misma falta. Los cuervos mi pecho no han torturado, ni los evos en instantes se han convertido. El dintel en la puerta de nuestra habitación solitario permanece, y los fuliginosos entes que entre vapores os devoraban en las tinieblas mismas de los avernos por sus flamígeras paredes han sido consumidos. No han quedado sangrantes picos hirientes, ni de dragones sus alientos: todas las tardes en nuestros cuerpos descalzos han caído.

Éstos ropajes desearía ya mismo arrancar permaneciendo de pudores despojada, asiéndome por los dedos a los confines de ésta banquilla cual vuestras caderas lo fueren, acariciando por sus aristas de tus senos los redondeles, y en los muslos de la piernas que aún por hoy me sostienen, encontrar la humedad de los labios que a mis dichas con la lengua profiriereis.

Miro de tu rostro el suplicio en el aliento que expelo: cauto y sereno, de pómulos llenos y sonrojados, de márgenes rectas y oblicuas esquinas, y en vuestra piel blanquecina el terciopelo de nuestra ahora desdicha. No he sufrido de cuerpo alguno que el vuestro no sea, ni de los pechos ajenos una flaméela. No han existido glúteos a los que mis dedos y manos se aferren, ni cinturas a las que encarecida me empuñe, no ha habido lenguas que por la espalda mi nuca laman, ni labios que cada una de mis vértebras hacia la comisura de las nalgas besen. El otoño hace que mi cuerpo por el tuyo sude, humedeciéndome entre las sabanas que de tu bálsamo empapadas entre las manos huelo y arrebujo.

Las tardes nuestras, con el murmullo del viento en nuestros cuerpos descalzos han caído.

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