Por vez primera

Lo que realmente me cautivó fue la pulcritud de su cuerpo desnudo. Era la primera ocasión que tenía la oportunidad de observar la prolija feminidad completa sin ningún embozo que la cubriera o alguna gasa que sus perímetros ocultara. Mientras le miraba caminar, más que excitarme, mi corazón palpitó con extrema fuerza por la maravilla de sus ovalados pechos que descendían en bamboleos contornos sin poder dejar de observar su abdomen que se estremecía ante una cintura claramente definida y en donde sus caderas disputaban por la atracción de quien pudiera admirarla. No era por menos una mujer de abultados pechos ni dotes extremos; delgada y formada en la conclusiva pubertad su firmeza se apreciaba en la nacarada piel de terso melocotón que se ceñía a cada una de sus lozanas fronteras, sin estar éstas libres de impurezas que hubieran hecho de la imagen la falacia de una perfección inexistente. Sus lunares y pecas, sus delicados pliegues, los curvilíneos dedos de los pies, así como los glúteos que no eran del todo generosos le hacían ver que la realidad de su cuerpo era pecaminosamente perturbador, enamorándome de la imagen misma de esa feminidad que observé por vez primera.

Creo que he llegado a idealizar la faz de su rostro, pues no me encuentro segura que en realidad fuera del todo bello. Más esto no me perturba, imaginarla con el semblante que a través de los años le he creado, amasando sus facciones en mis recuerdos ha hecho que ese ícono perdure, haciendo que en más de una ocasión despierte con la sonrisa de mis labios por el símbolo que entre mis sueños, al desear palpar su contorno, entre mis manos se desdibuje cuando los ojos se entreabren y terminar así, de improviso, con el recuerdo de su figura que de entre la obscuridad despunta.

Su imagen me acompaña, sin ser ésta la que de cada chica espero encontrar, y sin ser ésta, igualmente, la culpable de una afinidad que siempre en mi he llevado. ¿Qué puedo hacer que no sea más que idealizar sus dibujados y grosos muslos que ocultan la pueril pubertad de una indiscreta anatomía? Me resta aferrarme a su memoria y al olor de su cuerpo que en estos años he perdido, al tacto de su piel indeleble que entre el pergamino de las sabanas con caricias se escribe, al contorno de sus ojos de verde olivo en un campestre Islámico, a sus labios carmesí de carnosas y párvulas sonrisas que en el viñedo de tinto se tiñen. A sus senos prósperos de infanta vigilia, a su abdomen llano y liso, a su cintura en donde mis brazos se asirán, a su recuerdo que es el mío, a su memoria que por la noche he perdido.

¿Qué puedo hacer que no sea más que idealizar una indiscreta anatomía de aquella noche de pueril pubertad que entre Ericka y yo nos compartimos?

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