O corve, tu pulcherrimus omnium avium es

Dejadme impávida, abandonadme tras el agobio de ésta maligna tortura que por la boca vuestra lengua en saeta mis pechos cruzan. Desgarradme, y del vientre mío en la saciedad de la injuria hartaos; no soy ella que del bálsamo de éste humo de póstumos ayeres fuere.

Mis venas no más encuentro: sangrantes ellas las agujas de entre los muslos rehúyen mientras los avernos el nombre nuestro, incesantemente, con los cuervos en sus picos de amorfos entes graznan. Sois vuestro lóbrego sepulcro quien a mis sueños devora, quien mis tormentos por sus bocas los gusanos nausean. Sois vos, quien en descarnados hoyuelos de entre los entes mis pútridos labios besan, atando las manos mías en la sodomía del mendigo que la lujuria ansía, y de la espalda tersa que vuestra carne mía fuere, el recuerdo nuestro en el olvido aún en la muerte muere.

Dejad que el viento del hachís, en el gélido tálamo, nuestros nombres entre sollozos musite.

(Extracto de la traducción de los cuadernillos de Ericka Vólkova: “Nuestros cuerpos y tormentos”)

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