Marian: la manera de jugar (Extracto)

¿Cómo evitarlo? Y es que por todas las miradas se me iban. Bastaba con que les vislumbrare por unos poquillos segundos, o quizás a través del rabillo del ojo para asegurar que la mirada se posare sobre sus atributos, fueren éstos generosos o escasos. Poco esto importaba en realidad; el encanto surgía con las afables líneas que de sus cuerpos se desprendían para que mis ojos se asentaren en cada uno de sus detalles. Primero los senos; que fueren un tanto huraños y nunca en demasía magnánimos para que les definieran sobre sus pechos en forma saciablemente firmes, y que, al caminar, con el ligero bamboleo de una piel codiciablemente refulgente oscilaren entre la ceñida tela de la blusa que les cubría mientras que mi mente imaginativa, por su contorno redondamente curvilíneo entre óvalos de encajes y satín les desnudaban. Podía embelesadme contemplándolas por momentos eternamente ínfimos, deseando revelar de su cintura la constriña de un vientre plano en donde por su ombligo acortare los pecaminosos deseos logrando con la lengua palpar cada uno de sus pliegues mientras mis manos se envolvieren a los extremos de sus estrechas caderas enroscándose en un abrazo, esparciéndose los dedos por entre sus glúteos en la infranqueable búsqueda de la comisura que, entre ambas nalgas, desde la espalda hacia la concavidad inversa de su feminidad explayare en el encuentro de un monte dentro del valle tenue y delgado que la entrepierna, dentro de sus muslos encubriere. Me imaginaba a mí misma celarles, reemplazando sus rostros con aquellos que Marian por las noches de eternos evos en las absurdas exenciones de vigilia me presentare y que, entre polvos y humos que por mis venas en el atardecer pinchaba, con la faz de Marian de ellas me enamoraba. No puedo lamentarme, la fidelidad que debiere no ha sido jamás, en forma alguna corrupta. No pudiere habedle quebrantado. Para hacedle se es necesario que la ignominia de la incauta le desconozca; no se es suficiente ignoradle pretendiendo que ésta no exista, o que ésta, al acalladle deje una falsa verdad palpable. Cuando cuestionada he sido no le he negado, el placentero deleite de la sexualidad mi debilidad lo es y no he de repudiadle: ¿quién de aquella que conociéndole pudiere a mí reprochar? Quizás fuere Marian la amante que he ocultado, debo reconocedle, sólo yo de ella conozco, y sí, también le afirmo, es por ella que mi infidelidad evidente le es.  No puedo con nadie de ella comentar pues incomprendida temo sería, más Marian es quien mi libertad jura: sus labios de girones malditos son quienes la displicencia al beso me ofrecen, y sus senos secos los que la sed en mi boca apaciguar prometen. No son las caderas de las chicas a quienes miro las que de mí seducen; es el carcomido vientre de Marian en quien por su ombligo deseare con la lengua fugadme, evaporándome dentro del etéreo cuerpo de ése amorfo ente que detrás de rasgados tejidos su pudor de mí oculta. Es Marian, y no otra, quien en su voz el lamento de un pujido mío por los tártaros acalla, y si bien más a una que a otra he amado, es Marian quien mi garganta ahoga, mientras que la otra es quien el grito consuma.

Los cuervos dilapidar de mi putrefacto vientre aguardan, tiñendo de carmesí su grasiento plumaje por los senos que de ésta angustia sangran. No poseo ya pezón alguno: arrancados fueron por las fauces de aquellas a quienes de la lujuria he amamantado. Mis piernas, de tanto distanciadles han languidecido en el adusto empuje de falos quiméricos que por la vulva me han enclavado, y de mis ojos las cavidades por el llanto agrietados conservo, tornándose resecos dentro de obscuridades que en el sepulcro de mi venerada los fulgores perdieren. Me hieren al igual vuestras palabras de espada que las dagas de éste y aquella quienes, con sus manos llenas de zaherías empuñadas, sobre mi pecho desnudo hincan. Llagada de éste cuerpo me postro: son los tóxicos en amargo éxodo quienes la claridad en éste atardecer a mí proveen de indulgencias sin mendigo que en mis olvidados recuerdos he perdido.

¿Quién de aquella que conociéndole pudiere a mí reprochar gritando lo que de voz muda en los avernos por las manos se escribe?

(Extracto de la traducción de los cuadernillos de Ericka Vólkova “Marian: la manera de jugar”)

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