Trecientos sesenta y cinco días: “No se nace mujer”

No pretendo tener la respuesta, pero tampoco puedo aceptar las falsas presunciones que me dicen que ella estará siempre conmigo. Esto, después de trecientos sesenta y cinco días puedo afirmar con certeza plena que no es así. Ericka decidió prendarse a unos labios que no eran los míos, marchando con Marian para apostar a un juego del que no se me permite ser partícipe.

“No se nace mujer; se aprende a serlo”. Permítanme en éste particular caso diferir de ello. Las connotaciones de la propuesta pueden, y seguramente muchas han de ser. Mas no consigo, después de éstos trecientos sesenta y cinco días menos que diferir. Ericka nació mujer, y aunque desde el primer día aprendió a gozar de su feminidad, ella nació y fue mujer. Con la primer bocanada de aire que por su garganta aspiró Ericka fue fémina sin necesidad de aprender una sexualidad que intrínsecamente le recorría por cada una de sus venas, fluyendo con la absurda viscosidad de un carmesí que a sus labios con frenética pasión se aferraban. Y fue esa pasión que dictó cada uno de sus actos llevándole a una vida que, sin tapujos o prejuicios, disfrutó en máxima concordancia.

Desconozco los tormentos que los cuervos le engendraron: me es imposible por lo menos imaginarlos. Intento comprenderlos releyendo sus líneas escritas en letras barrocas extremadamente adornadas en grafismos que hacían de cada una casi letras capitales y que celosamente guardo en este cajón que nuevamente he abierto, y en donde sus recuerdos permanecen suspicazmente obscuros, apartados de la vista precoz de quien con hoy comparto éste juego nativo.

Cuan paradójico es el no desear un día sin ella y ser ahora totalmente proscritas, exiliadas de éstos cuerpos que en sus entrañas aborrecen los tormentos de las cenizas que ambas, en formas y maneras diferentes hemos ingerido, adormeciendo los nauseabundos intestinos que vomitan la amargura para beberla una y otra vez en los recuerdos de sus manos que a mi cintura se asían, meciéndome ellos dentro de un contínuum que a la razón irracional eran. A trecientos sesenta y cinco días los andurriales han cambiado, y aun cuando su nombre no he de olvidar, el tacto de su piel que a la mía recorriera ha dado paso a la sed de un hambriento que sacia su famélica hambruna con los humores de quien a mi lado en jadeos exhala los pudores que por las noches incompresiblemente transitamos.

En ocasiones me siento culpable, eso no puedo negarlo: sentirme en distintas formas nuevamente amada despierta ese absurdo sentimiento de incumplimiento que crece por todo aquello que no sé explicar y que Fabiana es quien menos culpable pudiera ser, reprimiéndome en ocasiones la oportunidad que el instante mismo me ofrece y que yo absurdamente dejo que escape letárgicamente entre las manecillas de un reloj que entre su tic tac de la pared pende. ¿Qué puedo hacer que no sea observar por la ventana a la espera de que unos ojos de verde olivo escudriñen entre mi cuerpo para observar los senos que por sus labios con frenesí pulsan? Fabiana mientras tanto duerme. Plácida y complacida quizás sueña con la calma de una borrasca que, en mi mente, entre los avernos de cuervos y dragones con el nulo reflejo de un cristal por entre la ventana discrepan.

Recuerdo en diversas ocasiones haber despertado mucho antes de que amaneciera, y entre las sombras, sentada en la silla que a un costado de nuestra cama se encontraba vislumbrar su silueta que rompía el silencio de la obscuridad. Era inenarrable mirarla. Taciturna y tácticamente podrías de ella con facilidad enamorarte, y sin cansancio, amarla una y otra vez: la desnudez que le vestía la circunscribía con la virtud de unos ojos que con fragilidad te observaban escudillando cada uno de los minutos que sobre tu cuerpo, igualmente desnudo, se espacian por entre los rincones de las curvaturas que la tez plegaba, escurriéndose entre los instantes de “un evo eterno”, como si el tiempo apresurara la infinidad de un instante que pudiera perderse entre la inmensidad misma.

La extraño, sí, insuficientemente es lo que la extraño al igual que en esa misma insuficiencia lo hiciere durante las últimas semanas en que, dentro de la distancia misma que nos separaba, ella se extasiaba con la sensualidad de quien yo no podía rivalizar: Marian en su amante se convertía mientras mi voz a sus labios acallaba. Mi piel no satisfacía ya los deseos que su lengua ansiaba, ni eran mis senos quienes sus dientes a los pezones quisieran mordisquear, desdeñando los muslos y pies en fragoso silencio que por los suyos urgían. Éstos sentimientos Marian los tornaba en los humos de Dragones de los que Ericka se había hecho adepta y para mí, combatir con los fantasmas de ambas; Andrea y Marian insoportable me era. Comprendo ahora que para Ericka mayormente fuere, lacerándola de esa sensualidad de la que Marian perfectamente había sabido beneficiarse con sensuales susurros que sobre sus venas pinchaba, o quizás fueren con los vapores inicuos que a su sangre de vivos fantasmas intoxicaban. Sus entes la rodeaban, y sin encontrarse dispuesta a omitirlos fui yo quien, entre ellos, con ese letargo de un reloj que en su tic tac se desvanece hube de perderla.

En una semana serán trecientos sesenta y cinco días: trecientos lutos que a mi cuerpo desnudo por la cadera abrazan, sesenta que a mis labios enmudecen y cinco que a mis pies ulceran. Trecientos sesenta y cinco que a mis pechos desecan y que a mi garganta ahogan. Trecientos días de cuervos que sordos con sus picos graznan, y sesenta y cinco que los Dragones, con sus humores, al olvido olvidan.

No fueron pocas las ocasiones que abruptamente, ya de madrugada, hube de despertar en estos trecientos sesenta y cinco días para observar esa misma silla que permanece, y habrá de permanecer vacía. Soy yo ahora quien en ella se sienta, y entre los bordes de la obscuridad, delinea el cuerpo que duerme sobre un sepulcro vacío.

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