Carta póstuma

Faltan pocos días para que se cumpla un año de que recibiera ésta carta. De una forma u otra, leerla me dio la tranquilidad que necesitaba y estoy convencida de que Ericka sabía que así sería.
Hasta ahora estaba indecisa en publicarla en su totalidad, pues en estos meses que han transcurrido muchas cosas han cambiado. En los primeros días, al leer sus libretas de apuntes había optado por traducirlos para publicarlos paulatinamente en su blog, pero con el paso de los días sentí que hacerlo provocaba que Ericka no fuera libre, como ella había querido serlo.
 A casi un año le he traducido completamente convencida que, aunque mi vida sea ahora distinta, Ericka seguirá siendo libre.

(Carta póstuma recibida el día 29 de abril del 2015)

Quien diga que el tiempo subsana cualquier herida es porque la muerte no le ha visitado. Ataviada de la seda translúcida que las emociones lastimosamente obscuras le cubren, a vuestro lado se sienta aguardando que la nostalgia, como una botella de Vodka vacía, os recorra las venas embriagándoos de la cruel desgracia de tenerla al acecho como invitada.

Mi boca no ha besado. Ni en mis sueños más surrealistas de las noches ligeras de sexualidad castamente sofocada los gusanos, ávidos de la hambruna, desgarran su piel en inconcebibles bocanadas. Su voz muda permanece, y aunque sus manos en huesos descarnados a mi faz recorren, no concibo la claridad de su piel que a la mía con el ocre de otoño de veranos tiñere.

Falso es pensar que lúdicamente pudiere olvidadle, o que quien ahora mi lecho comparte desposee la atención haciendo de los recuerdos simples y escabrosas memorias cuando he de acallar su nombre dentro de una garganta que me ahoga en el espasmo mismo de éste cuerpo ecléctico que se estremece con el orgasmo que su lengua y manos me producen. No son las de ella las que he percibido, son las de ellas: decenas de otras que mi castidad sigilosamente atraviesan, interrumpiendo el voyerismo de la muerte traslúcida que a mis oídos las letras de su nombre susurran, deslizándolas entre sombras con crueldad sobre mis senos para esparcirlas en el rostro y acariciar el cuello del que la horca, con su nudo, de pies y manos me atan.

No puedo olvidadle, mi vientre que sangra alimenta a los cuervos que de mis pechos beben, intoxicándome de regüeldos afables que hasta ella en el sepulcro me conducen, transmutando las podredumbres en los cuerpos firmes que lamo y acaricio mientras me propago por el espacio mismo que ésta habitación, dentro de cuatro paredes, encierra y sofoca: una cama, un estante, una silla, una ventana, una chica que follo y que mañana, una otra será.

No he de encontradle aprisionada entre las piernas que a mi cintura desnuda se entrelazan, ni en la humedad de la lengua que a mi espalda en comba quebranta. Permanezco con la incertidumbre del cuervo que, por mis fauces, con el sopor de la ligereza de la ebriedad enajenadamente ingiero, desinhibiendo la sexualidad en simples placeres masoquistamente ufanos que, en sodomías malditas, penetran por nuestras vulvas haciendo parpadeantes los muslos con el azote de las manos que a los glúteos se aferran, gimoteando estupores de un ancla que con las manos de la otra a las caderas nos ciñen.

Este agónico tormento me carcome y entre sus fauces consume mi delirio: sea el vuestro que en nuestro lecho al olvido frío permanece. Y vos a mí más demanda no exigís que no sea la vuestra propia, y ello, sabéis mujer mía, afrenta más la afrenta propia, abofeteando mi cuerpo que por las flamas de avernos miles consumido descarna en sopores de parásitos que sobre mi boca expelen nauseas que a la agonía su indiferencia restituyen.

Me aterra morir: no puedo enfrentadme más a la malsana inexistencia de ésta clandestinidad que a lado mío permanece y que de noche de sombras me cubre. Ciega y lisiada estoy. Masticándoles cual aguas putrefactas que entre sus picos desangran uno a uno mis ojos de las órbitas los cuervos han arrancado desposeyéndome de las lágrimas que a mi faz, cual lecho de río seco, la palidez de las mejillas han ulcerado. Mis senos marchitan y mi vientre estéril permanece; mis brazos al vacío estrechan y mis piernas secas por astillas resquebrajan. Y en ellas, en todas ellas que a vuestra afrenta producen, languidezco en el éxtasis de quienes a mi vulva el orgasmo producen, buscando la injuria propia que a mi faz abofetee.

Quien amare la mortaja del sepulcro que el cuerpo cubre sabría que la desdicha con la muerte vive, y vos, que sois la pulcritud del lecho sabréis que el sufrimiento mío por ambas a mí flagela, descarnando la espalda con el azote del látigo que con furia la obscuridad de su recuerdo castiga.

Mi elocuencia desmorona con cada letra que desde ésta agonía os escribo, acallando las voces que me gritan y confunden sin lograr reconocer ya cuál de ellas ajena a la nuestra sea, convirtiendo de ambas en amantes extrañas. Deseare con el temperamento de un fauno habeos amado mas sabréis que en ello he fallado. Nuestras verdades y realidades diversas son, dicótomas y fútiles se desvanecen en las sombras que por la obscuridad entre tormentos disímiles a mi cuerpo asechan. La ilusión de una conjunta vida termina con el desierto en el que mi piel se ha convertido; arado él con los dedos de vuestras manos los contornos de mi cuerpo ansían de ella aún el contacto, de quien vos jamás habéis intentado rivalizar, de quien el llanto mío en la herida del cuervo acallado ha estado y que con el abatimiento de la imagen al desvanecerse sangra, pululando entre gusanos los recuerdos de una piel tersa que entre mis dedos se escabulle.

Nunca antes había sentido el frío de mi desnudez como hoy le he sentido; despojada de linos y brocados, de bruñas y satines ninguna amante en mi lecho aguarda. Ellas han fugado cual la fuga de mi mente aguarda impaciente la lujuria de quien ésta noche a mi boca bese, y por ello, igualmente, temo por el blanco de ésta hoja: su pulcritud es tan sublime que deseare no ultrajarle con las palabras arduamente adustas que entre  los labios se silencian.

Los Demonios  me devoran; leviatanes convertidos en entes multiformes a mi cuerpo abrazan haciendo de mis extremidades inválidas extensiones que, con los humores del aliento, entre úlceras se pudren. No conozco ya del descanso o remordimiento: el sueño en la espesura del plumaje de un obscuro cuervo hacia la esquina de la habitación ha fugado. Volando entre sus alas le ha esparcido por el aire insoluto que al aspiradle me asfixia con la densa espesura de los narcóticos que por la nariz y boca inhalo, pululando entre mis poros con la hiel que por ellos expelo.

Me he tornado en el efluvio de un vaho extremo. En la simple melancolía que entre fuegos nuestros nombres a las rocas de tártaros e infiernos nuestras vidas a las sombras de las cuevas arrastran. Y mis sueños divagan sin tocar el cuerpo vuestro que a mis manos la calma diere, que a mis sentidos estrujaren.  Me pesa a mi lado no teneos: partir dentro de cuatro paredes acrecientan las sombras que en la obscuridad por mí acechan y que tiñen de inconsciencia las venas que de tóxicos a mis entrañas envenenan jubilosas de las tinieblas que en muecas sonríen, alzando el vuelo del cuervo que en la ventana con su pico a mi pecho hiriere.

Aún cuando en vos he pensado mi egoísmo inmenso ha sido, lo sé bien. Los entes que me martirizan no han permitido que de otra forma fuere. Ellos por mí aguardan y a ellos entregarme debo. He de concluir éste sufrimiento por el que a diario en mascarada me enfrento y que habrá a mí de liberar. Sin entregarme posibilidad alguna de con ella reunirme las memorias de éste sopor de vos me apartan, prohibiéndome amaos en la medida que ambas necesitamos, que ambas desearemos el poder hubiere sido, que destruyere las ilusiones nuestras por la malsana melancolía de una estúpida y frívola depresión que a mi mente inundare, escuchándole dentro mío en la mente de voces miles que a una resumiere y la cual mía no fuere, pues aunque mi monomanía en ella recaía, vos la paciencia de la elocuencia habéis mostrado aún sin sentir que fuere justa la falta de entrega mía.

¡Cuánta agudeza en ello habéis tenido y por ello culpable he de serle! Perdón no puedo exigíos: mi fárrago no ha permitido a vos observaos en la medida apropiada dentro de la dulzura de los labios vuestros que a los míos la saciedad dieren, o en los senos adustos que entre mis ojos la visión perdieran, o acaso vuestro vientre fuere: liso y llano, al tacto aterciopelado que a mis manos de la ansiedad en calma tornaren. Nada en vos falta me hacía y aún así, de ésta indómita demencia, liberarme no podía. Siempre ella a lado nuestro, cubierta en rostro de la espesa obscuridad ha permanecido y confrontadle no más puedo. Proscrita he de ser y vuestro nombre bordado a la espalda he de llevadle: los Dragones y cuervos de mis inmundicias habrán de saciarse. Sin restarme plegarias mi voz la misericordia de un Dios acalla, y ciega de la verdad esta realidad he de enfrentar: liberarme de la gracia de una profanada virginidad me convierte en la ramera prostituta de ésta infamia, retumbando en los avernos el nombre que a fuego por sus paredes en las rocas se funde.

Estamos aquí, apartadas por la amargura de la distancia que de vos me separa y que a ella me acerca. Estamos aquí, en el llanto que de estos ojos por los cuervos despojados entre espasmos la cordura atormenta. Y aterrada estoy pues el camino incierto se presenta, mas ha sido el mío elegido ya que la libertad ha de prometedme, y aunque la voz de la muerte muda me grita, solo hasta hoy, en mi desnudez, por vez primera, con claridad he de escuchadle.

Libre he de ser, y en el viento que en vuestro rostro con su briza os acaricie no permitid que os olvide. Recordad mi nombre…

e.v.

(Carta póstuma fechada el 24 de abril de 2015)
Traducción: Svetlana Kurskova
Adaptación: A.S.G.

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