No puedo engañarte

¿Habrá algo que decir en nuestra defensa?… Nada, no hay que decir nada. Las cosas han sucedido así y no tengo por qué arrepentirme ni  experimentar resentimiento o reproche algún.

¿Y a quién engaño con esto?… Quizás solamente a mí y a ésta ambivalente confusión que, desde hace meses, no me permite reposar.

Cuando Ericka perdió a Andrea pensé que los días serían insuficientes para acallar los fantasmas que le rondaban. En realidad no me imaginé que entre ella y yo, al cabo de algunos meses, se fortaleciera una relación pero así sucedió. Cuando éramos niñas acostumbrábamos contarnos las intimidades que nos surgían, fortaleciendo ese intrínseco vínculo que en muy pocas ocasiones, con el trascurso de los años, logra perdurar. Creí que conocía cada una de sus facetas, pues suponía que entre nosotras no existía cabida para la duda y así nos aceptamos: con nuestros defectos, nuestras desventuras, con los solsticios invernales que nos distanciaban, con las irritaciones del pasado y la aspereza de sus y mis recuerdos. Nunca llegas a conocer del todo a tu contraparte, bien claro lo tengo, y en éstos meses que ella ha enfrentado su libertad me he percatado de mi propia ignorancia: “solo observamos aquello que deseamos ver, fingiendo la verdad que nos rodea sin desear descubrir la realidad que nos enfrenta <sic>”. Y es así, exactamente como ella lo describió, que me arropé a mi verdad relegando la realidad que ambas enfrentábamos.

Ninguna de las dos fuimos de lo más circunspectas: Ericka disfrutaba abiertamente su sexualidad y las diferentes formas de satisfacerla, eso lo sabía con bastante seguridad, pues sus infidelidades no me eran extrañas. Ella era así e igualmente así la aceptaba, pues desde nuestras antiguas charlas de amigas solíamos platicar de esos “íntimos” detalles y no existía motivo para que ella cambiara una vez que iniciamos con nuestra relación de pareja. Por mi parte, quizás no soy tan sexualmente extrovertida, pero tampoco tan mojigatamente introvertida: confieso que yo misma, en nuestra adolescencia, formé parte de esas “infidelidades” que ella solía muy bien disimular.

De alguna forma aprendí a lidiar con esos adulterios, pues ninguno de ellos llegó a convertirse en una verdadera traición. Cada uno, hasta el más mínimo, en su momento, se fue infiltrando en nuestra verdad más no así en la realidad en donde Marian, lenta e insensiblemente fue seduciéndola hasta convertirse en la obsesión que ahora, de diferentes formas, he descubierto formó parte fundamental de su póstuma y última infidelidad.

¡Pinche Ericka, eras una verdadera cabrona! Lo digo sin el más mínimo destello de reclamo o remordimiento y muy por el contrario, con toda la satisfacción de haber podido compartirnos. Aunque no coincida con su deseo de libertad, debo y me es preciso aceptarlo. Mi egoísmo no tiene que ser tan grande como para idolatrar un falso egocentrismo que ronde a mí alrededor: ¿de qué me sirve acallar los fantasmas cuando éstos aún rondan en la obscuridad?

Me muerde tanto la intriga como la curiosidad; la sexualidad que Ericka descubriera en Marian me ha llevado a cuestionarme, en más de una ocasión, si sus senos son firmemente redondeados coronados por unos agridulces pezones que, erectos, puedes lamer sin el tormento de la angustia. O si su cintura, a la cual ella deseaba asirse, es tan definida que puedes rodearla entre las palmas de las manos, ciñéndola por su contorno para dejar que los dedos se escurran entre la amplitud de sus caderas. O si su cuello, irresistiblemente ágil y gallardo atrae los labios húmedos que le mordisquearan. He pensado en la blancura de su piel, en su prolijidad intachable que hace de él una prosa redundante. En su vientre, terso y plano cual estepa en donde las caricias de los dedos se infiltran con la lengua que, muda de palabras, le discierne por su contorno. En sus muslos generosos, fuertes y sutilmente delicados por entre los cuales puedes ocultar el rostro para desafiar la cavidad de una entrepierna. He soñado con Marian, no en el sentido de la ufanidad de la falacia que el ensueño o la esperanza conlleva, sino en la quimérica utopía que no forjo concebir, y por más que en ello me afano, mientras la falda a mis piernas con el viento se constriñe, no logro vislumbrar el rostro de Marian.

Antes de que el otoño termine decidí sentarme en una de las bancas del parque con la frágil intención de que Marian pudiera sentarse al otro extremo y poder así conversar. Deseaba que me confesara si ha besado el contorno de sus labios, si ha sentido entre sus manos la incandescencia de su cuerpo, si sus verdes ojos se cierran entre los párpados con el soplo de las caricias. Si su voz entona los silencios de su vientre y si sus pies, al caminar, desquebraja aún las hojas secas.

Pero la muerte es tan deleznable, que ella misma con la muerte muere.

(Basado en los textos de las series: “Nuestros cuerpos y tormentos” y “Marian, la manera de jugar” de Ericka Vólkova)

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