La manera de jugar (Inconcluso: textos de Ericka Volkova)

Existe una expresión local que ahora me es coloquial: “Cada uno ha de llevar su propia cruz”: No profeso religión que a Cristo venere, pero entiendo a perfección el significado que conlleva, y me rehúso, al igual que en muchas otras ocasiones le he hecho, a cargar en espalda mía la promiscuidad de mis errores y defectos, mucho menos he de aceptar, por manos y pies, clavadles a una cruz.

Son tantas mis mixturas que imposible me sería a la madera anidarlas: todas ellas les he llevado a los pechos encajadas que sangran con cada uno de los clavos que a mi piel yagan, atormentándome en éste delirio que Marian bien comprende.

No es ella quien mi cruz acepta, ni tampoco de ella rehúsa. Permanece acallada observando la sumisión que profeso a la espera de que mi hartazgo sea el suficiente para tomar, del séptimo averno, la pira que le incendie. Aún no soy lo suficientemente valiente para enfrentádmele, mi cobardía es tan absurda que profeso la esclavitud antes que la libertad. Y aunque su sensualidad me atraiga en demasía y sus ojos con lujuria me observen, mi desnudez es tan mísera que los pechos secos habrán de desquebrajar.

De borgoña he teñido las uñas, largas ellas para incrustadles a la espalda y rasgar en extremas longitudes la piel que tersa estuviere: este cuerpo no es más mío, ha dejado de pertenecedme en una realidad que no conlleva la verdad, y de la cual Marian, de ésta pobreza compadece. Más si fuere tan sólo que ella a mis delirios escuchare, que mis deseos en la cama satisficiere, adentrándose entre las sabanas mientras duermo, y cual amorfo humo de tóxicas protuberancias llenare el espacio adjunto que a mi espalda permanece, perdiendo la honra del recato que con sus brazos y manos putrefactas a mis senos se asiere, estrujándoles en redondeadas caricias, enhestando los pezones que a sus labios ansiaren, gritando mis muslos por la satisfacción de un ansia que, en hambruna, mi entrepierna sedienta sus mareas expulsaren. Mas mi cuello de sus besos apartados ajado permanece, y son mis pechos que en el otoño desquebrajan, permaneciendo marchitos de la tierra incauta que a vos cubriere, desecándoos cual mis senos por vos estos pezones reclaman.

He dejado de escribíos cartas, los epitafios todos Marian les ha arrebatado, devorándoles entre sus fauces les ha masticado para escupidles sobre la tumba mía que impaciente aguarda, y en mortaja simple que a mi desnudez cubra, de borgoña teñida, mi cuerpo por Marian impaciente duerma… 

(Traducción: Svetlana Kurskova y Aslaenj Daonv Darlo)

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