La manera de jugar (Textos de Ericka Volkova, 21 de abril del 2015)

No es la manera adecuada, lo sé. No puedo derramar vuestras palabras en esta taza de café para cauterizar las heridas al en un sorbo bebérmelas: el mundo de mi obscenidad al justo ciega.

Me agobia ésta monotonía de no teneos, de no poseeos en el lecho donde nuestras quimeras inertes yacen víctimas de la desdicha. Y el descanso del sueño me ha sido de un solo golpe extirpado, condenándome a la inmundicia de entes que en la obscuridad con los cuervos vuestros nombres exclaman, atosigando la mente vaga que la calma no concilia: Marian y solamente Marian es quien con su nombre en las sombras a sus pisadas escucho. Discreta en desuso mis labios besar deseare, y soy yo quien en su boca introducir mi lengua ansío para saciar la lujuria nuestra de pezones engreídos que entre los dedos estrujaremos, mordisqueando los contornos de los hombros que invaliden a los brazos cansados de las exhaustas caricias que a la espalda y glúteos en nuestro orgasmo recorrieren.

La prudencia me ha abandonado: infectas entelequias son quienes ahora mis delirios cohíben, y sois vos, Marian, quien con el hachís en humo por mi sangre nuestros pudores intoxica, masturbándome con la imagen de vuestro rostro que por mi vulva con detenimiento penetra, hiriéndome en la profundidad de éste infértil abdomen que en el ahogo del delirio la muerte puja.

No son las voces quienes me llaman, ni los lémures quienes en el epicúreo perdidos me reclaman; a ellas no escucho y de ellos, en el altar he acuchillado. Sois vos, vuestra pecaminosidad que por vuestro cuerpo desnudo en contornos de líneas por los senos y muslos se deslizan, quienes en vuestro cuello se anudan, y sea mi lujuria toda quien a vos, en la sexualidad vaga nuestra, los contornos de la vulva con las lenguas laman.

Cansada estoy, imposible el reposar me es; conciliar de los cuervos el sueño sin los tóxicos no más concibo. Son mis brazos quienes ahora pincho y el letargo a mi absurda mente con vuestro rostro envenena: son avernos que en sus paredes nuestros nombres con el fuego gritan, tártaros indelebles que a los contornos de la piel con su ardor se aferran, destrozando mis venas que el veneno por dentro hacia mi pecho con lentitud recorre, desecando estos pechos que por vos, cual ocres hojas de otoño desquebrajan. Y es Leonor quien a mí con sus fauces devora, masticando mi carne la piel aparta, triturando entre sus dientes mis huesos que al dolor de un espectro, a lo alto de la habitación, en una esquina hacia mi lecho su amargura vomita. ¿Quién sois vos, fantasma que en la aparición obscura de entre la noche las sombras reflejas?

Marian a mí seduce, y es Leonor quien mi cuerpo consume. Es ella quien a mí intoxica y Leonor, quien con su boca me devora; es el hachís que inhalo, y la cocaína quien a mis venas pincho, son los cuervos de Marian que sus picos nuestros nombres acallan, y la voz de Leonor, quien en las paredes de los tártaros los epígrafes con el fuego transcriben. Desmembrándome en vida ambas éste cuerpo con tesura despellejan, torturándome aún más que las flamas que a mi calcinan, consumiéndome de vuestras palabras que en la desdicha, bebérmelas en un sorbo no puedo.

(Traducción de Svetlana Kurskova y Aslaenj Daonv Darlo.)

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