La manera de jugar IX

Soy lo que escribo: cada letra, cada puñado de oraciones que en frases de quiméricas verdades se entrelazan me conforman, de ello duda alguna no tengo. Y mi verdad es una y mi realidad otra ¿Cuál la farsa y cuál la verosímil? Yo misma no concibo desterrarme de esta hipócrita dualidad que me subyuga en las yagas que a la espalda mi piel flagelan.

El hachís me inunda llenándome de su amorfo placer que entre humos aspiro. He dejado las anfetas, no les he traído conmigo, ellas me aguardan tras esas paredes de la habitación de hotel que ya considero cual residencia de un hogar que no concibo aún en entender pudiere ser el real. Sé Sveta confundida por ello se encuentra y me duele que así sea, que sea ella quien mis culpas purgue, que mis pecados expíe entre los rosarios de su cristiandad que en el lecho nuestro, con sus jadeos, diseminados entre los pliegues de las sabanas a lo lejos yacen.

Cansada estoy de todo ya. Harta del hartazgo mismo que me encorva en éste ente de despojos que los narcóticos transmutan, convirtiéndome en una paradoja que convaleciente desfallece, que a la cintura de Marian ansía aferrarse y de sus labios besar la ponzoña que hagan a mi cuerpo de su obscuridad soñar. Allah diestro sea en a mí perdonar pues yo no he podido hacerlo, mis culpas a la garganta en abundancia se anudan sofocando el respiro que cada día transcurrido mis pulmones ahogan, desnudando mi cuerpo a la concupiscencia misma que por la vulva y el ano me traspasan, penetrándome de su anónimo deleite que por las noches sus nombres omito. Y no es así como a vos puedo olvidar, pero sí como a vos recordaos concibo.

Me enamoro de ella: Marian me seduce, y aunque su tiempo el mío no sea, sus caderas entre mis ojos bambolean seduciéndome con su voz tenue que, cual obscuro y mudo susurro a mis oídos de su melancolía ensordecen. Y por Sveta condena siento, abyecta dejadle anuda le cicuta que a la garganta mía, Marian, con sus senos, acercándome a vos, amamantar a mi garganta en el obscuro sueño pudiere.

Y sean los cuervos quienes a mis pechos, con sus lenguas, las entrañas hoy besen.

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