La manera de jugar VII

VII

Lo sé, sé que la frasecilla demasiado desgastada se encuentra, pero en realidad ardo en deseos, así, cual las palabras lo dictan, cual mi sudoroso cuerpo demanda, cual mi lujuria le ruega sentirnos desinhibidamente pecaminosas y sucias: guarras, putas y sin prejuicios que pudieren a nuestros sexos cohibir.

Creo hoy poco discreta he sido, la familiaridad en la interacción con Marian me ha dado cierta confianza y apertura que no debiere tomármelas tan abiertamente. Pero poco hoy ha importado pues no he podido quitar la vista de sus muslos al sentarse, y es que ataviada de esa forma no habría manera alguna de que, ni con algún poder mágico, pudiere apartadles de esa franja que se hace al cruzar las piernas, dejando que la pequeña falda se ajuste  a la sedosidad de sus muslos cubiertos de unas pantimedias lisas color azul marino. Es evidente que con ella mi fetichismo se dispara al más alto nivel, no puedo evitarle, y aunque yo misma me arreglo y visto pensando en verme atractiva para ella lo cierto es que, invariablemente, cada vez que por las mañanas le observo cruzar por entre los pasillos de la oficina me convenzo más de que no existe forma suficiente en arreglarse para con ella al menos poder rivalizar.

Lo sabe, es imposible que no lo deduzca. Conoce perfectamente que me gusta y que la deseo, y creo, en cierto punto, disfruta que así sea, torturándome consigo misma fomentando ese objeto de capricho que me es imposible entre mis manos acariciar. Sí, capricho, pues más que sensual deseo en eso se ha convertido al negadme cualquier tipo de posibilidad, en un capricho sensualmente erótico que por mi cabeza ronda a cada minuto del día que lentamente transcurre frente a su presencia. Hoy fingir me ha sido imposible, le he expresado con cierta delicadeza lo especialmente linda que lucía aunque en realidad hubiere preferido que la vulgaridad fueren las letras que las palabras conformaren ese léxico que se expresa cuando se sobrepasa las ansias y el deseo se convierte en caricias, besos y palpos de un cuerpo que desvestís con el afán de que los segundos sean quienes os dicten la premura de que la desnudez sean las horas que en los cuerpos entremezclen sus ardientes temperaturas. Hubiere deseado arrojadme a sus pantorrillas, abrazándoles con mis brazos para con mis manos caminar por sus muslos y sentir la palpitación de la piel atreves de sus pantimedias, regodeándome de la sensación que en las yemas de mis dedos los finos hilos de seda me producirían, besando sus rodillas mientras musitare lo rica y buena que estaba: rica y buena, con esas absurdas y vulgares palabras que encendieran la pasión nuestra, deseando de ella escuchar en igualdad que las palabras afables fueren ahora las guarrerías que la poesía oculta. Que a mis senos y glúteos tetas y nalgas nombrare, que os hiciere a mi cintura corriéndoos con la humedad de mi coño; que abriéndome las piernas lamiere los muslos introduciéndoos por el culo, que en la penuria del quejido follare cada una de mis cavidades. Que me atare, y con sus manos, mi espalda y cuello en caricias flagelare, que rompiera mis vestiduras y por su cuerpo aprisionada, a empellones con ahínco empujare profundo penetrándome en ese ahogo maldito que en el placer, de mi voz enmudecida, me hiciere abrir la boca para pronunciar un dulce y sordo quejido.

Ella tan sólo me sonrió agradeciendo la cortesía que le expresare mientras que yo, con esta turbia mente cavilare en las ganas que tenía de que me hiciere guarra e impura, que me hiciere sentir que obscena le soy: pecaminosa e inmundamente deseada por ella, imaginando que mi cuerpo se arqueaba en la tensa saciedad de esa indecencia que no conseguía acallar, pensando en cómo sería por ella ser lamida, en cómo mis pezones serían por sus labios mamados, en cómo mi abdomen sería consumido mientras sus dedos penetraren mi vulva, humedeciéndoles de mis flujos que por torrentes entre mis piernas escurrían.

Por paradójico que fuere, sentía cómo el rubor llenaban mis mejillas mientras le observaba frente a mí sentada, queriendo que, en contraposición de cruzarles, sus piernas las distendiere permitiéndome observar su liso, terso y juvenil coño que pudiere yo entre mi boca chupar y sorber, jugueteando con mi lengua entre sus labios vaginales en búsqueda infranqueable de un clítoris que el placer por su roce a ella con expertés, sin duda, yo le produciría.

No puedo dejar de admirarla y desearla, sus pantorrillas me encantan: apeteciblemente contorneadas me invitan a que pose mis labios sobre ellas, besándoles y palpándoles con mis manos para permanecer largos minutos sin mayor expectativa que no sea la de disfrutar de su contacto, y desde ahí postrada, levantar mis ojos para recorrerle con la mirada agasajándome con cada detalle de su delgado cuerpo. No es un sentimiento amoroso lo que por ella profeso, pues mucho distaría de ser mi chica sentimentalmente perfecta, sino es un sentimiento puro de deseo, de atracción física que no me interesa repeler, y si pudiere, por contrario incrementar en cada contacto de ese abrazo y pequeño beso que nos damos a manera de despedida. He llegado, inclusive, a propiciar esos abrazos con cualquier pretexto estúpido que pueda imaginar: una felicitación por su buen desempeño laboral, o quizás porque hoy ha despertado con la noticia de que en su posgrado ha sido nominada, inclusive sencillamente porque ha reído, dejando atrás esa supuesta frialdad que tanto a mí atrae.

Cuando era estudiante en la Universidad solía tener un sueño recurrente. En aquella época vivía en un pequeño departamentito estudiantil que compartía con una compañera. Era un apartamento realmente pequeño hecho específicamente para estudiantes, mas le habíamos decorado a nuestro gusto con esa serie de detalles que le personalizan y le hacen distinto al resto. En mi sueño, mientras Oksana Stankovic, mi compañera Serbia y yo dormíamos, me despertaba invariablemente a la misma hora de la noche ya entrada, apareciéndoseme en una de las esquinas superiores de la habitación un turbio y gaseoso ente amorfo que pronunciaba las mismas palabras sueño tras sueño: “¿Podréis escuchar acaso mi nombre que acallo y grito? ¡Hartaos! sofocad la garganta y vuestra boca maldecid”. Posterior a ello, el ente se acercaba y yo por la nariz le aspiraba, llenándome por los pulmones de su turbio gas que me sofocaba, ahogándome en un letargo de sufrimiento del que solamente podía aspirar la muerte misma. Ello me aterraba y en más de una ocasión hube de despertar sudorosa y agitada para observar esa esquina superior de la habitación que jamás he podido volver a recordar. Hoy en día mis sueños no recuerdo y no sé si acaso les tenga; sin duda he de tenedles, pues imposible sería no contar con ellos, mas creo todos son devorados por ese entre amorfamente turbio y gaseoso que continúa preguntándome si acallo y grito su nombre.

Marian no es el ente amorfo que mis sueños consume, ni he de decíos que ella perturba mi descanso; ese amorfo y turbio gas me roba e ingiere cada uno de mis nocturnos placeres y no sé cuándo, finalmente, llegue sin nombrarle para a mí sofocar.

La muerte enamora mi vida, y de ella, Andrea, sueño su suspiro.

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