La manera de jugar VI

VI

¡Pendeja, mil veces pendeja! Debiere cambiarme el nombre por alguno que denotare mi palpable estupidez y, por qué no, mi desilusión también. Finalmente Marian ha conocido mis preferencias sexuales, se las he comentado en un cofee breake que nos hemos tomado por la mañana. La charla ha surgido así, sin haberle esperado ni mucho menos guiado por los senderos de las confidencias mutuas: fluyendo las palabras que unen a los eslabones de una cadena infinita de letras que desbordan por los labios nos hemos sincerado. No, no le he dicho lo mucho que por ella babeo, creo eso ha salido sobrando pues puedo percatarme que a la perfección lo intuye, y mucho sigo deseando que ella misma por mí babeare, que llenare mi cuerpo con su humedad que gustosamente con mis labios sorbería. Pero nuevamente no es así, esa menuda chica que arrebata mis pasiones me deja húmeda sin la más mínima posibilidad de en el desierto de sus manos drenar el profundo lago que el deseo a mí inunda.

Pensé siempre, segura estaba que Marian muy de familia sería, de esas chicas que no pueden quebrantar los tabúes establecidos en una falsa doctrina rígida cubierta de expectativas moralinas que abriga el Hiyab que yo misma debiere portar y que, producto de mi pobre entendimiento y mi indigente santidad jamás he vestido. Muy por contrario, Marian es deliciosamente atractiva, vistiendo siempre, invariablemente en la mejor manera posible para deslumbrar a quien le mire, sin atreverse a ser vulgar selecciona su vestimenta en acuerdo mutuo a su sensualidad, misma que resalta entre las sedas, linos, chifónes, y unos tantos chambray’s que a sus delineadas formas se ajustan. Después de mi extraordinaria, púdica y vehemente lésbica revelación ¿podéis imaginaos mi rostro de estúpido sopor al escuchadle decidme?: “Hemos de irnos mañana a un barecito que conozco: te presentaré a mi novia. Llevamos apenas un mes y…” ¡Un mes!, un mes de novias y yo he perdido meses con la pendejéz (sí, sí, la palabra no existe pero es la adecuada: PENDEJEZ, así, en mayúsculas toda), sintiéndome cohibida ante su presencia aparentemente heterosexual. Mas como suele en estos casos suceder, en su oficina todos conocían de las preferencias sexuales de Marian, todos, a excepción mía que por supuesto no podría enteradme por no compartir los días laborales en esa oficina.

Me encuentro en la habitación de éste hotel que me es conocido, con la cara de estúpida y mis deseos ahogados entre las sabanas que gritan a mi faz: “estúpida, pendejamente estúpida”

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