La manera de jugar (IV)

IV
De nuevo habito las cuatros paredes claustrofóbicas de ésta habitación de hotel. Han transcurrido tres semanas desde mi última visita y, por un estúpido error de la compañía, mi arribo ha sido en viernes en lugar del acostumbrado domingo por la tarde. He de permanecer el fin de semana en celibatico claustro lo que en absoluto me tiene contenta. Sveta, al igual que yo nos acostumbramos a la distancia, comunicándonos con el móvil y vertiéndonos las ansias que asesinamos en los kilómetros que nos separan. En el Facebook veo el nombre y la imagen de mi amiga: M me despierta ese guarro deseo que pocas veces experimento, mas no por ello dejo de disfrutar. En realidad adoro su culo, puedo imaginarme inmersa dentro de él, atiborrándole entre mi faz que con delicia expurga sus glúteos para lamer entre ellos. Sus muslos y piernas me son apetitosas y su arrogante rostro me es infranqueablemente atractivo.

Estas adicciones habrán algún día de inmolarme. Me siento guarra, impúdicamente sucia con deseos de que M lo sepa. Deseo enviadle una fotico, una erótica que despierte en ella el deseo por mí, que entre su mente le haga navegar en las fantasías perdidas que ansiamos experimentar, que le suscite    los claroscuros  de un lienzo  paulatino que  por los deseos es teñido, que le pida en su gráfica la perdida pubertad lésbica de una heterosexual madurez. Una fotico que haga del deseo la absurda permanencia de mi imagen haciéndole deseadme cual yo le deseo.

Les he tomado, utilizando el temporizador he puesto la cámara para hacedme algunas y selecciono una en especial. Me agrada, el pelo le llevo un poquillo más largo desde la última que le enviare: me gustaría dejadle crecer como en algún par de ocasiones le he hecho, inclusive podría teñidle nuevamente, los tonos rojizos son de mi agrado. Ésta pinche y húmeda ciudad me es en verdad sofocante, no me encuentro acostumbrada a sentir en el cuerpo esta sensación “plegastiosa”. En realidad desconozco si la palabra exista, pues de Marian le he aprendido. Es una sensación extraña: calor entremezclado con sudor que os baña el cuerpo en una similitud de pegamento del que no os podéis desprender. No logro acostumbradme, por las mañanas el frío recorre el pelo en una briza tenue, y por las tardes por los muslos sudáis, humedeciéndoos sin la excitación sexual que pudiere vuestra entrepierna tañer con un par de dedos que os expurgan, chorreando en gotillas de sudor que mojan vuestros pudores.

No he tenido la oportunidad de interactuar con Urlenko por lo que no cuento con hierba ni anfetas ni nada parecido, el pequeño frigorífico de la habitación solamente puede ofrecedme un par de botellitas de escocés que no son de mi agrado y ya las horas transcurridas son demasiadas como para llamar a Sveta. Eckaterina podría estar despierta, o aun cuando no le estuviere podría llamarle para colmar de ésta humedad con su sexualidad. Dejo el móvil en el lugar que ha estado, la última llamada será la de Sveta y le envío a M la fotico que me he hecho en espera de que yo sea retribuida con una de ella, que satisfaga en mí ese fetichista placer de saborear su redondeado culo coronado por sus bellas caderas.

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