La manera de jugar (III)

III
No he asesinado mis días más que cualquiera, algunas veces les hiero de muerte y otras más, tan sólo dejo que por la boca de Belcebú en los avernos sean engullidos. Este monótono ritual empieza a fastidiarme, aun cuando el amanecer de hoy junto a otro cuerpo el calor compartiere la habitación fría permanece. Ella ha marchado y desconozco su dirección, o acaso su número de móvil para poder llamarle. No sería una buena idea quedar nuevamente con ella, es mejor que el sexo, cuando casual es permanezca casual sin intimar lo suficiente como para entablar esa pequeña relación que pudiere afectarnos, aun cuando, de forma alguna,  afectadas ya estuviéremos.

Necesito terminar de vestidme, Marian suele ser muy puntual y yo ya retrasada estoy. He de maquilladme un poquillo más de lo usual, no desearía que pudiere percibir cualquier rastro de mis nocturnos recuerdos. O quizás debiere hacerlo y demostradle que en realidad me siento por ella atraída, poseyendo la suficiente experiencia para hacer de su primer encuentro lésbico un verdadero placer amorfo de emociones que llevará tatuadas en el seno de sus pechos, en su abdomen que sería estremecido con las contracciones de mi lengua que en redondeles le recorrieren, en las marcas de mis dedos sobre sus muslos, en los latidos de mis manos sobre sus glúteos, en sus labios humedecidos sedientos del calor que el desierto de mi boca saciare. Sé no será así, por mucho que lo desee no ocurrirá y no puedo por ello sentidme frustrada, aunque en realidad por ello frustrada me encuentre. Es sólo y sencillamente una fantasía que se alienta en cada ocasión que con Marian me encuentro, olvidando a mi esposa, a mi amante y a mi amiga, y las cuales cada una un espacio dentro mío tienen. No puedo negadles, mas tampoco puedo a ellas mentidles, cada una, una realidad distinta de mi verdad conjetura: mi esposa de mi amante y amiga desconoce, mi amante de mi esposa confiesa y sobre mi amiga miente, mientras que mi amiga de ambas repudia, siendo cada una de ellas distinta en una verdad que la realidad no repara en mencionarme.

Me he terminado la hierba, Urlenko, el taxista que suele trasladadme ha de conseguidme algunos gramos para la tarde. No he de preocupadme por ello, aunque desearía poder fumarme un buen porro antes de llegar a esa tediosa oficina y arrojar mi sexualidad sobre Marian, apestando su cuerpo de mi vómito que por su piel gota a gota escurriría. Siento un poco de remordimiento, he de confesarlo, hablar de mis amantes pareciere que pudiere sentir una falta total de emociones por mi esposa, mas no es así, deseo creer que la fidelidad jamás en mi condición natural ha estado y ella, ella de mi naturaleza conoce, es una realidad de mi verdad que ambas aceptamos, pero que quizás nunca podamos compartir.

Urlenko me ha dejado frente a la puerta de la oficina de Microban; yo he preferido tomar del bolso el móvil y telefonear a Marian para excusarme por el día de hoy. Me apetece vagar por los alrededores y perderme en las bocas de los tártaros para que engullan mis labios.

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