La manera de jugar (II)

II
No he podido despertar lúcida: mi exceso por la patología de ésta estupidez no me permite aclarar el menor detalle que admita recordar los pormenores del amanecer, las sábanas me indican que así ha sido. No he perdido la conciencia, nunca le hago, mi perspicacia, aunque torpe, me suele acompañar con cada aliento de dragón y las anfetas no hacen más que incrementar, entre otras muchas otras cosas, mis excitantes expectativas de disfrutar un sexo tórrido, sin tapujos ni miramientos que inhibieren cualesquier instinto que deseare satisfacer. Ahora existe la guerra, allá afuera, a algunos kilómetros la sangre salpica los cristales en unas gafas que a los ojos ciegan, que a los oídos ensordece en su burdo lamento que nos afanamos por dejar de escuchar, en donde el silbido de las balas se confunde con el lamento de quien las heridas de muerte acalla y que nosotras, entre los pujidos de sexual gozo nos esforzamos por olvidar. Esta es mi tierra: amarga y desdichada, dividida en la dicotomía que, cual la mía, ha de existir en nuestras vidas olvidando la realidad pueril que nos abofetea; mas no es distinta de aquella de donde ahora vivo y que en guerra igualmente se encuentra. Sin ser ésta aceptada y más bien rehuida nos rocía de esa misma sangre que de nuestras ropas deslavadas limpiamos, purificándonos en pretextos miles de sodomías malsanas que el olvido nos conlleva al despreciar de una María la limosna.

Se ha despertado y me ha llamado por mi nombre. Yo apenas recuerdo el suyo y me apena el evidenciadme, devolviéndole la sonrisa desde el extremo en donde parada me encuentro para observar de nuevo a través de la ventana. Mi desnudez poco a mí importa, mis senos, aun cuando la firmeza no han perdido han dejado de ser lo suficientemente erectos para sentir el pudor necesario que hicieren cubridles: mujer he nacido y cual mujer pronto he de morir; mujer he amado y cual mujer habrán de amarme, mi pubertad en la virginidad he perdido y cual sátira en el cristal de la ventana mi reflejo muestro, adosando la espalda al rostro que he besado y que más no deseo mirar, al que no deseo en su rojiza cabellera anudar mis recuerdos de unos muslos que, junto a los míos, por las vulvas entrelazaremos. Ambas lo sabemos, no es ella quien mis hombros besa mordisqueándolos en su recorrido que hacia el cuello le llevan, ni son sus labios quienes en el lóbulo de mi oreja indiscreciones susurra invitándome le acompañe de nuevo al lecho que vacante ha quedado. La sexualidad hemos perdido, dejando igualmente desiertas las lisonjas que en la osbcuridad nos acompañaren, siendo copartícipes éstas de la sexualidad que en revuelcos y tupidos sobresaltos el cuerpo con nuestras manos y lenguas nos tiñeren.

Con un roce de labios hemos de despedirnos. Desconozco si ella debiere cumplir con algún deber laboral, o acaso fuere éste familiar, y en sentido estricto de una incómoda verdad poco es a mí lo que interesa, pues el agua de la ducha que en gotillas mi cuerpo lava de mi cuerpo no quitarán sus caricias, ni disminuirá el placer de su recuerdo que prontamente he de olvidar. Tan sólo ha sido sexo llano y lascivamente liso. Ambas no hemos sentido más que ello: la necesidad de satisfacer nuestros cuerpos quienes la afección de una lujuria en aquel barecillo gritaban.

El jabón que por mi piel escurre no ha de expiar mis pecados, ni habrá de mancillar el rostro de quien ahora ha marchado; desde el cuello a mis pies las culpas a mi piel se aferran y son ellas quienes me arropan, quienes, en la sutileza de su perdón a mí visten, sujetando con el liguero las caderas quienes han de balancear mis pudores. Y cuan extraña he de sentidme, de mis ropajes provista el desnudo me cobija, es él quien me presenta, quien frente a frente a los rostros increpa, quien mi textura en el color de la piel pierde, desposeyéndome de naturaleza que, errada, ha sabido en mí concebir la errática pulcritud que una ducha y un jabón no pueden más deslavar.

Mi realidad me abruma, aprisionándome codiciosamente en esta ufana melancolía de sentidme desposeída del amor que con ella sintiere, que con ella compartiré y que la muerte misma de mi pecho con su mano de los huesos ha arrancado, haciéndome del vientre y senos putrefacta, reduciendo al silencio el llanto que acallado mis entrañas desposeídas gritan. Me es ufano, insoportable para lucidamente tolerarle, para acaso a ella otra llamadle y hacer de éste tormento sufrible. Me acongoja siquiera pensarle, especular que ella fuere el falso motivo de desear no recordar, convirtiéndome a mí en el despreciable ser que usufructúa con el despojo del sentimiento ajeno, con la esperanza prójima que en propia simiente no florece, y aunque con fuerza lo deseare, sé, consiente estoy, la posibilidad de ello existe.

Maldigo la incertidumbre, la realidad que a mi abofetea, la sangre que las balas de muerte hieren. Blasfemo de mi verdad que las drogas mi realidad no rehúyen. A mí misma en la inmundicia me maldigo, blasfemando del apócrifo que en la falsedad de un amor falso pudiere; así, sin la continuidad de la frase que trunca queda, que trunca las dudas resumen.

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