La manera de jugar (De la serie “Diario”)

Las visitas que con regularidad hago a Microban han hecho que los empleados del hotel me observen ya con familiaridad. Suelo permanecer una semana y mi ruina es un tanto predecible, dejando mi habitación por la mañana a la misma hora y topándome en los pasillos a los mismos empleados que ahora denomino por su nombre. No hay nadie con M inicial, mas ello no quita de mi mente que le lleve cada día desde el momento justo que despierto imaginando que ella pudiere frotar mi cuerpo con la esponja de baño mientras nos duchamos. No hay nada más alejado de la realidad que ello, M se encuentra a una distancia muy lejana, y aunque ambas, segura estoy, disfrutaríamos de la ducha en maneras y formas sensualmente placenteras encontrando siempre nuevos artilugios, juegos y caricias que una en otra en práctica pondríamos, ambas, tanto ella como yo, nos duchábamos a completa y entera distancia.

Me gusta imaginarle, me agrada en extremo llevar su imagen incrustada a mis pupilas y observar el sostén de varilla y sus pantys azul pálido que cubren precariamente su cuerpo, produciendo ese goce de observar a una linda chica sin estar completamente desnuda, y sí lo suficiente para permitir que la morbosidad juegue con la mente, excitando al lívido para desear tocarse una misma y humedecerse un poco. He desistido de Marian, y aunque sigo considerándole como una chica atractiva, mis coqueteos le han pasado desapercibidos y creo, por algunas reacciones suyas, que un par de ellos le han sido incómodos. Solemos entablar largas charlas y cada día que pasamos juntas nos conocemos un poco más. Es imposible, con la interacción diaria, que una no se percate de ciertos detalles y curiosidades, de igual forma, con la charla se nos van escapando “esos pequeños detalles de nuestras vidas e intimidades”. He sido demasiado precavida en ello, hasta el momento no le he revelado mis preferencias sexuales, aunque creo que lo presupone. He sido demasiada coqueta, y aunque no directamente le he expresado mis deseos de follármela de forma sutil o salvaje (no me importa en realidad si en la cama le gusta la dulzura o el sado, pues al final la consecuencia sería una: follar) suelo distinguir cierta distancia que marca en cada ocasión que mis flirteos avanzan. Ello me ha desilusionado un poco, he de confesadle: tener al alcance el licor de la sexual sensualidad sin de ella poder tomar al menos un sorbo deja a la tentación un tanto frustrada, conformándome con observar sus pantorrillas y sus muslos que se ciñen a las cortas, rectas y estrechas faldas que suele vestir. ¿Por qué me atraen sus largas y bien torneadas piernas al igual que sus estrechas caderas y sus glúteos redondeados en forma de corazón inverso en contraposición a sus pequeños y firmes senos? Pues venga, porque me atraen sin explicación alguna, porque despiertan mi deseo sexual y mi contemplación impávida, porque babeo por cada uno de los detalles de su fisonomía, porque me gusta la feminidad expresada en la fragilidad de un cuerpo que, cuando le abrazáis, sentís que podríais romperle o quebrantarle entre los brazos, necesitando ser delicada al acariciarle. Porque me gustan las mujeres, sencillamente por ello, sin mayor explicación amo su feminidad, y porque disfrutaría sin duda de follarle, y por ella ser follada.

Personalmente prefiero un poco de rudeza con el sexo, inclusive podría quitar la palabra “poco”; la dulzura me ha resultado, en la mayoría de las ocasiones, un cuanto indigesta. Si bien no puedo negar que las ocasiones en que he tenido la oportunidad de compartir con chicas “sexualmente dulzonas” me ha resultado en orgasmos placenteros, no han sido esos orgasmos “excitantemente placenteros”, pues invariablemente, en las contracciones y espasmos orgásmicos extraño un par de bien plantados azotes en las nalgas, o las pequeñas mordidas en los pezones, o la fuerza de halarme por el pelo mientras me relamen el culo. Y que decir si ello ocurre mientras permanecéis atada a la cama, indefensa y abierta de brazos y piernas cuando una seda, cegándoos, cubre vuestros ojos, o más aún, cuando atada así, un cinturete ciñe vuestra cintura al grado extremo que os dificulta el respirar, incrementando los esporádicos pujidos, jadeos y ahogos que anteceden y en el orgasmo se prolongan.

Me gusta vestir y sentirme sensualmente femenina, hacedlo satisface mi vanidad que poca no es, tampoco he de mentir en ello, mi arrogancia no me lo permite. “Para serlo hay que creérselo” se suele decir, mas no basta solamente con creedle, pues cuando lo creéis solamente lográis, en la mayoría de las ocasiones, erróneamente aparentarlo, pudiendo inclusive ser alguien que estúpidamente nos sois. Prefiero optar por lo que Janoschka en antaño me disertaba: “Para serlo hay que estar convencida de que lo sois”: petulante, vanidosa y arrogante son los defectos que mucho disfruto y que a mí convencen, dejando un poquillo de lado lo voluble de mi carácter, que lo soy.

Para el día de hoy me he decidido por un vestido corto y obscuro de seda y satín estilo Cheongsam, corto y con estampado orientalmente floral en rojo. El corte de los Cheongsam me encanta, son rectos pero os ajustan y delinean completamente la figura, y sus pequeñas aberturas en los lados de los muslos provocan ese pequeño erotismo que podéis explotar de la moda. No llevo medias, no deseo estropear la delicada sensualidad del vestido y sólo un par de accesorios he seleccionado: un bolso pequeño de mano, una pulsera y pequeños pendientes complementan el atuendo. Desconozco si seré atractiva para Marian, aunque he de reconocer que mi vestimenta de hoy conlleva cierta esperanza de que así sea, pues por mucho que convencida esté que de mí pasa, siempre existe esa pequeña expectativa de que algún día, inesperadamente, pueda presentarse la oportunidad de beber de sus pechos el amargo licor de su concupiscencia. M luciría estupenda en un Cheongsam, su sensualidad es suficiente como para que así sea, aunque creo que ella no se encuentra completamente convencida de su propio erotismo; tiene algunos rasgos orientales que, sin ser éstos marcadamente visibles, harían del vestido un perfecto atuendo. Puedo imaginádmela con claridad así ataviada: creo unas medias transparentes le harían lucir sus piernas y resaltarían el vestido. Estoy completamente segura que sus senos, caderas y glúteos poblarían voluptuosamente la seda para que ésta escurriere templadamente por entre su curvatura haciendo de la estampa una imagen que deliciosamente incitaría a cualquiera, a mí especialmente, y disfruto de la imagen mental que de ella me creo mientras el taxi me transporta hacia Microban. Esta semana no hemos charlado, no nos hemos enviado los mensajitos que saltan por la ventana del ordenador para iniciar así un agradable y placentero sexting que a ambas aguijonea en lo recóndito de nuestra lujuria. Me ha prometido que el fin de semana adquiriría el butt plug para completar su tercera lección. Me hubiere encantado ser yo misma quien pudiere acompañarle al sex shop y seleccionar el mejor para ella pero ambas sabemos que imposible nos es. La imagen y el modelo que le he enviado serán suficientes para que sea ella misma quien le elija. En cierta forma, el que sea ella solamente quien le escoja me complace más, pues el pensar que, pensando en mí le seleccione incrementa esa sutil obscenidad que seductoramente me embriaga cuando en M pienso. Se ha convertido en mi discípula y yo en su Mistress, y he de confesar me fascina escuchadle decídmelo, quizás sea una tontería, una estupidez ufana que una simple y sencilla palabra pueda provocar en mí esa cantidad de lascivos sentimientos; pero realmente los provoca, no puedo rehusar de mi naturaleza ni controlar lo que M desea en mí incitar, inclusive deseo alentarle y satisfacer así mis libidinosas pasiones que en esos sextings nos hacen humedecernos en un castañeteante  escalofrío que recorre nuestra piel inhestando cada uno de los poros.

Por la mente me siguen rondando esas palabras que aquél día me dijo: “Mistress, enséñame todo, quiero aprender… Castígame si no lo hago bien…”. Me excita seguirles escuchando dentro de mi mente, “calentando” es la palabra correcta, permitidme en adelante ser vulgarmente insulsa puesto que creo sean las palabras adecuadas que mejor describen lo que M me provoca, y no es porque ella sea precisamente vulgar e insulsa, creo, y puedo afirmarlo, no es ninguno de los dos calificativos, ello me lo ha demostrado en centenares de charlas y acercamientos que hemos sostenido. Muy por contrario de insulsa y vulgar, M posee la grácil elegancia de fragmentar los escrúpulos en diversas tesituras. M conoce cómo seducir, y sabe a perfección el cómo desea ser seducida. Si la vulgaridad y la insulsez ronda en nuestros sextings es sencillamente porque nos provoca la morbosidad que deseamos sentir, que deseamos experimentar y que, sin lugar a dudas, incrementa nuestra cachondez. El desdorar nuestro lenguaje nos da ese esperado morbo de sentirnos “sucias” despojándonos de cualquier barrera que pudiere impedirnos adentrarnos en nuestra propia sexualidad. Es curioso el cómo la vulgaridad en el lenguaje puede provocarnos excitación; escucharle de vuestra amante e igualmente decírselo, en ocasiones, puede despertarnos inesperadamente el lívido que de otra manera no pudiere, y sin embargo, la sutileza del susurro al oído es siempre esperado. En lo personal, si estuviere en algún restaurant, o dentro de la oficina o en cualquier reunión o parque y una chica se acercare a mí para susurrarme al oído: “Recorredme los senos, con vuestros labios aradlos mientras con vuestras manos la espalda me envolvéis. Quebrad la fragilidad mía, dejad que por las lenguas nuestras los espasmos de los vientres se consuman; hacedme infinita palpando mis entrañas, y en el ahogo que de vos respiro, acallad con un beso mi quejido”, en ese instante mismo, sin importadme la situación, el trabajo o la simple contemplación matinal le tomaría por el brazo para conducidle a la habitación más próxima y entablar con nuestros cuerpos una charla que el deseo no pudiere acallar. Muy distinto sería si esa misma chica me dijere: “Estás rebuenota, vámonos a follar”, muy probablemente terminaría por abofetearle y abandonar el lugar en el cual me encontrare. Curioso, sí, porque en la intimidad y el fervor de la sexualidad las palabras “buenota, rica, coger, follar, mamar las tetas, chuparte el coño hasta que te corras” serían mis predilectas.

En el transcurso del día la he olvidado un poco. Como suele hacedle Marian ha lucido estupenda e inclusive ha expresado un par de halagos por mi atuendo. Escuchadle aduladme no ha incrementado en modo alguno mis esperanzas y expectativas, ella sigue prudentemente manteniéndose y manteniéndome a distancia, reafirmándome a mí misma que “el caso con Marian está perdido”. Dejé Microban por la tarde, en ésta ciudad el anochecer caer muy temprano y el invierno, hasta el momento, parece más un inicio de primavera en donde el fresco viento os permite dejar las chaquetas de lado. He pedido al taxista me deje en algún parque cercano al hotel para desde ahí poder caminar. Dentro de mi habitación no podría chupar el pitillo de hierba que me ha apetecido; en el parque tampoco debiere, su olor es característico y no creo pueda pasar desapercibida pero poco me importa, buscaré algún lugarcillo en donde pueda hacedlo pues en realidad me apetece, aunque verdaderamente preferiría el aliento de Dragón pero éste sería mucho más complicado preparadle. No es común que lleve dentro del bolso un pitillo de hierba junto a un par de anfetas, he de decididme por alguna de las dos, quizás en el trayecto me encuentre con algún barecillo en donde pueda hacedme de las anfetas a mi antojo.

Su imagen no ha dejado de rondarme, inclusive he temido que durante las mañanas en que Sveta se despierta y yo, aún adormilada y con la mente empañada, pudiere escapárseme el nombre de M provocando con ello una verdadera disputa y un sobresalto mayúsculo. Al menos en ésta semana no he de preocupadme por ello: la habitación del hotel suele estar poblada exclusivamente por mí y las mañanas son acogedoramente frescas por lo que, al despertar, puedo fantasear con la imagen del trasero de M adornado con el butt plug mientras camina por los pasillos de su oficina, los cuales desconozco si existan, o si acaso lo lleve inserto provocándole esa grata sensación de sentirse llena y penetrada mientras sus glúteos y muslos juguetean con el sextoy mientras camina.

La hierba me la he terminado en el parquecillo y en el camino hacia el hotel he encontrado un bar en donde he podido aspirar el aliento de dragón. Me he acomodado en una de las mesillas y sin duda el mesero se ha percatado, sin embargo creo poco le ha importado. No he de ser la primera, ni la última y mucho menos la única que se encuentra en mí estado. Sigo escribiendo en ésta libretilla que frente a mí he abierto y la cual garabateo con singularidad. El vodka le he dejado intacto y sorbo en su lugar el vaso con agua. Me cuesta acoplarme a mi realidad, las imágenes de M que en la mente permanecen se rehúsan a ser transformadas en líneas rectas y curvas que mis dedos no logran esclarecer en el papel; esta psicodelia exacerba el entorno y perturba mi mente follándole continuamente en un grato y placentero arrojo que, cual ufano dildo que a mi vulva arremete, retarda el orgasmo y se introduce hasta el estómago, incitándome en extremo a, sin importar el género, ser saciada por cualesquiera. No, no observo las características imágenes de cliché en donde los colores se tejen en una danza amorfa frente a mis ojos, ni tampoco percibo la ondulación de un ambiente extraterrenal. Nunca las he percibido y en realidad no sé si es solamente un cliché o si en efecto se producen. En mi caso no suele suceder, sencillamente los narcóticos me invaden lenta y paulatinamente produciéndome distintas realidades que disfruto en variadas formas. En ocasiones he llegado a sentirme extremadamente pesada al grado de no poder establecer una conexión entre el cerebro y los músculos de mi cuerpo que pudieren hacerme mover, mientras que en otras la euforia es tal que no consigo controlar mis propios impulsos más básicos, como ahora mismo empieza a sucederme, y es entonces cuando, posterior a mis consecuencias, puedo llegar a arrepentirme. En cualquier forma es claro que me agrada doparme, experimentar y sentirme extasiada de maneras diversas: sentir, lo que de forma tradicional no conseguiría sentir.

No pierdo la consciencia, mi realidad se convierte en mi otra realidad; como en los sueños cuando soñáis sin percataos que vuestro sueño se ha convertido en la realidad existencial que ha opacado y amedrentado esa otra que dejáis atrás y de la cual os habéis olvidado, perdiendo la consciencia de que existe, de que alguna vez fue la propia o ajena, preguntándoos en qué realidad existís, si en aquella que pretendéis al dormir, o en aquella que al soñar vivís. ¿Y en qué realidad existo yo, en las imágenes que con los psicotrópicos flagelo o en la que, con la abstinencia de ellos, a mí fustigan? Desvarío, cierto sea, mi claridad se enturbia con esta fragilidad que empieza a colmarme en la lentitud de mis respuestas que torpemente alargo, en la pereza de mi mano que traza sobre las hojas de la libretilla, en la euforia de la excitación que exalta mi intemperante y lujurioso  deseo, en el letargo de sentirme adormecida costándome la eternidad escribir las letras para formar palabras, oraciones y frases que desconozco que, al igual que mi propio estado físico y mental, pudieren existir.

Estoy cansada, hastiada sería la palabra adecuada. Cuando expresamos “Cansada”, por lo general nos referimos al estado físico y en mi caso este se encuentra sin síntoma alguno de fatiga. Sí, cierto, las anfetas “hacen su trabajo” y en realidad poco a mí importa si son las anfetas, la hierba o el vodka que nuevamente en mi mesilla me ha sido servido el que provoque éste estado de retardada somnolienta excitación. Cualquier emoción ahora hace de mi hastío un látigo placentero que inoportunamente me agobia en los patéticos sobresaltos paranoicos que hartan mi hastío. Si tan solo los “tan solo” no fueren el “tan solo” y dejaren que mi cuerpo vagare en el ambiente, mezclándose con el humo del tabaco que en éste bar de fumadores flota libremente por el ambiente, descendiendo negligente entre los rostros de quienes aquí nos encontramos, combinándome en esa pereza que fácilmente se pierde entre las bocas que exhalan el humo que a sus pulmones ha intoxicado, intoxicándome yo misma nuevamente para desplazar estas extremidades que me atan, que a mis sentidos aturden en la expectativa de encontrar a una chica o un chico con quien pasar la noche, lamiéndonos y follándonos mientras las horas, enjauladas en el tic tac de un reloj de pulsera que sobre la alfombra yace al del todo despojarnos, anémicas y pálidas transcurren en un sinfín de pujidos y lamentos concéntricos, dibujando con la obscuridad de la habitación círculos que a nuestras piernas aten, y sin designar los apellidos ni menos los nombres nuestros fugarnos con el monóxido de carbono que, de nuestras fosas nasales, en cada resoplo de excitación se exhala.

No me encuentro del todo lúcida ni deseo estarlo. Poco a mí importa si mañana he de cancelar la visita a Microban. Esta noche soy la sombra de la mujer que a mis pasos acompaña agazapada entre las tinieblas de una perniciosa pubertad que al vasillo del vodka en su borde se aferra. Observo las burbujillas que se producen cuando nuevamente se llena, las puedo identificar con perfección, inclusive podría designar a cada una con sus propios nombres: aquella que se encuentra más alejada, la que de mi huye le he bautizado cual Marian. Esta otra, que vehementemente hacia mí una y otra vez se acerca será Svetlana. M aquella que, sin unirse ni rehuir en la superficie flota. Ekatherina las burbujillas que en el fondo se formaron y súbitamente se han disipado, Petrushka las burbujillas que, al ingerir el licor, dentro del paladar mío en la lengua estallarán. De quien no recuerdo sus nombres, o acaso de quienes ni al menos sus nombres he conocido son todas estas burbujillas que en el vidrio del vasillo a su contorno se han adherido.

He perdido la noción del tiempo, la relatividad de ésta praxis en donde tiempo y espacio se ajusta a mis propios deseos me arrastra a observar, entre los aquí reunidos, en búsqueda de femeninos chicos o chicas caudales que pudieren endulzar las páginas prohibidas, y las cuales estén dispuestas a beber y follar de éste pecado natural, y sin seleccionar en particular a alguna, he de marchar con ella hacia la futilidad de una guerra.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: