Carta a un epitafio VIII

Despedidme de vos me ha sido fácil, mas dejaos en el olvido imposible me es. Creer que los reclamos e insultos en vuestra tumba permanecerían ha sido un error que he cometido, pues les sigo llevando en este cuerpo mío que tantas veces deseasteis ocultare. Mis secretos son tan sólo míos, y de aquellos a quienes la mentira he compartido sabrán que la verdad distinta es, ello ocultadle no más puedo, los labios que de ella he besado, más que calmar mi ansiedad le han acrecentado, dejando de ser vuestra princesa que, en un cuento de hadas, al príncipe en un letargo espera.

Lamento el habeos desilusionado, mis expectativas con vos no les he compartido, y ya veis, a las princesas sus rostros he besado a la espera de que mis labios por los suyos fueren al menos con un leve soplo acariciados. Me he sentido sola, negadlo no puedo, he crecido con vuestra ausencia, con vuestro desprecio que sobre la mesilla del comedor os afanabais proferir, maldiciendo lo que desconocíais por el ufano temor de no desear comprender lo comprensible y haciendo de mi propia realidad vuestra mentira. No existe retorno a nuestro hogar, nada en él me aguarda, vuestro recuerdo incrustado en mí he de llevarle y superadle no he podido: vuestra hija en princesa no se ha convertido. Profanando vuestra memoria en ésta tumba que visito maldecíos por ello no puedo, y es que me cuesta hacedlo, pues pagaos en igualdad de moneda a mí empobrece.

¿Sabéis? hoy con mi madre he charlado y por paradójico que nos pareciere con ella no he discutido, ambas, tras un cambuj al parecer nuestros rostros hemos ocultado evitando los temas que nos distanciaren. He evadido pronunciar su nombre para evitar que nuestros disfraces se evaporaren en las letras de a quien amo, y de su nombre que, en un sonido parco y burdo de una sutileza indescriptible que de entre mis labios se escurren, podrían esparcirse cautos hasta mi pecho, hiriéndome en la profundidad de éstos senos que enmarcan la feminidad y que, de ella, su propia feminidad amo. Vos, en vuestra tumba y entre los gusanos que os carcomen podrías fútilmente maldecirnos, zahiriéndonos con vuestras palabras que sordamente escuchamos, mintiéndonos ambas con la displicencia que ello pudiere en mí sembrar. Vos y yo sabemos que ello cierto no es, habéis de mi perdido la adolescencia y yo en ella os he extraviado: ¿Por qué no habéis podido a mí comprendedme? ¿Os ha sido acaso tan imposible quebrantar vuestra fe para a vuestra propia hija observar? Acalláis ahora cual entonces habéis acallado y quizás fuere mi cobardía quien nuestros silencios a nosotros atormentaren, ¿y a donde desde aquí hemos de ir: a vuestro infundado temor que a mí despreciare, o hacia la esperanza que, con su beso, en mí naciere?

A ella he amado, y al igual que vos en una tumba he sepultado. Cegada de pasión a ella en mis noches lloro y sin poder de ella sus labios besar a vos, padre mío vuestro recuerdo maldigo: no soy la princesa de un cuento de hadas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: