Una chica complicada

Me encuentro en el puerto aéreo y antes de partir dispongo de un par de horas. Será un viaje largo y he de realizar algunos transbordos para llegar al destino.

Me encanta observar los detalles de las personas que, inconscientes del capricho mío por escudriñarles, transitan por los pasillos mientras que otros tantos aguardamos sentados en los pequeños cafés que existen en las salas de espera: una niña corre en círculos concéntricos mientras su madre discute con un dependiente sobre los bocadillos que le han sido entregados y los cuales, al parecer, no fueron los que ordenare, mientras que un poquillo más allá, un hombre porta una bella gabardina pulcramente ajustada al cuerpo al tiempo que observa su móvil para teclear seguramente algún mensaje de negocios, pues no pareciere del tipo que puede dejarles encerrados dentro del despacho. Los comensales a mi lado charlan de intrascendencias, o al menos para mí lo son, pues poco me importa si su mascota estará bien con el veterinario o si dejaron encendida la iluminación de su casa. Algunas chicas igualmente pueblan la sala de espera, pocas, muy pocas son las que de falda vestimos, la gran mayoría llevan pantalón vaquero mientras que otras se enfundan en pantalones de diseñador y otras tantas en pantalones intemporales y comunes que podemos adquirir en cualquier tienda departamental. Los abrigos, bufandas, chaquetas, sweaters y demás implementos contra el frío clima es una constante, yo misma, enfundada en falda recta y medias obscuras no me he desprendido de la gabardina que me cubre casi por completo haciendo con ello me pregunté por qué decidí vestir de blusa y falda.

Esta semana me ha dado el tiempo para reflexionar y cuestionadme un sinfín de paradojas que me afano en adquirir para llevadles a cuestas. Soy una chica complicada, siempre lo he sido. La relación familiar que tengo es desastrosa: con mi madre charlo poco y veo mucho menos. Con mi padre, que en el infierno en paz descanse, nunca pude congeniar ni mucho menos sentir afinidad. Mi sacrosanta hermanastra, a quien no he visto, renunció a su santidad en aras de su propia salud mental a la cual yo no pude aspirar. A Svetlana le amo, mas no dejo de plantadle los cuernos en la primer oportunidad que se me presenta, inclusive ahora, mientras en éste portátil escribo, sutilmente he coqueteado con la chica que frente a mí se encuentra, mirándole de vez en vez para observar si ella a mis coqueteos responde. “Un beso querida… Chica de las imaginaciones” así se ha despedido un amigo, que venga a bien decir, se ha referido a los textos que de mí ha leído. ¿Y es que entonces mi vida no es más que la trama de una mala novela rosa? O acaso ¿tan difícil es separar la ficción de la realidad, y cuál es mi realidad que ahora vivo, la de la ficción, la de la rosa novela, o la de mi dudosa verdad? No he sabido a mí misma responderme, ayer mismo, mientras al teléfono con Svetlana charlaba saltó en la pantalla del portátil la ventanilla que me mostraba un:

 – “Ohhh” –

– ¿Ese Ohhh es bueno o malo? –

 – Buenísimo – respondió, iniciando así la conversación con “M”. Por un lado, en el auricular tenía mi realidad y en la pantalla y el teclado del portátil mi verdad: la novela rosa me ponía nuevamente en el escenario de uno de esos culebrones televisivos que no estaba dispuesta a dejar del lado de la intrascendente ficción.

La chica de enfrente es ahora quien de reojo me observa, devolviéndole la mirada para que, furtivamente y dejando de observadme, aparentemente se ensimisme en su teléfono móvil. No creo ser tan efectiva con mis coqueteos, y el poco tiempo que disponemos antes de embarcarnos haría que nuestro cortejo fútil fuere. Observé el reloj de pulsera y busqué entre las pantallas informativas el número de vuelo que debía abordar: se encontraba ya disponible y con el anuncillo de “Abordar en sala 23-F”, por lo que cerré el portátil y me dispuse a caminar por los largos pasillos. Antes de abandonar el cafecillo observé hacia donde mi “vecina” anteriormente había permanecido, comprobando que la silla se encontraba vacía, sinónimo inequívoco de su partida.

Apresuré mis pasos ajustándome la gabardina y buscando el ticket de abordaje entre sus bolsillos, no me agrada ponerle dentro del bolso de mano, cuando le he hecho, suelo hurgar demasiado dentro de él antes de encontradle, por lo que prefiero tenerle en algún lugar de fácil acceso. Al parecer, la mayoría de los pasajeros ya habían abordado, pues al llegar a la sala 23-F pude entregar el ticket casi de inmediato al empleado, cruzando el túnel que me condujo hacia la puerta del avión en donde las sobrecargos, invariablemente, os dan la bienvenida con una fingida sonrisa que bien pudieren ahorrarse. Busqué el asiento 15D que me había sido asignado y en el cual, a su costado se encontraba una chica que me observó de reojo y a la cual yo le devolví la mirada exclamando con vivacidad:

– Hola, soy Ericka. ¿Vos no os encontrabais en el cafecillo francés de la sala de espera? –

– Sí –respondió levantando la mirada- estaba frente a vos. Hola, soy Ekaterina, creo seremos compañeras de viaje. – Y sí, efectivamente lo seríamos, un viaje de cuatro horas y media en donde tendríamos el tiempo suficiente para saber si mi realidad es parte de una verdadera ficción en ese escenario en donde nuevamente la novela rosa me hacía protagonista.

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