M, de “Amante”

El viaje ha sido corto, sin mayores contratiempos. Por de mañana Sveta y yo nos hemos despedido en lo que es el inicio de nuestras vacaciones. Ella ha partido hacia casa de sus padres y yo he de alcanzadle este fin de semana. Debo visitar antes a un par de clientes que no me consumirá mayor tiempo que un par de horas en cada uno de ellos; mañana en esa empresa de alimentos y el jueves he de visitar nuevamente Microban Corporation, en donde seguramente he de poder ver a Marian antes de que termine éste período.

He dejado la habitación de hotel, no me apetecía permanecer en ella y he deambulado por las calles aledañas en donde he descubierto un cafecillo verdaderamente lindo y acogedor, no como los que hoy suelen abundar en donde la frialdad  del ambiente os permite permanecer por algunos minutos solamente. Éste os invita a pasar largas horas en sus mullidos sofás que se encuentran inmersos en una clara penumbra que rodea la caoba obscura de sus muros, abrazando a sus comensales de una cordial tranquilidad pocas veces experimentada. Creo hube sido demasiado evidente, los vaqueros y ésta camiseta roja de algodón delataron mi condición extranjera, la cual, la chica que me atiende no ha dejado pasar desapercibida con un claro: “Hola, bienvenida. ¿Primera vez en la ciudad?” a lo que he respondido igualmente con un claro “sí” y el cual se ha tornado en pequeñas charlas intrascendentes cada que ella se acerca a mi mesa ya sea para traedme un nuevo café, un pastelillo o bien, sencillamente para preguntadme si me apetece algo más mientras me reacomodo en éste sofá víctima de la incomodidad del metal que me circunda y que en ocasiones, por encima de la camiseta y procurando que nadie me observe, reacomodo con pequeñitos movimientos.

En el trayecto que me trajo a éste café pasé por los escaparates de varias boutiques, deteniéndome de vez en vez para observadles. En uno de ellos he notado un liguero con panty y medias que me ha parecido lindo: del ancho encaje elástico del liguero se desprenden cuatro ligas por lado, entrecruzándose un par de ellas en el exterior de los muslos para unirse en una sola, lo que le hace diferente y erótico, o al menos a mí así me ha parecido. Deseé compradle pero dejé de observar el escaparate y continué caminando, si le adquiriere no hubiere sabido para quién y cuándo le luciría; Sveta se encontraría ya en vuelo hacia nuestra tierra amada y conflictiva, “M” distante igualmente se encontraba y Marian jamás daría a mí la oportunidad de eróticamente modelárselo. Quedaba la opción de compradle por el placer mismo, pues convencida estoy que mi vanidad imperante es: lucir sensual me hace sentir sensual y ello me agrada en extremo. No era el caso, el liguero, las pantys y las medias eran demasiado lindas para que mi cuerpo no les mostrare a una amante que os observare con lujuriosa y ávida mirada.

Mis amantes no han sido muchas, pero tampoco pocas. Mi sexualidad quizás no sea convencional, ni mucho menos tradicional: podría definidle como un tanto “Avant-garde” inclinándose al lado que se desee, siempre y cuando ese lado deseado sea el que yo misma deseo, lo que ha ocasionado, en la gran mayoría de las ocasiones, esta maldita y puta dualidad de amantes que se conjugan en un mismo tiempo. Muchas son las veces que me he preguntado a mí misma por qué he conocido a tal chica mientras mantengo una relación con cualquier otra, y la respuesta sigue siendo la misma: “O soy una piche calenturienta” o sencillamente me encuentro dispuesta a que así sea, sin querer encerradme en una relación que me enfrasque dentro de una botella que con un corcho se pueda tapar.

Con Andrea no sucedió así, antes que con la muerte charlare y durante el tiempo que duró nuestra relación puedo decir le fui fiel dejando de lado a cualquier amante femenina, o en ocasiones masculino, que hubiere podido a mí interesar. Y no es que las amantes se atraviesen en el camino, o que sean ellas quienes se os interpongan, creo ello muy falso es: si no lo deseáis sencillamente no sucede, al igual que si no lo buscáis no podréis encontradle. Cuando una chica se convierte en vuestra amante es por la sencillez de que ambas lo desean, lo han buscado y lo han encontrado, de otra forma creo imposible sería. Muy cierto es que alguien os pudiese atraer, alguna espectacularmente “buenona” o sensualmente delicada, pero ello muy alejado está de que pueda convertirse en una amante si es que no lo deseáis.

M, puedo decir ahora, es una amante secreta que enturbia mis pensamientos y que en éstos últimos días ha dictado mis tendencias más eróticos, obscenas y sexualmente perversas, agradándome en realidad así sea, pues esa serie de sentimientos, entremezclados con la intriga que ambas nos despertamos, habían venido estando adormecidos, siendo M quien les ha despertado de ese letargo en el que creía habían caído, y no es que Sveta no les despierte, ella le hace en forma y manera distinta. A Sveta le amo en la forma y manera que es, no podría amarle por lo que deseo yo que fuere, ni por aquello que idealizar pudiere; le amo con sus restricciones y sus libertades, con su idiosincrasia y condición misma. Hacer, o al menos pedirle que otra fuere haría, de facto, dejare de amadle y no es mi intención ni mi deseo que ello suceda. Podría decir quizás que siempre existe un “pero”, mas ello no es así, y no es por una fútil idealización en donde la perfección ronda a lo largo de nuestra relación; como todas tenemos nuestras diferencias, nuestros momentos amargos y nuestros inconvenientes. Sveta me conoce y sabe de mi pasado, al igual que yo le conozco y de su pasado conozco, ambas le hemos sabido aceptar y no solamente comprender o entender. Sveta entiende a la perfección mi facilidad por hacer de cualquier corona un par de “crestas muy bien puestas” y no es que ella pudiere por ello perdonadme, de lo cual segura estoy sucedería, sino que más que el perdón que no subsana heridas, Sveta lo acepta como parte de mi personal condición y ello, ello a mí aterra. ¿Por qué entonces una amante a la que no puedo acariciar más que a distancia?
Quizás por ello mismo, que a diferencia de Marian a quien desearía en mi amante se convirtiere y a quien no podría aceptar como tal, M me permite sentir y disfrutar de esa furtiva y feroz amante desinhibida.

El fin de semana he de emprender el viaje de varias horas que con Sveta y su familia me reúnan, serán quince días en donde el cambio horario y la distancia me alejen aún más de M y quizás pocas sean las ocasiones que tengamos de charlar. Sé que cada una de nosotras inmiscuidas en lo propio estaremos, y esos días he de extrañadle, de ello duda en mí no cabe.

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