M, de “mmm”

Me he ido de compras, he dejado la oficina de Microban Corporation temprano el día de hoy, no me ha apetecido seguir en ese sinfín de reuniones y charlas absurdas que no conducen a ninguna asignatura concisa. Les he dejado para que decidan las políticas que habremos de seguir en el desarrollo del proyecto que ya debiéremos haber iniciado. De no ser por Marian, que tanto me atrae, hubiere evitado de cualquier manera el emprender el viaje.

Me ha venido a la mente nuevamente. El observar su fotografía de perfil ha despertado en mí el deseo lujurioso de tenerle recostada entre mis piernas mientras ambas yaciéremos en esta habitación del hotel. Creo es la primera vez que le observo con espejuelos y he de mencionar que, muy en contra de lo habitual, los espejuelos le sientan en realidad de maravilla, enmarcando su redonda faz en un ambiente de sensualidad que combina perfectamente con el escote de su vestido que deja observar el nacimiento de sus senos. Mirad que me he sentido atraída sencillamente por una fotografía, lo cual no suele suceder, sin embargo, sabiendo que le conozco y que con ella he charlado en un sinnúmero de ocasiones hace de esa fotografía algo mucho más real que un simple fetiche, pues en contraposición de aquellas fotos de bellos rostros que nos son impersonales por el desconocimiento de la persona misma, su fotografía me era familiar, por llamarle de manera alguna. Cierto, Marian Arapovic también real le era, al igual que atractiva, sensual, gallarda, y cualesquier otro adjetivo calificativo que deseare prenderle. No he de negar me gustare y atrajere, evidente es mi nerviosismo en cada ocasión que con ella me encuentro para poder decir que Marian es una simple chica más, sin embargo convencida estoy que la posible interacción sexual con Marian muy poco probable es, y no por el hecho de que vea mis expectativas infundadas, pues siendo realista ambas concordamos en más de un solo aspecto, pudiendo afirmar que hemos entablado una especie de amistad nada ortodoxa, pues aun cuando nos hemos confesado un par de intimidades ella desconoce de mis preferencias sexuales, y no me refiero precisamente al deseo eufórico de llevadle a la cama, sino al de mi orientación sexual. Marian es una chica fervientemente católica mientras que yo soy una mala musulmana. Ella concuerda con sus padres mientras que yo les llevo en el punto más recóndito de mi bolso de mano. Marian suele referirse al sexo de forma ordenada y cautelosa, y yo, yo suelo hacedle de la forma más cotidiana y libertina posible. Ella, segura estoy, es del tipo de chica que jamás podría “poner el cuerno” y yo, por el contrario, se me facilita hacer de las crestas la corona de cualesquier pareja, lo cual desconocido a ellas tampoco les ha sido. Somos enteramente dispares y ello a mí poco importa, pues su atractivo es tal que pudiere perdonarle cualquier tipo de defectillo, claro, dependiendo del punto de vista del defectillo a que hacemos referencia, pues si hablamos de dogma, fidelidad, abstinencia y familiaridad, todos ellos para mí podrían ser parte de esos “defectillos” que hubiere de aceptadles mientras en la cama, o en algún sofá, o sobre el piso de cualquier lugar estuviéremos,… vale, también aprisionándole sobre alguna pared es igualmente válido y sensual.

Es curioso, ahora que en ello recapacito, como ambas chicas inician sus nombres con “M”, esa letra que pudiere simbolizar el gozo mismo en un largo y gemido “mmm” que se escapa de entre los labios mientras se disfruta de las caricias atónitas y dispares que os recorren; o bien, esa misma letra “M” que se expresa en ese mismo y largo “mmm” de tonicidad perpleja cuando a una misma se le deja en la más abrupta y total vacilación de la indiferencia. Sin duda la dicotomía siempre presente se encuentra, y me es en extremo difícil apartadme de dicha dualidad, pues siempre en mí, en forma alguna ha estado, y he de confesaos llega ya a fastidiadme.

Marlene me atrae, sí, le confieso como tantas veces le he confesado. Es una chica singularmente opuesta a mis féminas preferencias: su piel no contiene la tintura pálidamente blancuzca que despierta en mí el lívido extremo, tampoco su cabellera es rubia o pelirroja en la que sabría perder mi consciencia entre su remanso. Sus ojos no son aquellos en los que me permitiría claramente reflejarme, ni sus labios son carnosamente apetecible, sin embargo, con su tintura podría tatuar cada poro de mi piel y en sus largos cabellos lograría enredar mis castañas pasiones. En sus ojos sabría permanecer ceñida ciegamente cuando sus dóciles labios dibujaren esa rijosa sonrisa en el recorrido que sobre mis muslos hicieren, y de sus senos, que el escote deja entrever, podría, sin duda alguna, saciar mis húmedos apetitos que en la vagina me inundan.

A Marian le observo con cierta cotidianidad, con ella puedo charlar en voz viva y dejar que en mis oídos se entremezcle con la fluidez de su tono sutilmente agudo. Marlene nunca frente a mí ha estado y solamente le escucho en las palabras escritas que, al leedles, por la vista mi cuerpo acarician. Marian es recatada y Marlene desinhibida, con Marian puedo rozar sus manos y con Marlene solamente mimar sus susurros. Me basta tan sólo una corta distancia para con Marian estar, mientras que con Marlene tendría que cruzar el sempiterno mismo, sin embargo, con Marlene puedo perder el remanso de mis ojos que con Marian jamás podría.

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