Codicias y derrotas (inconcluso)

No sé cuántas sean las veces que, de madrugada, desde esta silla en la cama os he admirado. Desconozco si pocas o muchas han sido, más en ellas algo nuevo descubro, sea en vuestro cuerpo que desnudo observo, o sea en la tranquilidad que por el aliento exhaláis. Lo cierto es que estas madrugadas podría prolongar haciéndoles evos infinitos mismos, perdiéndome en los pliegues de vuestro cuerpo que, amorfo, yace en el descanso exhausto de la lid tórrida que en nuestros cuerpos combatieren, convirtiéndonos en asiduas huestes por la otra codiciada, por la otra deseada, por la otra conquistada, por la otra derrotada.

Y en ésta silla vuestro contorno pierdo, mis manos de caricias cansadas en el calor de vuestra piel inertes yacen, desfallecientes ellas caminar vuestros senderos no consiguen, y exhausta mi boca arar vuestro vientre y pechos no más puede, pues mis muslos, que junto a los vuestros reposar debieren, obvian las heridas que a nuestros cuellos las lenguas hincaren.

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