Snezhana Dubrovskaya

En el transcurso de este año inicié con un nuevo texto al que titulé “Al caer el atardecer”. La idea original es que sería un texto independiente alejado de las colaboraciones que suelo realizar en diferentes medios electrónicos e impresos, sin embargo, con el transcurso del tiempo este texto se ha hecho extenso, convirtiéndose en una nueva novela a la que aún le resta algunos capítulos más.
Al caer el atardecer se desarrolla en tres tiempos y contextos distintos. La protagonista, en sus últimos momentos de existencia, relata a un psicoanalista su vida haciendo del relato una mezcla de recuerdos y vivencias actuales, lo que produce que el mismo se desarrolle de forma disímil. De igual forma, y mientras el relato se desarrolla, se entremezcla el testimonio de juventud que compartiere con su pareja, intercalando los apartados de los capítulos en dos narraciones que podrían no estar correlacionadas; sin embargo, todas las crónicas tienen un hilo en común, pues narran una misma historia caracterizada por la devoción hacia el sadomasoquismo transexual y las tribulaciones y satisfacciones que de ésta obtenía.
A sabiendas que es en primera escritura, y a la cual aún le falta pasar por un proceso correctivo, he deseado aquí transcribir el capítulo número X, el cual consiente estoy es extenso para ser leído en un medio electrónico como este.

Capítulo X
“Snezhana Dubrovskova”

¡Miradme! de erguidos pezones, los senos míos amamantar la boca vuestra satisfacer desearen, y de leche falta, infértil de lactancia mi vientre no fuere. De vuestra vista hastiadme, recorriendo el cuerpo mío de caricias miles que al tacto ciego las mudas palabras nuestras siluetas en sus contornos desciendan, palpando lo ingrávido de ésta salacidad que por vos mi sexo demora…
 “Nuestros cuerpos y tormentos”

I

– Aquel verano deseaba pasadle cauta y serena. El tratamiento hormonal que desde tiempo atrás seguía había producido en mí los cambios suficientes para despreocupadme de mi propia fisonomía. Asistiría de vez en vez a las sesiones que Dasha convocare, pues el no hacedle seguramente a mí inquietaría, y no únicamente porque ella mi Ama fuere, sino porque consiente estaba que de no hacedle satisfecha no podría encontradme. Pero aquel verano cauto y sereno no le fue. En la primer sesión que Dasha convocó, recién iniciado el verano y recién iniciado el término de las clases universitarias, Dasha a Snezhana me cedió para que fuere ella quien mi educación sumisa continuare. Sin permitidme al menos regresar a mi apartamento para preparar maletas y llevar conmigo algunas de mis pertenecías más personales, Snezhana me colocó al cuello el collar de aprendiz, desnudando mi cuerpo ante la mirada de quienes en la sesión se encontraban. Ordenándome que de pie permaneciere, introdujo sus dedos por mi ano, produciéndome ese ardor gozoso de sentidles dentro mío sin la lubricación previa que hubiere hecho de la penetración y el “fisting” placentero, sin embargo de ello también gocé; sabedme a un Ama extraña cedida y sintiéndome por ella ultrajada satisfizo cualesquier tipo de expectativa que de esa sesión hubiere con anterioridad podido imaginar…

– Nunca te creí del todo, siempre pensé que buena parte de lo que me contabas era producto de tu buena y sensual imaginación.

– Lo sé –respondí pidiéndole me encendiere otro cigarrillo- ¿Qué os ha hecho cambiar de percepción?

– Tú misma. Lo has hecho tu misma. Verte con la vehemencia en tus palabras y,… y observarte mientras lo relatas ha terminado por convencerme.

 – Ese día de verano ya no fui utilizada. Después que Snezhana me sodomizare, permanecí el resto de la tarde arrodillada a un lado de su asiento: impávida, con los antebrazos extendidos a los costados y las manos abiertas hacia arriba. Hube de permanecer con la mirada fija en el piso mientras ella sujetaba la cadenilla que del collar mío se desprendía, Snezhana era ahora mi Ama, no por providencia mía, sino por designio de Dasha y suficiente para mí debía, y lo era, el deseo que mi dueña había para mí seleccionado. A ambas respeto y obediencia debía, entrega absoluta de mí se esperaba y era lo que dispuesta yo estaba a otorgadles.

– ¿Pero no es que querías tener un verano tranquila? ¿Cómo es que pudiste aceptar, sin reclamo alguno, lo que ellas querían? Me refiero a…

– Os referís a lo que yo quería –interrumpí arrebatadamente- Como sumisa, la voluntad mía cabida no tenía, ellas dueñas de mi voluntad eran y yo así le aceptaba, y quizás también así lo deseaba. Comprended, Un Ama en esclava de su sumisa se convierte, pues aun cuando dueña de su voluntad es, ésta de sentido carece si la sumisa misma así lo deseare. El increpar la decisión que os imponen esperado pudiere ser. Implícitamente, en ocasiones diversas, sensual y erótico es, inclusive perversamente lujurioso, pues ello retroalimenta el sadismo y masoquismo que cada rol desempeña. Pero igualmente la obediencia en ocasiones trascendental es y ésta era una de ellas. Aun cuando explícitamente no lo expresare, Dasha la obediencia mía esa tarde esperaba,… la sesión había sido prepara específicamente para ello, para que a Snezhana me cediere. Por ello se encontraba ahí el resto; sus invitados, tanto féminas y varones, Amas y Amos con sus sumisas y sumisos serían testigos que ella, Dasha, me poseía en cuerpo y voluntad, pudiendo hacer de mí lo que deseare. Haber increpado significaría la falta de dominio que ella sobre mí pudiere tener, proscribiéndome así de su potestad, y por ende, de cualquier otro tipo de relación Ama-sumisa. Habedle hecho hubiere significado el destierro y yo, dispuesta no estaba a ser excluida de ese círculo íntimo y social… Sería su objeto, su sádico placer y desde el instante mismo en que Snezhana en mí el collar de aprendiz colocare así le comprendí. Desconocía, sí, la complicidad que ello significaba, desconociendo también si azotada por interminables horas sería, o si complacida en mis sumisos designios fuere. Desconocía la capacidad que esa mujer de amplio pelo rojizo y rizado como Ama de mi designio tuviere, mas no debía a mí importadme, suficiente para mí sus propósitos debían ser y así lo fueron… Frente a Dasha y sus invitados Snezhana ajustó a mis hombros un bello arnés de cintillas de cuero rojo y herrería plateada, descendiendo las pequeñas y delgadas cintillas en amplios y estrechos triángulos que rodearon mis senos para, por debajo de ellos, descorredles a mi espalda para sujetadles con una amplia horquilla metálica de donde nuevamente se desprendían nuevas cintillas que ajustó por mi abdomen rodeando la cintura toda y, posteriormente, bordear mis glúteos por la parte superior para introducídmelas entre ellos hacia la entrepierna. Snezhana detuvo la tensión del ajuste exactamente en el ano en donde unió las cintillas en una sola, abrochándoles a un butt plug de donde se desprendía una larga y abultada cola de crines equinas, y sin perder la tensión del arnés que a mi cuerpo circundaba, empujó el butt plug que distendió los músculos anales, provocándome esa sensación de hiriente gozo que se engendra por ser penetrada lenta y profundamente, sintiendo que sois dilatada en la tensión de un ano que, infructuosa e involuntariamente, declina el placer de una holgura que os atraviesa e irgue la columna. Sin perder la tensión que sobre el arnés mantenía, subió el par de cintillas para que bordearen mi pelvis, sujetándoles nuevamente con horquillas metálicas a la cintilla que a mi cintura ya recorría. Mi ano expulsar el butt plug deseaba, a lo que yo me resistía, pues muy aparte de la penetración y el observar la cola que de él se desprendía, un mórbido placer me producía. En cualquier caso, aun cuando deseare expulsadle imposibilitada de ello me encontraba, pues las cintillas de cuero que sobre mi ano corrían profundamente inserto a él le mantenían. Snezhana se posó cercanamente frente a mí, pudiendo sentir ambas el tibio aire que por nuestra nariz exhalábamos. Impulsivamente pudiere habedle besado, introduciendo mi lengua en su boca para deleitadme de la suya y, entrelazándoles, paladear nuestros sabores. Hube de contenedme, habedle besado sin su consentimiento hubiere significado un acto de indisciplina y una mayúscula afrenta que mereciere un estricto castigo correctivo; yo no lo deseaba, quería ser digna sumisa de Dasha, mostrando ante todos que el entrenamiento que ella en mí había ejercido había sido el correcto, disciplinándome estrictamente en el arte de la sumisión. Snezhana descendió sus manos por entre mis caderas para sujetar mis muslos y acariciarlos en repetidas ocasiones mirándome fijamente mientras lo hacía, y cuando satisfecha de mi reacción hubo estado, levantó una de mis piernas para que fuere Dasha quien en ella descorriere la media que de carmesí le maquilló, ajustando la liga al muslo con un delicado cordel plateado que enlazó con un pequeño moño. El pequeño cordel ligaba mi piel, incrustándoseme en la carne y produciéndome un pequeño malestar que igualmente acepté y disfruté. Al terminar Dasha, Snezhana y ella hicieron lo mismo con la otra pierna para posteriormente calzadme las zapatillas que elevaron mi poca estatura considerablemente. Las zapatillas de alto tacón extrañas ya no me eran pues había adquirido la habilidad de portarles y caminar con ellas. Si bien las que regularmente calzaba no eran tan altas en su tacón como las que esa noche Dasha seleccionare, ellas habían dado a mí la habilidad de sentidme “cómoda” al portadles. Dasha se acercó a nosotras llevando consigo una brida que Snezhana tomó con ambas manos para colocadme el cabezal introduciéndole entre mis labios y dientes. Saboreando el el metálico bocado ajustó la brida completa y sus hebillas en la nuca mía para que quedare firmemente a mi rostro y cabeza sujeta. Sobre mi frente colocó unas delicadas cadenillas en las cuales se encontraban insertas algunas perlas, adornando así la faz de la Pony Girl en la que me había convertido. Con un ademán de su mano me ordenó girar el rostro para insertar en los lóbulos de mis oídos los largos pendientes de perlas y zafiros que completaron mi decorado. El bocado involuntariamente me hizo salivar, escurriéndoseme la saliva por entre los labios que Snezhana limpió con su lengua mientras cubría mi cuerpo semidesnudo con una capa de seda transparente que escurría del cuello a los tobillos adquiriendo la tela la morfología de mis concupiscentes voluptuosidades. Enganchó después las riendas a la brida y quitó la cadenilla que hasta entonces pendía del collar que ella misma me había colocado, entregándosela a Dasha quien entre sus manos la recibió. Tirando de las riendas Snezhana me condujo por entre los invitados, deteniéndose precariamente frente a cada uno de ellos para que pudieren de mí deleitarse, de mí envidiadme, o quizás de mi satisfactoria y lujuriosa humillación compadecerse. Fatua y satisfecha yo me encontraba, orgullosa de mi sodomía, jactanciosa de mi sumisión, arrogantemente engreída del placer físico y moral que convertidme en Pony Girl me producía, soberbiamente ataviada y decorada, guiada por las manos de mi nueva Ama a la cual había sido cedida, a la cual ahora pertenecía. Minutos después, esa misma noche, fui plácidamente azotada, partiendo de casa de Dasha cuando Snezhana de mí con su boca se satisfizo.

II

– No lo sé –respondí sin dejar de observar el camino- Me gusta lo que veo en el espejo después de duchadme,… en ocasiones, yo misma me toco la tetas y juego con ellas; las redondeo y las estrujo un poquillo para observar cómo se amoldan,… ¿Sabéis Sveta? La primera vez que sentí realmente su peso fue hasta que les tuve entre las manos y las balanceé por un momentico,… y me gustó.

– ¿Te gustó tocarte tus propias tetas? ¡Pero que guarra eres! –respondió entre sonrisas y asombro- si al menos fueran las mías, o deja tú, las de otra chica pues…

– No seáis tonta –respondí girando el volante de conducción para tomar la callecilla que nos conducía directamente a casa- sabéis perfecto a lo qué me refiero. Para vos, sentidles y vedles crecer fue esperado pero no para mí. Venga, que cuando los botones me brotaron hube de escondedles de mi madre, y vos sabéis las penurias que hube pasado por hacedle.

– Ni me lo recuerdes. Ese día que me quedé a dormir en tu casa y me las enseñaste pensé que ya te estabas hormonando.

– ¿De verdad lo habéis pensado? Venga Sveta, que no estaban tan grandes.

– Eso es lo que tú crees. Yo te las vi enormes –pronunció “enormes” con ese tonillo característico suyo cuando deseaba sobresaltar alguna palabra, gesticulando con las manos desde el asiento opuesto del automóvil- A lo mejor no eran tan grandes, pero si estaban ya bastante definiditas, no tanto como las mías, claro –sonrió burlonamente- Pero cuando un chico te dice que te va a enseñar sus tetas lo que menos piensas es que realmente tenga tetas… Yo te las vi enormes.

– Bueno chica, pues me halagáis –respondí riendo con espontaneidad- y mirad que ese día no os enseñé “aquello” –bajé la vista a mi entrepierna mientras se lo comentaba- que de habedlo hecho hubiereis llorado –ambas reímos-

– Tetas grandes, polla chica y culito redondeado. No, si de verdad que eras el perfecto ejemplo de masculinidad adolecente –ambas reímos con mayor fuerza-

– Callad, callad… -respondí con dificultad víctima de las ahora carcajadas que ambas seguíamos profiriendo- que mirad vos, envidia de mí os he dao entonces.

– No, pues ni lo niego –respondió riendo mientras en su bolso de mano hurgaba para sacar de él un pitillo de hierba que encendió para darle una bocanada profunda. Mientras contenía el humo en su interior alargó la mano para ofrecédmelo. Yo le tomé y aspiré igualmente profundo- siempre he envidiado ese culito que tienes, y vale, que si hubiera tenido tu pollita, aunque fuera así de chiquitica –extendió su pulgar e índice para enmarcar el tamaño-

– ¡Así era! –arrebaté en una explosión de risa- ¡y así siguió siendo!

– Pero se te paraba. Chiquitica, pero se paraba –la risas y carcajadas eran ya estruendosas y a mí se me dificultaba el conducir en esa condición- Con tu culito, mis tetas y la mini polla, ¡ains! Créeme, maravillas habría hecho con las chicas.

– Na, que cuando os pidieren que se la metiereis vos diríais ¡Chica, pero si llevo media hora dentro! Y vale, ellas con una cara de ¿”What”?

– Pues vale, cunnilingus y deditos veloces entonces –respondió mientras deslizaba su mano por debajo de mi trasero y yo hube de detener el automóvil para poder seguir riendo mientras me arremolinaba en el asiento por las cosquillas que sus dedos inquietos me producían- que mira, sabes bien lo efectiva y buena que soy con ellos.

– ¡Sveta, chica, que haréis un accidente tengamos! –increpé mientras le retiraba la mano de mi trasero y retomaba la conducción.

– Nunca deseaste ser un chico. Desde que te conozco siempre te costó el tenerlo que aparentar –comentó con un poco de mayor seriedad.

– No tenía por qué deseadlo. Nunca lo fui y nunca lo seré –respondí fijando la vista en el camino- venga, que hasta mi cuerpo se negó a sedlo. Tú más que nadie lo sabe.

– Sí, lo sé, y es por eso que nunca entendí por qué te costó tanto salir del closet. Buscaste miles de pretextos, inclusive cuando empezaste el tratamiento hormonal. Eras ya toda una mujer y seguías disfrazándote de ese chico rebelde, ajustándote a su concepto de masculinidad falso que nadie te creía.

– Debía hacedlo, otra alternativa no tenía.

III

– La verdadera tortura proviene de la inexistencia de ésta, cuando no podéis realizar esos actos que internamente os consumen, carcomiéndoos en el interior físico y mental, ideando e imaginando nuevas formas de ser sometida sin que lleguen a consumarse, inclusive, a sabiendas que éstas no podrán siquiera en realidad convertirse. Esa,… esa es la real tortura, la que os duele e impacienta, la que la mente enloquece, la que en el cuerpo os hiere y no aquella que a la piel marca, desagarrando la inmundicia por aquellos ciegos proclamada, pues de su corta vista adquieren el prejuicio que solamente frente a ellos se postra.

– La inmundicia del prejuicio –parafraseó- ¿Acaso estás tan convencida que puedes atreverte a afirmar que todo se basa en un falso prejuicio?

– ¿Y vos, afirmar podéis que erro al hacedle? –respondí- Que ésta silla postrada me tenga y que de la carne en mi cuerpo falta la muerte pronta a mí anuncie no signifique más acallar nunca lo que convencida he vivido. No por gritar el ahogo que subyugada me mantuvo fuere el Leviatán quien mis actos dictare. Ciegos somos y de vista faltos seguiremos, inevitable ello es, más no por inevitable signifique que la ceguera la realidad desvanezca. No basta tan solo con los ojos cerrar, o acaso quizás con la vista voltear; hacedlo no hará que la realidad en una falacia se convierta. Ella existe independientemente de si  deseáis observadle o preferís en la infamia prevalecer… Miradme ahora, consumida en ésta silla, de voz y deseos falta, aguardando perene que mi cuerpo se extinga, más vos sabéis con anterioridad así no ha sido. Si pecado a Allah confesar debo fuere éste que continuar no más puedo, y sí, insatisfecha me encuentro, declarar a mi padre en su tumba a mí ha faltado, despotricar en su lápida las coyunturas de una infanta que por su adolescencia la prohibición sufriere, exclusión que a mi cuerpo y mente torturaren, que a mis senos estériles hicieren, que en mi seno infértil sus prejuicios sembrare, proscribiéndome del placer gentil de una comprensión sin pedir la aceptación ¿Y en qué ha valido ahora acaso su desprecio que no fuere más que el mío propio que a su memoria manifiesto?… Acallamos, simplemente acallamos y mudas prevalecemos, de voz falta que en gargantas nuestras las cuerdas de la horca en el cuello anudan, a la espera del verdugo desprecio que de ellas tiren… ¿Censuráis acaso a la infanta circunspecta que en su sensualidad a vos os envuelve? ¿Podréis siquiera la vista de los senos firmes y adustos de su temprana pubertad la vista apartar, de sus muslos incautos, juveniles y estables que a Venus entre ellos atrapan el deseo proscribir? Dudo hacedlo podríais, y no fuere por su sensual juventud temprana que el tabú a vos asaltare. Sin menospreciar acaso la belleza misma vuestra vista segura estoy apartareis. Qué importancia tuviere si en sus quince estuviere, o si los dieciocho sobrepasare, la atracción misma fuere, inevitable ello es, quien así lo niegue la ceguera le envuelve y anti natura no sea, pues el concepto tan sólo en el tabú reside. Vos lo sabéis, aunque cuita reconocedle os cueste, y aunque pedófila de mi tildar podéis, negar que la atracción y el deseo existe cegadle sería.

– Atracción, más no deseo, los dos son muy distantes.

– Sí, con vos concuerdo, ¿y entonces porqué de las fantasías de chicas adultas que en colegialas disfrazan? Le sé, explicaciones miles tendréis, mas el ímpetu de la sexual aducida en todas ellas imperaría y el concepto prevalecería… No, no es mi mente malsana que insatisfecha se encuentra, ella mucho el deseo ha satisfecho… Por Allah, del Dragón su aliento ahora en sus vapores perdedme deseare.

IV

– La sigues recordando –comentó dejando las llaves del departamento sobre la mesilla que en el living se encontraba.

– Venga Sveta, no me pidáis olvide lo que imposible me es –respondí mientras me dejaba caer en uno de los sofás.

V

– Snezhana, como muchas otras Amas, mantenía un chalet apartado de la ciudad. En él podíamos plácidamente desarrollar nuestros roles sin los inconvenientes que un departamento o una casa urbana pudiere proporcionadnos. Regularmente se encontraban distantes, apartadas de la ciudad o de cualquier vecino cercano, inmersas en el campo para obtener la privacidad absoluta que necesaria nos era. Snezhana aparcó la Van que había conducido por casi dos horas, cesando el vaivén que había sentido presuponiendo que habíamos transitado por alguna vereda, nada fuera de lo común, pues rara vez los caminos asfaltados hasta las fincas de campo se encontraban…

– ¿Presuponías? –preguntó interrumpiéndome- ¿Cómo que presuponías? ¿No ibas en el mismo auto que ella?

– Sí, pero era una Van. En la parte trasera de las Van’s ponéis la mercancía y yo era una de ellas. Desde esa parte no podéis observar; no tiene ventanillas,… viajé cual Pony Girl que, en casa de Dasha, había sido caracterizada y cual Pony debía ser manipulada, lo cual, de manifiesto quedó cuando Snezhana abrió la portezuela trasera para hacedme descender. La noche entrada se encontraba, quizás fueren las dos o tres de la madrugada; desconocía el tiempo y poco debía a mí importadme. Snezhana me ayudó a descender, pues tenía yo las manos atadas por la espalda, lo que impedía pudiere asidme de algún lugar para mantener el equilibrio. Al bajar sentí el frígido fresco matinal sobre mi piel desnuda mientras observaba entre las penumbras la puertecilla de hierro forjado que daba acceso a la única entrada de la verja que rodeaba la propiedad y que impedía continuar por la senda por la que habíamos transitado, extendiéndose ésta un centenar de metros para desembocar en el chalet de dos plantas en donde algunas de las ventanas de la parte inferior se mantenían iluminadas. Snezhana me condujo entonces con dificultad hacia la puertecilla de hierro ya que las zapatillas me impedían desplazadme cómodamente sobre la irregular terracería, dejándome ahí por unos instantes mientras ella regresaba a la Van. En esos apenas segundos que permanecí sola en la penumbra me percaté que el fresco vientecillo laceraba mi cuerpo haciendo que el pelo y la cola que del ano se desprendía flotaren en interminables ondas caprichosas. Hasta ese entonces me percaté plenamente de la veracidad de mi caracterización, pudiéndole disfrutar y de ella plenamente gozar. Estaba ahí, cual Pony Girl en un sendero de campo, aguardando en el exterior por mi Ama a la vista de cualquier voyerista observador, desprotegida de la privacidad que el interior de una sala o habitación me pudieren otorgar. Para mí, esa era la primera vez que en el exterior era expuesta como sumisa, agradándome el sentimiento que me produjo, excitándome no solamente sentimental, sino inclusive sexualmente, pudiendo haber permanecido en ése catártico éxtasis por horas indefinidas a la espera de que algunos impúdicos ojos, ajenos y a nosotras externos, pudieren observadme en la magnificencia de la personificación de ésta sumisa que por vez primera expuesta a los externos era, flagelada con el frío matinal que a mi piel y pezones erizaban, enmarañada con mi propio pelaje que a la cara y muslos se comprimían, bordeada por el arnés de tirillas de cuero rojo que a mi carne se empotraba, destellando en pequeñísimas luciérnagas la sedosidad de las medias que a mis piernas maquillaban mientras me acariciaban en toda la longitud de las pantorrillas para asirse obstinadas en las rodillas y ascender por los muslos para coronarse por debajo de la entrepierna con las cintillas plateadas que a la piel, en un bello anudado, oprimieren, salivando por el bocado que a mis labios acallaban, con la frente adornada por el tocado de perlas que, inquietos por el movimiento de la cabeza, entre mi frente danzaren, al igual que lo hicieren los pendientes que a los lóbulos de las orejas traspasaban, rozando y golpeteando mi cuello, destellando al igual que las medias en pequeños fulgores que a la obscuridad su opaca pulcritud rompían. No podía a mí misma a la distancia observadme, más imaginadme conseguía; soberbia y altiva, de mi insolente lujuria petulante, engreída y arrogante, satisfecha de mi absoluta posición sumisa. Snezhana rompió el instante mismo cuando a mí se acercó llevando entre sus manos un Cinturete con botonadura Busk al frente y cintillas en la parte posterior. Rodeando mi abdomen y cintura le colocó por encima del arnés que portaba, cerrando la botonadura frontal ciñéndole desde la parte baja de los senos al nacimiento de las caderas para posteriormente ir tirando de las cintillas que me oprimieron el abdomen, la cintura y las costillas, haciendo igualmente que las varillas del Cinturete conformaren al satín en la curvatura estrecha que mi cuerpo adquiría, haciéndoseme difícil la respiración al sentidme estrechada en un hermoso armazón que impedía casi cualquier movimiento que mi abdomen pudiere tener. Ella tomó las riendas que de la brida se desprendían y me condujo a través de la puertecilla de hierro forjado que abrió con delicadeza, caminando ambas los metros que debíamos recorrer por el sendero antes de llegar a la entrada del chalet. 

VI

– ¿Cuándo te va a ser posible olvidar?

– No lo sé Sveta, además, no sé por qué lo preguntáis si tema de conversación mayor entre nosotras no ha sido.

– Por eso, por eso mismo, porque lo sigues acallando como has acallado en toda tu vida. ¿Pero no te das cuenta que te está consumiendo internamente? Ya no eres la misma, y no tendrías por qué serlo. Ninguna de los dos lo somos, hemos cambiado, eso es un hecho.

– ¿Desearíais las mismas adolecentes fuéremos? No reclaméis aquello que imposibilitadas estamos. Vos me habéis conocido siempre y sabéis perfecto tanto de mí como yo de vos.

– Sé lo que has querido mostrarme, pero nunca te he escuchado lo que sigues acallando.

VII

– La primera semana que con Snezhana estuviere el desprecio y la indiferencia totales casi fueron. En la villa no era yo la única sumisa ese verano; cuatro compartíamos la hermandad involuntaria que habíamos adquirido y Snezhana centraba su atención en las demás, relegándome a ser una mera “espectadora”

– ¿Recuerdas sus nombres? –preguntó sin miradme.

– Putas –respondí- todas poseíamos el mismo nombre: Putas éramos llamadas y jamás nuestros nombres deberíamos mencionar.

– Putas,… ¿y cómo especificaba a quien se dirigía? Si todas contaban con el mismo “nombre o seudónimo” –ahora él entrecomilló con los dedos- ¿cómo era que se dirigía a una en específico, o cómo las hacía llamar cuando no estaban a su vista?

– Eso no podía suceder. Siempre, invariablemente a su lado debíamos estar. Inclusive aún en los momentos más íntimos o privados debíamos acompañadle. Cuando necesario era que Snezhana el chalet abandonare permanecíamos las cuatro unidas por la cadenilla que, en nuestros collares, a nosotras con pequeñicos candados fijare, aguardando su retorno arrodilladas en el lugar mismo que ella antes de partir indicare. Carecíamos de voluntad propia o ajena que la de Snezhana no fuere. No podíamos ni debíamos satisfacednos en forma alguna por nosotras, ella dictaba nuestros alimentos y nuestras bebidas, regía la actividad diaria que cada una seguir debiere; las duchas que necesitábamos, el descanso que nos correspondía, la indiferencia o la atención que de ella, o de cualquiera, recibir debiéremos. Éramos objetos y como tales tratadas fuimos, aprendiendo así que los designios que impuestos nos eran debieren bastar para satisfacer nuestra ambición personal, la cual otra no fuere que la satisfacción misma de nuestra Ama a la cual pertenecíamos.

– ¿Nunca pensaste en huir, o en pedir ayuda?

– ¿Huir? –respondí extrañada- ¿de qué debía huir o a qué debiere rehuir? Ningún Ama retenía a sus sumisas en forma privativa. Sí, sé paradójico o contradictorio pareceos pudiere, pues nuestra esclavitud voluntaria era, haciendo de ella el arbitraje libre que de la esclavitud misma ella carece. En cualquier momento, en cualquier instante podíamos expresar nuestra desavenencia y marchar, retomando nuestra “vida externa” sin la menor consecuencia que no fuere ésta el respeto por la decisión por nosotras mismas adoptado. Sin importar contexto alguno, la violación existe cuando ésta se produce sin que vos consintáis. ¿Más violáis a persona alguna cuando ésta así lo desea, cuando por ello os suplica? Satisfacía nuestras necesidades y nuestras sordas súplicas, nos desposeía de aquello que despojadas deseábamos ser y ante eso, el abandono cabida no tenía.

VIII

– ¿Sabéis? Sigo sin a vos del todo comprender. Conocéis de mí tanto cuanto habéis deseado y tanto cuanto yo misma os he develado y aun así seguís en esa disyuntiva entre vuestra propia moralidad y vuestra propia “científica” idiosincrasia… Lucháis internamente porque vuestra formación psicológica se anteponga al escrúpulo vuestro, más termináis siempre, invariablemente, anteponiendo vuestros valores a la ética formativa, increpando sin la objetividad que debiereis. No os juzgo por ello más de lo que vos conmigo hacéis y creedme, poco a mí ello importa ya.

– ¿Qué quieres decir con que poco te importa ya? –arremetió desde el extremo del living mientras se despojaba de su atuendo.

– Pues eso Sveta, que a mí no importa. Mirad que juzgada mucho he sido para que vos seáis quien nuevamente le hagáis. Mirad, si juzgada he de ser entonces ambas debiéremos serlo. ¿Se os ha olvidado las noches en casa cuando adolecentes fuéremos? Puf chica, que entonces no os importaba si follaremos,… y cómo folláremos…

– Qué, ¿entonces ahora eres tú la que quiere que volvamos a la adolescencia? –refunfuño en un verdadero acto de rebeldía reprimida que en ese mismo instante estallaba- Pero eres pendeja si crees que solo me interesa follar contigo. Y para que lo sepas, sí, me encantaba follarte en la casa de tus padres; hacerte pujar y revolcarte mientras te chupaba el coño hasta hartarme, sí, sí, sí, me encantaba agarrarte las tetas y mordisquearlas para hacerte gemir, me encantaba aferrarme con las uñas a tu espalda mientras eras tú quien me chupaba, lamiéndome toda para ahora yo revolcarme con tus caricias, y sí, también para que lo sepas, me sigue encantado que lo hagamos, pero no es de sexo simple de lo que te estoy hablando, y si así lo piensas, no tiene caso que sigamos con ésta discusión.

IX

– Fui contando los días que Snezhana a mí no utilizó, pasando uno a uno en castidad absoluta dentro de un verdadero acto de sodomía que por mis oídos y ojos penetraba en lo más profundo del crepúsculo mío, escuchando los sollozos y gemidos de mis hermanas que, complacidas, recibían los placeres del tormento adusto mientras les observaba ser utilizadas para satisfacer los caprichos y placeres de mi Ama, permaneciendo observante y sumisa a la espera de que ella, mi Ama, decidiere de mi utilizar haciéndome gritar en un gemido de placer que por mi cuerpo se replicare en estruendosas convulsiones orgásmicas… ello no sucedía, Snezhana me ignoraba con cualquier placer que pudiere otorgarme, haciendo con ello una verdadera y real tortura tanto psíquica como física, pues si tan solo un Neosteel me hubiere a la cintura y entrepierna ajustado para esa semana llevadle hubiere tenido el placer de sentidme restringida, concibiendo el placer de mi castidad en el metal que me circundare. En contraposición a ello, Snezhana me forzaba a vestir solamente con un vestido halter veraniego de escote en V que se anudaba al cuello y de amplio vuelo en la falda. No podía llevar nada más, pues el vestir cualquier tipo de ropa interior no me permitiría sentidme dispuesta e indefensa ante cualquier placer que ella hubiere deseado sobre mí realizar. Ello me atormentaba aún más, pues sintiéndome indefensa y expuesta observaba y escuchaba los placeres que mis hermanas de sumisión de mi Ama recibían, prestando atención a sus cuerpos que se contorsionaban mientras gemían en el placer extremo de la sodomía o la tortura por lo que mi Ama se satisfacía, satisfaciendo igualmente a cada una de ellas de sus deseos de ser utilizadas en los extremos más recónditos y en la forma más sutil y cruel que pudiéremos imaginar…

– Hablas de crueldad –interrumpió- de alguna manera estabas consiente que la crueldad existía en esa relación que te afanabas por sostener siendo partícipe de esa misma crueldad que se ejercía hacia las otras que ahí vivían.

– Sí, por supuesto que lo estaba, todas lo estábamos y plácidamente, de forma mórbida si lo deseáis lo disfrutábamos. No solamente éramos sumisas ya, cual esclavas nos habíamos entregado sin importarnos las consecuencias que ello conllevare. Deseábamos hacerlo, suplicando ser desposeídas de voluntad alguna que la de nuestra Ama no fuere, y fue por ello que esa semana soporté el castigo y tormento que Snezhana había a mí designado, sin increpadle de forma alguna los designios que sobre mí marcare. No podía, ni debía cuestionarle en forma alguna, mi satisfacción cabida no tenía cual la de ella no fuere… Comprended, quizás bizarra ahora me escuche y pensaréis fuera de contexto lo que os diré está, pero ¿por qué comprendéis a aquellas que a una religión su vida entregan, siendo castas y aceptando los tormentos inclusive de la flagelación misma en nombre de un Dios al que se han entregado en cuerpo y voluntad, y no a nosotras que hacemos exactamente lo mismo con nuestras Amas y Amos?… Seguramente diréis a mí que Dios es Dios, a lo cual compararnos no podemos, y en vuestra concepción quizás en lo correcto estáis, mas ¿qué de aquellos que en vuestra misma concepción de fe no tenemos? ¿Acaso nos juzgaréis igualmente en la concepto de un acto de fe que al nuestro comprender no puede? Si a una monja flagelarse en un acto de sacrificio observáis pensaréis quizás que su entrega a Dios mayúscula es, mas dudo le juzguéis por hacedlo. El sacrificio que ella a cabo lleva le satisface por la entrega misma que hacia su devoción profesa; en igualdad, nosotras satisfechas de nuestra entrega nos encontramos, en contextos y formas dispares quizás, mas una y otra su voluntad y cuerpo entregan… Blasfema lo soy, sí, reconocerlo debo y Allah a esta pobre y mala hija del Corán por ello ha castigado postrándome a esta silla en donde mis huesos se pudren con mis entrañas que fétidamente se carcomen con los días que transcurren… No soy la mujer fuerte que vos suponíais. En mis noches cautas lloro con el lamento que de mí se despoja, desposeyéndome de cualquier voluntad que no fuere la misma que aquella por cualquier Ama o Amo arrancada,… Temo a la muerte pronta, a esa a quien con vehemencia invoco y que tardía responde, temo a mi sufrimiento que no deseo, a lo inhóspito de este amanecer que en su frío el calor de los brazos de Svetlana y Andrea me recuerdan, temo morir y enmudecer, que mi boca acalle las caricias que en sus labios a nosotras dieren, estos labios mismos que putrefactos por gusanos serán consumidos, y de mis pechos estériles y la vulva flácida mis ojos lloran con el lamento de la posibilidad de jamás ser recordada… No puedo ser partícipe de la complicidad; vuestro Dios muy distinto al mío no lo es, mas nombres y principios difieren. Nuestras leyes divinas se entrelazan y distan también, dicótomas, al igual que vos y yo. Me niego a creer que la divinidad omnipresente se encuentre entre las letras de libros por milenios recolectadas, que sea Allah, Jehová, Cristo o quien deseéis nombrar quien las guerras dicte en su nombre entablar. A sido vuestro Dios quien os prometió esta tierra, y no el mío que infiel os convierte. Y decidme ¿Cuál es el derecho que habrá de prevalecer por esta tierra poseer, si el vuestro que en divinidad establecéis, o el mío que en esa divinidad la vuestra niega? Llamadme terrorista o incrédula, qué más me da, pues me niego a creer en la concupiscencia de una fe que hace de la pobreza la dignidad de un infante que en la penuria muere, al igual que me niego a creer en los favores de Dioses que convierten la opulencia en gracia benigna. Infiel le soy, sí, reconocerlo debo, la miseria y la inmundicia me han hecho le fe perder, el hambre que al estómago carcome blasfemar me han hecho. Desprovista de carne, esta piel que a los huesos se aferra me hacer perder cualquier credibilidad del ente divino que salvadme pueda, y me aterra pensar tan sólo que he de morir en este idílico vacío, recordando mis olvidos en el olvido mismo. La muerte sentada me aguarda. Estoica, con sus ojos me observa y en su voz mi nombre murmura: ¿quién a ella invoca y a sus labios besa? Somos amantes cansadas que caminar no más podemos. La muerte sentada aguarda a la espera de que en mi embozo, a ella para besar con el delirio del hachís me acerque, intoxicándome del delirio de una fe falta que en despóticos argumentos ingrata e infiel a mi convirtieren. Los Dioses, todos y cada uno de ellos cualesquiera su fe sea me han abandonado, o quizás he sido yo quien les desahuciare, afirmar cual la verdad sea no puedo, y si sincera debo seos, tampoco a mí importa; la mezquindad de esta inmundicia prevalece aun en los estigmas de la falsedad de frases pre hechas y adornadas: “Dios me ama y guía, Temed a su furia y gozad de su bondad infinita”. No deseo un Dios iracundo, capaz de enfrentadme a mis más duras adversidades, tampoco deseo la bondad de un amor que insatisfecha en la miseria la fútil esperanza nacer pueda. No deseo un Dios que mis pasos guíen, coartando la libertad que enjaulada cual gorrión el trino ahogue. No deseo la esclavitud de las palabras ufanas que se pronuncian en la adversidad ajena, tampoco aquellas que el consuelo jamás alcanzan. No deseo Dioses guerreros ni aquellos pacificadores que temed o gozar me hagan. Si esclava o sumisa he de ser que fuere ello por convicción mía, y no por el temor del Dios iracundo. Si gozar debo, fuere ello por mis delicias, y no por las ajenas adoptadas… No chico, temerosa de Dios no le estoy, temo más a mis angustias y desconsuelos, a mis desdichas y pudores, a los tabúes enmarcados en el ámbito prevalente de aquellos que os juzgan en la palabra de una inconciencia por ellos desapercibida; temo a mi olvido, al vuestro y al ajeno, a mi tumba que enrarecida el polvo cubra, a esta muerte potrea que a mis hombros cargo, a la desventura de la miseria que remulle una y otra vez la mezquindad misma con la que somos divinamente juzgadas.

X

– Pero mirad que la pendeja ahora sois vos –increpé lo mas tranquilamente que me fue posible-. Que no era solamente el sexo y cómo y cuándo le hacíamos, que vale, si de sexo sólo se tratase tanto a vos como a mí podrían sobrarnos a quien follarnos, bien lo sabéis. Conocíais perfectamente no eras la única a la que follaba, como sabía que yo tampoco era la única para vos con la que follares, así que no reclaméis ahora con…

– ¡Te equivocas! –reclamó en un estruendo arrebatador- ¡te equivocas porque si eras la única! Siempre quise estar contigo, que fueras tu quien me estremeciera entre lo revuelcos de tus labios, que fueras tú quien me lamiera y hundiera sus uñas en mis pechos, que me hicieras ahogar en ese estruendo de placer al recorrer con mis manos tu cuerpo, que acallaras mi boca con tu entrepierna, sin importarme si entre ella un coño o una verga encontraba, eso nunca me importó y sigue sin importarme… ¿Pero no te das cuenta que siempre fui yo la sumisa y tú la Ama? Eras tú quien a mí infringía los tormentos silenciosos con tus andanzas que entre Ama y Ama me despreciaba en esa banalidad absurda de sentirme la “amiga íntima” a la que contabas los detalles, vanagloriándote de las sesiones de sadomaso y los placeres carnales que te hacían sufrir en una agonía de éxtasis y placer orgásmico del que yo solamente podía imaginar… No me vengas ahora con que eres tú la ofendida, la sumisa excelsa y reformada, la víctima incomprendida de una sexualidad transversa porque no lo eres, ¡mi propia sexualidad transversa te lo impide!

XI

Nací intersexual y poco mis padres de ello sabían. Para ellos, nací sin ser chico ni chica; amorfo, con una condición que el padre mío jamás aceptó. Para él un chico sería, y como chico fui educado, desarrollándome en esa intersexualidad que no me fue explicada ni mencionada. Bastaba con que el minúsculo pene apenas en la entrepierna mía aflorare para que él decidiere la sexualidad futura mía sin testículos que en el escroto colgaren y con la falta de testosterona que en mi cuerpo se produjere. Era una chica, una chica con una anomalía física que podría haber sido corregida y que no desearon hacedle asumiendo mi sexualidad por ellos preestablecida. Nunca fue por motivos económicos que mis padres rehusaren, sabéis de sobra que ello impedimento no le ha sido, y quien diga el dinero jamás habrá de comprar la felicidad muy equivocado se encuentra, mintiendo en una falacia que ni quien le expresare podría creedle. El dinero le compra, y compra todo lo que deseáis; os guste o disguste así ha sido y seguirá siendo. El dinero os otorga la felicidad de una chica y el equilibrio de un chico, el placer de la dicha y aún el sufrimiento por la desdicha. El dinero os hace atractivo y os otorga la estabilidad no solamente económica, sino de cualquier rubro; el dinero os compra la salud y os otorga los vicios que os plazcan… Sí, lo sé, diréis que si condenada a muerte estáis ni el dinero de su beso os librará, más decidme: ¿el dinero no os compra el tratamiento necesario para llevar la muerte en forma placentera? Pobres de aquellos pobres quienes sufren su sufrimiento hegemónico de la enfermedad que les carcome, carcomiendo a su familia misma en una necesidad imperante de gastar hasta el último centavo para solo observar que su enfermo yace en una cama paupérrima sin la posibilidad siquiera de las comodidades que el dinero mismo al potentado otorga. El dinero es el arma que os compra la felicidad, no ceguemos nuestra vista por las coyunturas laterales de un mundo utópico inalcanzable; bello quizás, mas inalcanzable sin duda. Mucho juzgada he sido por quienes a mi mundo no comprenden, y yo os respondo que ha sido mi mundo quien a mí la satisfacción diere. El dinero, señor mío, ha sido quien a mí me lo otorgare, de manera egoísta he disfrutado de él desperdiciar, de él mis caprichos y necesidades satisfacer, de él, aún en esta silla postrada, permanecer inerte ante la muerte misma a quien besar deseo, embriagándome de sus labios que a mi cuerpo recorren, permaneciendo putrefacta en la carne estéril que a las caricias suyas la muerte mía arrancan, secando mis pechos que a su boca amamantar no pueden, dejando que en el graznido el cuervo con su pico por mi vientre las entrañas arranque, y en el orgásmico olvido de ésta inmundicia que a la garganta mía ahoga, con sus manos descarna mis huesos que en el otoño al viento de sus cenizas harán flotar. El dinero, chico, a la muerte misma sonríe y os compra sus risas…

– Como te compró a ti –refunfuñó visiblemente molesto-

– Sí, como a mí ha comprado y como ha comprado mis necesidades y satisfacciones. Venga chico, olvidemos las frases inútilmente utópicas tipo Coelho que colgáis en vuestro frente y que solamente os sirven para expresar la intención absurda que no estáis dispuesto a tomar… ¿Deseáis frasecitas lindas? Mirad que muchas son las que os pudiere decir, patéticas todas ellas, mas sin embargo muy lindas que me podrían hacer “lucir divina y sentimental”. No nos mintamos, ni Coelho filósofo es ni hemos de enfrascarnos en su deliberación absurda de frases inocuas. Todos deseamos la satisfacción del bienestar y apartamos la vista de la pobreza y mezquindad, aun cuando en ella nos arrastremos: podremos tener los más altos actos filantrópicos, más aún ellos del dinero necesitan, pues sin el poder económico imposible sería el comprar los satisfactores necesarios para entregárselos a los demás. Así de simple es, y así de simple seguirá siendo…

– No concuerdo contigo, existe mucha gente que ha dedicado su vida entera al bienestar ajeno muy por encima del propio sin importarle si cuenta con un céntimo.

– La pregunta no sería si existen esa clase de personas, sino si vos estáis dispuesta a dejarle todo en este mismo instante. Y no, no me respondáis que lo haríais, para creedle deberéis hacedle, sin mentíos a vos mismo asegurándoos que lo harías para nunca hacedle… Es nuestra naturaleza, esa misma que tanto divagan de la cual errada nosotras somos: “la homosexualidad antinatural es” es la estupidez mayúscula que en mi vida he escuchado, al igual que en el catolicismo escuchar que aceptan la homosexualidad más no los actos homosexuales, ¿y qué es el amor que un acto no sea? Venga pues, amad a una persona de vuestro mismo sexo, pero cuidadín con folladle o cachondeadle, que vale, pecáis si le hacéis: admiradle platónicamente, que así las apariencias guardáis,… mayor estupidez que ello no existe.

– Estás embrollando las cosas.

– ¿Tanto como quien afirma que el dinero se “limpia” si a la Iglesia lo donáis?

– No confundas la Iglesia con los actos humanos.

– Vale, la Iglesia es Divina,… una Divinidad otorgada y creada por los humanos, ¿pues no son ellos quienes han dictado las doctrinas y leyes en que la Iglesia se basa? Sí, lo sé, diréis que se basa en la palabra de un Dios y no en la escritura amorfa de una persona. ¿Y quién es ese Dios del cual habláis, el vuestro o el mío? Radicaría en un acto de Fe del cual dispuesta no estoy más en pender; la realidad es una y la verdad otra. Mentimos verdades para hacernos la realidad que deseamos y ello nos ciega.

– Y cuál es tu realidad, tu mentira y tu verdad.

– Mi mentira es esta, la que mi realidad oculta tras la verdad que no he enfrentado.

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