Agonía.

Por vuestras manos en el gemido sofocada fenezco, y en mis pechos que en amapolas florecen vuestro aliento de ellos inhalas, intoxicando los influjos que de nosotras amorfas en grisú convierten, escurriendo la piel nuestra por los dedos que los cuerpos recorren peregrinando despacio en el tacto que sus pasos del sudor encharcado en mares sacramentados convierten, y son nuestras bocas que, rezando con los labios, las plegarias a los cuellos atan en las lenguas que a sus voces acallan. Difícil me es hablaos cuando a mis muslos os aferráis pronunciando del nombre lo indescriptible en la agonía de vuestras manos que mi cuerpo atormenta, y es mi pelvis que en estruendos os grita, recorriéndome entonces ingrata el ecléctico momento que de las caderas a los glúteos con mis dedos concebíos puedo, creando de vos la concupiscencia profana que en santidades de religiones perdidas a nuestras vulvas en germanías extrañas evangelizan.

Morir deseo; que sea vuestro mudo silencio que en caricias a mi pecho y abdomen con su saeta la lengua la piel traspase, hiriéndome en el ahogo de ésta nuestra profana agonía.

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