Ella

Intenté con varias combinaciones posible y ninguna me satisfizo en realidad. Más que sensual o atractiva, deseaba que el lunes pudiere para ella lucir bonita, fresca y juvenil. Elegir la ropa me hizo recordar los días adolescentes en donde la ilusión me embargare en las primeras citas, pasando horas enteras seleccionando de entre el guardarropa combinando blusas, faldas, vestidos, pantalones, pendientes, collares, gargantillas, bolsos y pulseras con zapatillas o diferente calzado de piso. Siempre he sido vanidosa, es uno de mis defectos que gozo en extremo, y aun cuando en casa suelo vestir con comodidad, olvidándome de la moda o presunción, durante las citas o reuniones me agrada arreglarme de la mejor forma posible, resaltando lo que de mi cuerpo puedo destacar para ocultar “aquello” de lo cual muy orgullosa no me encuentro. Ésta sería una cita, sin duda lo sería, y aun cuando la primera con ella no fuere yo así lo sentía, ilusionándome lucir de la mejor manera exclusivamente para ella, satisfaciendo así mismo mi vanidad propia por así hacedle. Ella me había prometido que vestiría igualmente “algo especial” solamente para mí, muy distinto a la elección que yo había elegido, pues en nuestra charla previa le había pedido que portare falda, medias y liguero sin especificadle de qué tipo o estilo, dándome a mí misma la oportunidad de fantasear en las diferentes combinaciones posibles con las que ella pudiere presentarse en la oficina.

Seleccioné un vestido blanco de algodón con estampado floral azul obscuro, corto y primaveral, tipo Halter al cuello con escote en V que dejaba descubiertos los hombros y una porción de la espalda; entallado en el busto, abdomen y cintura de donde se ensanchaba en un amplio y discreto vuelo que jugaba entre los muslos al caminar, o bien, por la brisa y el viento que indudablemente en ésta época del año no podía faltar en ésta cálida ciudad en la que ahora vivíamos. Me observé al espejo y quedé satisfecha de portarle pues sentía cumplía el requisito de frescura que había estado buscando; hubiere podido combinarle con medias transparentes de las que llevan la liga integrada, haciendo innecesario el liguero, mas vestirles haría que la sensación de frescura y jovialidad se perdiera desechando la idea de inmediato. Busqué con la vista entre el diferente calzado, fijando la atención en un par de alpargatas de tacón alto azul marino claro y con cintilla al tobillo, sentándole a la perfección con el vestido aparte de encontrarse muy de moda los tacones completos y corridos. Les calcé y de nuevo me observé al espejo, quedando completamente satisfecha del resultado:

– ¡Qué jovial te ves! –expresó a mi espalda produciéndome un exabrupto repentino. Si bien sabía se encontraba en casa pensaba se hallare observando ese funesto programa que repitieren una y otra vez.

– Chica, que me habéis sacado un susto –respondí sin dejar de observadme al espejo mientras alisare el vestido con mis manos- ¿Sí creéis me siente bien? –pregunté con el ánimo de deseadle escuchar lo que yo quería que respondiere, retroalimentando así mi egocéntrica vanidad.

– Sí, te ves muy bonita –respondió mientras masticaba un trozo de la manzana que llevaba en la mano- ¿Te lo llevarás mañana al trabajo?

– Creo que sí. Quiero cambiar un poquillo y no estar tan formal. Algo primaveral para mañana creo que vendría a la perfección.

– El vestido es lindo. Combínalo con un maquillaje neutral limpio y nada cargado –comentó al sentarse sobre la cama masticando un nuevo trozo de manzana.

– Sip, tenéis razón –respondí- unos pendientes pequeñicos le vendrían bien, ¿creéis? Unas chispitas.

– Pruébatelas y ve que tal quedan –cruzó la piernas para posar los codos sobre ellas y con una mano sostener su barbilla y mejilla- Nunca te había visto tan emocionada por una junta de trabajo.

– Son nuevos clientes… Quiero causarles buena impresión –respondí lo más natural que me era posible sin dejar de observarme en el espejo. Escuchar el comentario anterior me había producido esa sensación de pequeño escalofrío que eriza cada uno de los poros del cuerpo, pues sabía que le mentía, haciéndole cómplice de mi mentira sin que ella se percatare. No me agradaba mentidle, nunca lo había hecho con anterioridad y me había prometido a mí misma que jamás sucedería, sin embargo, copartícipe de ésta novela rosa que yo misma protagonizare, las diversas circunstancias me hacían mentidle para ocultar una etérea realidad que en la trama de la novela se desarrollaba, pudiendo observadme a mí misma como una de esas actrices que interpretan el papel de un irremediable culebrón televisivo que por las mañanas y las tardes adentradas se reproducen en los televisores, actuando la misma escena una y otra vez bajo diferentes ambientes y circunstancias, ambivalente siempre entre la verdad y la mentira que, a una debía ocultar y con la otra compartir.

Me gusta su sonrisa; en la última imagen que me enviare por el mensajero electrónico podía observársele alegre y dichosa, radiante, con sus facciones delimitadas en los contrastes de los claroscuros que la iluminación de la mañana en que le tomare bañaren su rostro. Cuando en la oficina miré el mensaje permanecí por minutos observándole, intentando percibir en esa imagen cada uno de sus detalles para memorizadles antes de cerradle con el temor de que el historial de nuestras conversaciones se perdiere. No confío plenamente en los archivos electrónicos, por experiencia sé que éstos continuamente se borran o extravían de los ordenadores en lo que se almacenan y yo no deseaba que esto sucediera. Aún hoy, al encender el ordenador y trabajar en el por un momento, suelo reabrir el historial de nuestras conversaciones y deslizar la barra de desplazamiento hasta encontrar esa imagen. Sé, también, que mantener activo el historial un riesgo significa, pues pudiere ser descubierta si es que ella mi ordenador tomare, o si por cualquier motivo, un día cualquiera ella se encontrare a mi lado mientras en casa trabajare y mantuviere la red social abierta, lo cual solemos hacer.

– Tomaré una ducha antes de acostarme –comentó mientras se incorporaba de la cama- ¿Terminaste ayer de corregir el error que tenías en el programa? –preguntó mientras se dirigía al tocador que se encuentra dentro de nuestra habitación.

– Le terminaré en un momentico, quería primero seleccionar la ropa para mañana. Vos adelantaos, duchaos y acostaos que yo ahora me pongo en el estudio a terminar de corregidle –respondí al tiempo que me cambiaba de ropa para colgar el vestido sobre el perchero y dejadle preparado para la mañana siguiente.

Inerte, pasé algún tiempo frente al ordenador encendido, escuchando la ducha abierta y el agua que de ella se desprendía para posteriormente escuchar que ésta dejaba de hacerlo, percibiendo los sonidos de la puerta del tocador y los ruidillos de sus pisadas descalzas que caminaban en un ir y venir para finalmente oír el pequeño chasquido que produce el interruptor que desconecta la iluminación de nuestra habitación. Sabía de antemano se acostaría de inmediato, tomando el sueño de forma plácida y reconfortante pues ella no solía experimentar esos largos períodos de tribulaciones que me acompañan cuando a la cama me meto, impidiéndome prestamente dormirme. En la silenciada soledad del momento posterior a la calma que llenare los pasillos y habitaciones sentí temor y remordimiento, invadiéndome la culpabilidad de pensar en “ella” mientras con ella me encontraba. No era usual en mí que esto me sucediere, sin embargo, la relación entre ambas había surgido sin que las dos conscientemente lo desearemos, charlando y conversando de forma amigable, compartiendo nuestros pequeños secretitos que fueron tornándose en intimidades y confesiones que nos depararon un secreto mayor que, ambas, de nuestras parejas ocultábamos. Sí, el temor en parte de la relación se había convertido, pues aun cuando a ella le quisiere y me gustare no podía permitir que descubierta fuere, interrumpiendo con ello esas tórridas y sensuales emociones que en mí despertaba, produciendo en el contorno de mi piel una grata sensación con la sola posibilidad de que fueren sus manos quienes me recorrieren, inclusive aun cuando solamente a distancia lo hiciere. Pensadle y sentidle me atormentaba, pues amaba y amo a mi pareja, a ella quien ahora, ignorante de la trama de rosa novela que yo protagonizaba, en la habitación contigua al estudio dormía. Sabía, y determinada estaba, a que antes de que la relación con mi pareja pudiese verse afectada en forma alguna o cualquiera terminaría con quien a distancia compartía, interpretando el último capítulo de una novela que ambas habíamos decidido escribir y protagonizar. Desconocía cuándo ello ocurriría, o si es que quizás debiere suceder, más al igual que otras circunstancias, la posibilidad de que así ocurriere siempre existía, por lo que desde un principio opté por disfrutar de cada momento e instante mientras durare, y que con “ella” y ella dividía.

Sin percibirlo siquiera, la noche se había adentrado más de lo que hubiere deseado, por lo que me dispuse a teclear el texto para ella, sin importadme la corrección que en el programa debía realizar.

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