Atada vehemencia

Encendí el cigarrillo con el que había estado jugueteando por un largo momento. Mi mente no era clara, una infinidad de pensamientos se agolpaban en ella mientras su recuerdo vívidamente permanecía, sobresaliendo siempre de entre cada tribulación que mi mente se afanaba por entremezclar cual su pelo que entre mis manos y dedos yo entretejiere: “me dejo ser tu esclava de lo que quieras,… no me importa, tú castígame, me he portado muy mal”, me había dicho abriendo la posibilidad que con anterioridad yo ya percibiere, rehusándome en aquel entonces acceder y que éste día, en un arrebato de salacidad aceptare, pidiéndole que vistiere bajo sus ropas un body para ir a su trabajo y que desde ahí, me enviare un mensaje describiéndome a detalle el cómo para mí había vestido.

Deseaba con vehemencia que el día llegara, que recibiera su mensaje en donde me relatare cada una de sus prendas que iría yo desnudando, quitándoselas una a una al unísono de las palabras que en su texto describía, dejándole solamente con el body que entallaba su cobrizo cuerpo adquiriendo en la tela los contornos de su figura ajustándose a la cintura, aferrando sus pechos y ciñendo su entrepierna que delataba el trazo de una vulva apetecible que deseaba con mi lengua lubricar y con mi boca engullir, convirtiéndome yo en los hilos entretejidos de esa tela que a su cuerpo se amoldaba, y así, rodearle y ajustarme en una caricia continua por sus hombros, espalda, abdomen y glúteos, transformándome en su propia piel para que de mí despojarse no pudiere, atándole en manos y pies con el tejido de mis hilos que por entre sus brazos y piernas por los poros yo misma me deslizare, anudándome a su boca para acallar los ecos de una sorda y laxa euforia que a su cuerpo todo, en convulsionadas y pequeñas contracciones, con mi lengua de satín excitaba. Le tendería indefensa sobre el lecho plácido, huérfana del abandono imposibilitado de a mis caricias con sus manos y boca poder responder, crucificándole a esa cama en un grato tormento de libídines e impúdicas lisonjas que a su piel azotaren, recorriéndole por sus secretos y verdades, por sus mentiras y pudores, bebiendo con mis labios la humedad del sudor que por su cuello se esparciere, flagelando sus caderas y glúteos con el contacto de mis manos y dedos hiriendo en un evo continuo su sexualidad con la mía propia, y en una orgásmica aventura de sumisa pasión permaneceríamos ambas atadas, y por nuestras concupiscencias, flageladas.

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