Agobio

Me he quitado las zapatillas, no les he soportado más. Hemos pasado del frío intenso al calor agobiante, lo cual extraño en ésta ciudad no es. Sveta suele casi desnudarse al llegar a casa, despojándose de la blusa, falda, medias y zapatillas tan pronto atraviesa por el quicio de la puerta, permaneciendo atractiva en su coordinado que, reconocer debo, sumamente seductor me es. Yo suelo ser un poquillo diferente, por lo regular cambio mi atuendo por algún otro más confortable y veraniego, permaneciendo “vestida” de alguna forma. Mas el día de hoy he envidiado el proceder de Sveta, por lo que las zapatillas literalmente han volado tan pronto cruzare la puerta, desabrochando la falda de la botonadura única que sobre la cintura, y en la parte trasera se encontraba, descorriendo el cierre para deslizarla y sobre el suelo dejarle, quitándome igualmente las medias para caminar descalza por la frescura del piso, permaneciendo solamente con la blusa que cubría parte de la pelvis y mis caderas. Es aún temprano y el cambio horario le hace parecer aún más, aunque pronto obscurecerá cual vida que en un instante en el albor fenece.

Sudo, y las gotillas de sudor se acumulan en la oquedad del triángulo que se produce entre el final del cuello y el principio del pecho en donde la garganta pierde la libertad de sofocaos para ensordecer la sangre que galopada, aguarda por el filo de una navaja que os escinda. Más abajo, y por encima del nacimiento de mis pechos, pende la cruz de oro que mi abuela me diere y que a mi cuello con la cadenilla siempre sujeto. Mala hija del Corán soy, nadie dudarlo puede, en falta y pecado he vivido: lesbiana, adicta, estéril, andrógina y con una cruz que de mi cuello pende. Allah a mí por las faltas perdonadme pueda, que yo hacedlo no consigo, y quizás tampoco quiera. Los tormentos atrás les he dejado, intentando sepultarles junto a los surrealistas fantasmas que por las noches a mis pesadillas vida otorgan.

Nuestro aniversario se acerca; el primer mes de ésta faceta que a mi existencia ha cambiado habrá de cumplirse y no sé siquiera si regalarle algo deba. Soy una estúpida dentro de éste capullo que por las tardes en la asfixia de éste calor fenece, aletargando la muerte que en tres letras me recuerda que el tiempo subsecuente consecuente puede no serle.

Mi madre por la tarde a la oficina me ha llamado e invariablemente hemos discutido. Se ha convertido en costumbre ya. No sé por qué continúa telefoneándome, soliendo buscar ambas ufanos pretextos para escuchar nuestras voces, aunque sean éstas amargas o dichosas, concluyendo en los mismos reproches familiares que se ufanan por nunca en nuestras conversaciones desaparecer.

Este calor en realidad es agobiante; sintiendo la fresca humedad del piso que por los pies descalzos me refresca tiro de la blusa para de ella despojarme, tirando igualmente del sostén y las pantys para permanecer desnuda, y en las penumbras sentada, aguardar a que Sveta el quicio de la puerta atraviese, despojándose ella de la blusa, falda, medias y zapatillas, permaneciendo solamente con su coordinado que tanto a mí seduce, y que seguramente, cuando de entre las penumbras a mí descubra, de su cuerpo yo despoje.

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