De mujer las letras.

Muy en contra de lo cotidiano, ésta tarde había conducido desde la oficina directamente a casa. Suelo, en la mayoría de las ocasiones, divagar con el auto por las calles que me conducen a lugares desconocidos para mí, descubriendo en ellos nuevos parquecillos que memorizo mentalmente para posteriormente visitadles, haciendo igualmente una selección mental de cada uno de ellos para ordenadles en importancia relativa, discriminando aquellos otros en donde, ni por loca que estuviere, en cualquier tarde les visitaría. Hoy fue una de esas ocasiones que desee interrumpir mi rutinario trayecto. Sabía que Svetlana cenaría con Yelyzaveta, dándome la oportunidad de permanecer sola por un par de horas.

– Te llevo algo de cenar -me comentó cuando por el inicio del anochecer nos telefoneamos.

– Gracias Sveta, en realidad no me apetece –respondí con calma sentada sobre el asiento de la oficina. El ordenador seguía encendido y yo jugueteaba con el cursor sin más intención de que los minutos transcurriesen en espera de que marcaren el momento de poder apagadle para reacomodar el bolso y, montándole sobre el hombro, abandonar esas cuatro paredes para dirigidme a la monotonía de una calle que a través de la ventana posterior de mi escritorio diariamente veía desde un séptimo piso- creo cenaré algo ligero y aprovecharé el tiempo para adelantar en aquello que pendiente tengo de entregar. Vos conocéis a Bojdan y lo pesado que se pone cuando no recibe los textos. Dadle un beso a Yelyzaveta y decidle que hemos de ir a cenar todas juntas ¿vale?

– Veré que te llevo de todas formas, que ya te conozco, eres capaz de pasártela frente al ordenador sin probar bocado.

– Gracias amor, creedme probaré bocado, así que vale, no necesitaréis pedidme algo para que lo traigáis a casa.

– ¿Amor? –respondió con un tono combinado de ternura y expectación- ¿sabes que es la primera vez que me dices amor?

– No, en realidad no le sé –respondí dibujando una sonrisa de grata satisfacción que bien pude haber transmitido a través del auricular- ¿será acaso porque os amo? – continué sonriendo- Vale, divertíos y pasad buen rato.

Cuando llegué a casa, deposité el llavero sobre la mesilla del living, tirándome desparramadamente sobre uno de los sofás. Los últimos días no habían transcurrido dentro de la normalidad acostumbrada sin poder con Sveta comentadlo. De hacedlo, nuestro joven matrimonio pasaría por su primera tribulación en apenas unos cuantos días de su nacimiento, así que no, la decisión de sentidme partícipe en la trama de una novela rosa debería resolverle por mis propios medios y determinaciones. Sonreí al meditadlo, pues odiaba ese tipo de novelas en donde desde las primeras líneas de lectura podéis prever el desarrollo de la misma, augurando un desenlace que, invariablemente, una y otra vez se repite. Sin duda la ironía de mi animadversión cobraba su tributo al hacedme su protagonista, previendo desde este incipiente inicio la trama literaria que en mí se deparaba.

Me despojé de las zapatillas y caminé descalza hacia la cocina para preparar café, tomando el recipiente del moulinex para llenadle de agua y enchufadle, sentándome posteriormente en una de las sillas de la mesilla que utilizáremos para desayunar y cenar cuando solamente las dos nos encontrábamos:

– Últimamente has estado muy pensativa –me comentó mientras cenáremos tan sólo un par de días atrás.

– Anda, cosas de la oficina que importancia no tienen, no preocupéis –le respondí a sabiendas que le mentía odiando hacerlo. Y es que entre nosotras los secretos más íntimos nunca habían existido, siendo precisamente eso lo que a ambas nos enamorare y que ahora sentía traicionaba, zahiriéndonos de un argumento rosa que desconocía si debía disfrutar, o sencillamente concluir antes de que los capítulos transcurrieren uno tras otro llenando páginas de silogismos que dieren una única conclusión, y aun cuando prever podría cual sería, dudaba si realmente así el capítulo final sería escrito.

Saqué del bolso el pequeño paquetillo de papel, desenvolviéndole para verter el polvillo sobre la mesa y formar un par de líneas que aspiré una tras otra. El moulinex había dejado de producir su ruido hirviente, anunciándome que el café se encontraba listo prestándole poca atención; los Dragones en su aliento formaban dentro mío su lírico presagio que más que narcotizadme, aclaraban la imagen de su rostro y silueta preguntándome lo que había deseado evitar: “¿Por qué cuando regresaste no me buscaste? Me mata tu silencio, sin importarte nada me has dejado”. Sí, creía habedle dejado, había deseado creer que sería sencillo el tomar una goma y hacer desaparecer las letras que de ella se encontraren escritas, doblando las hojas para guardadles en un cajón en donde otras más residen. Sabía, sin temor a equivocación, y ahora comprobadle puedo, que al volverle a leer resurgirían los trazos de esas líneas que a las vocales y consonantes delinean, componiendo ahora las oraciones y párrafos que anteriormente evitamos una a la otra escribirnos. Observé el reloj de pulsera, Sveta tardaría al menos una hora más y yo no había iniciado ni siquiera con una “A”; ni siquiera había desembalado el portátil para encendedle ni mucho menos en condiciones me sentía de elaborar un texto que a Bojdan pudiere interesar o agradar. Poco fue lo que me importó, tendría que soportar su pesadez que seguramente el día de mañana, detrás de un auricular, debiere escuchar, pero imposible me era ahora dejar de pensar en esas líneas de texto que se convertían en mares de letras y palabras por nosotras escritas desde el mismo día que nos reencontráremos, temiendo ambas los infortunios que nuestro propio argumento de rosa novelesco con los días se escribía, guardándoles cada una en su ordenador portátil apartado de las miradas indiscretas de nuestros cónyuges, a quienes sin duda amábamos al extremo de no desear compartidnos, pues lo que ambas fuimos construyendo no se puede compartir, perteneciendo sencilla e íntimamente a nosotras dos.

Me sentí cansada y busqué entre mi bolso de mano: “¡Mierda!, ya no tenía ni siquiera hierba para fumar”

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