La sala de espera

El lunes 25 de julio, durante una de las visitas al endocrinólogo conocí a mi primer amiga “trans” de un grupo que con regularidad nos reunimos. Coqueta, con desenvoltura contrastante a la mía y envuelta en aires de frescura ingresó a la sala de espera enfundada en mallónes de color verde eléctrico que no dejaban cabida a imaginación alguna. Taconeando con fuerza hacia la silla que se encontraba al lado mío se sentó sin miramiento despreocupada de los ojos inquisitivos y los cuchicheos que los demás proferían. Cruzó la pierna posando ambas manos sobre su rodilla, mirando a cada uno de los que ahí nos encontrábamos: una madre ataviada con un vestido veraniego estampado y su hija inquieta quien se revolvía en la silla, apretujando a la adolescente que se encontraba a su lado y la cual, no dejaba de mostrar los frenillos de sus dientes en sonrisa forzada, víctima implacable por la educación social de confraternizar aún en las situaciones más beligerantes; no había duda que ésa chica iría encaminada a la comisión de derechos humanos: “frenillos, anteojos, pelo recogido en coleta, jeans, sandalias abiertas”, más pareciere ella una activista de “Green Peace” que el mismo chico, que frente a ella, portase la camiseta con el logotipo estampado de ésta organización, y el cual, por supuesto, no se encontraría en una visita al endocrinólogo por motivos de “un cambio sexual hormonal”, pues su vista atolondradamente perdida sobre la chica de frenillos evidenciaba que su testosterona le recorrían el cuerpo cual río amazonas sin contaminar. Un hombre obeso sobresalía de los que ahí esperábamos y, quien hasta antes de la entrada de Elena, había sido la víctima preferida de las indiscreciones audibles y visuales dándome el respiro que yo necesitaba para despojarme de la psicopatología de un falso “delirio de persecución”. Al llegar me había encontrado segura que todas las personas fijarían la vista sobre mi cuerpo y los senos que me crecían, sintiéndoles ensancharse con cada segundo al grado extremo que una copa CC no sería suficiente para sostenerles entre mi pecho, o acaso, sostendrían la mirada sobre mi cadera, la cual no tendría motivo hormonal alguno de desarrollo; de mis piernas depiladas sabía no podrían escudriñarles, los pantalones de mezclilla eran lo suficientemente gruesos para ocultarlas, ¿pero sucedería lo mismo con la pequeña porción que se hace entre el final del pantalón y el término del calcetín al cruzar la pierna de la manera más masculina posible? En ese instante, procuré que mis dos pies pisaran firmemente las losetas del piso, ajustando mi holgada camisa que cubría una entallada camiseta de algodón blanco, la cual provocaba que mis insipientes senos, que no alcanzaban aún el llenar una talla A, enhestasen de forma prominente los pezones.

– ¿Cuánto? –preguntó ella mientras seguía sosteniendo sus manos entre su rodilla.

– ¿Perdón? –respondí al girar la cara y mirarle de frente, sus labios se encontraban delineados con lápiz labial rojo intenso, y no pude menos el pensar de inmediato que esa boca era demasiado ancha para un color labial tan fulgurante, un rosa pálido le hubiese sentado mejor, pero evidentemente la discreción visual no era alguna de sus virtudes.

– Si niña, ¿cuánto llevas con el tratamiento de hormonas? –seguramente hube de palidecer y congelar mi expresión, porque acto seguido, sin quitar sus manos de su rodilla, señaló con un dedo hacia mi pecho, yo bajé la mirada para observarme, temiendo que la camisa se me hubiere ajustado, pero seguía lo suficientemente holgada para tan siquiera revelar una posibilidad.

– Mes y medio –respondí apenada en susurros, sintiendo que mi psicopatología se convertía en realidad. Ahora apreciaba sobre mí la mirada de todos los que en la sala de espera se encontraban, incluyendo al hombre obeso quien seguramente sonreiría en atroz venganza. Había bastado con una pregunta de esa chica para que mi “anonimato” pasare al dominio público. Era imposible que nadie le hubiere escuchado, su voz era tan discreta como sus mallónes y su pregunta no había sido de lo más sutil que digamos.

– Porfis, no quiero que la gente se entere, ¿podéis bajar la voz un poquillo? –era tarde para pedirle semejante milagro, la chica de frenillos me miraba ahora con evidente disimulo y el chico “Green Peace”, quien se encontraba al lado mío, sin disimulo alguno había volteado para vernos a ambas, evidenciando que deseaba ser partícipe de nuestra recién iniciada conversación. Quizás me hubiere encontrado errada desde un inicio y su testosterona no recorriere todo su cuerpo, el cual denotaba las horas de ejercicio y cuidado que sobre él había invertido, sin desperdiciar un solo minuto o centavo en ello.

– Anda, no te preocupes, no se te notan, aún sigues tan plana como una tabla –me respondió susurrándome al oído– lo supe porque aquí, sentadita en este lado, se te ve un poco el pezón por la abertura de la camisa…

– Señora Galdós, pase por favor –anunció la enfermera quien fungía como asistente del endocrinólogo, interrumpiendo la conversación y haciendo que todos sonriéramos afablemente mientras se levantaba de su asiento, recorriendo con su mirada a todos los que en esa habitación nos encontrábamos. La chica de frenillos finalmente podría permanecer tan sólo un poco más cómoda sin el fastidio de un infante torbellino. El chico “Green Peace” retomó el interés por ella, para fortuna mía, iniciando una trivial conversación entre ambos en referencia a la incomodidad de permanecer aparentemente serena.

– Deberías preguntarle al doctor si es recomendable que lleves la camiseta tan ajustada, el roce te excita demasiado los pezones y no sé si traer las tetas tan oprimidas te vaya a estropear que crezcan -comentó sin dejar de murmurar ahora que todos en la sala de espera conocían el porqué de mi visita al médico, de cualquier manera, internamente agradecí que murmurare y no se explayara con su discreta y aguda voz; el hombre obeso hojeaba una revista, fingiendo interés en los artículos médicos que contenía, pues como en la mayoría de los consultorios, tal pareciere que todos los pacientes conocemos a profundidad los temas médicos, dado que las únicas revistas que son posible conseguir, en dichos consultorios, son aquellas que el médico mismo deshecha una vez que les ha leído, o quizás sin siquiera hacedle.

– No creáis que siempre les traigo oprimidas, poquillas veces le hago. ¿Realmente crees que seré una chica plana? –pregunté un tanto desilusionada, en espera de que la respuesta fuere un rotundo “no chica, no seréis plana, las hormonas os harán talla CCC”, lo cual sabía no sucedería, ni tampoco lo deseaba, un busto grande para mi cuerpo y estatura resultaría ser tan atroz como la opresión misma del busto que me crecía, oprimiendo mi pecho cual hegemonía que tantas de nosotras hemos sentido por ser relegadas y malsanamente ofendidas, estigmatizándonos en tabúes homofóbicos de los cuales deseaba apartarme, ocultándoles dentro de baúles cerrados en un rincón apartado de un ático obscuro.

– Hay cielo, ¿quién te entiende? Quieres que te crezcan pero no las dejas. Mira, te van a crecer, te vez muy joven y las hormonas te van a resultar de maravilla a tu edad, así que mejor vete acostumbrando a tener tetas. Deberías lucirlas, escotarte y ponerte blusas bonitas, entalladas,… eres delgada y tu cara es bastante femenina, ¿cuánto dices que llevas? –ahora podíamos charlar con mayor soltura, el chico “Green Pace” había cambiado de asiento para estar al lado de la chica de frenillos y el hombre obeso seguía absorto por descifrar la terminología médica de la revista que leía.

– Mes y medio. Vale, es complicado, por supuesto deseo me crezcan, chica, que si no lo deseare no hubiere pasado por todo lo que he pasado,… es sólo que no se si estoy preparada para enfrentarme con lo que representa, y venga, que no me refiero al cambio físico. Soy una chica y mis emociones son las de una chica, atrayéndome las mismas cosas que atraen a las chicas, pensando como una chica,… vale, hasta mi cara luce como la de una chica, vos misma me lo habéis dicho. Deseo lucir como una chica toda. Vos sabéis que ello no se descubre un día en que despertáis entre rosas y jazmines y os decís “mmm, desde hoy voy a ser una chica”,… sencillamente os va guiando, sutil y paulatinamente os vais desarrollando de manera tan natural como le es a un chico su masculinidad, o para una chica su feminidad. Os desarrolláis extrañamente masculino por la feminidad natural que os llena cada rincón, cada célula, cada neurona de vuestro cuerpo,… pero vale, que os digo si para vos habrá sido similar.

– Si estás tan segura, no veo a que le temes entonces –aún con voz acallada, como suele suceder cuando deseáis mantener una charla privada en un recinto, la conversación había fluido ya sin la preocupación de ser escuchadas o silenciadas por los murmullos ajenos. Evidentemente, ambas nos encontrábamos interesadas por lo que una decía a la otra. Elena había adoptado una actitud física más abierta, recargándose por completo en la molesta silla, mientras que yo, había dejado de recargarme para encorvar mi espalda y descansar mis codos sobre las rodillas; mis manos se entrelazaban, manoteaban y nuevamente se entrelazaban a medida que charlábamos, pero ella permanecía casi inmóvil, evidencia de haber superado lo que para mí me pareciere infranqueable en ese entonces.

– Señor Menéndez, pase por favor –anunció la enfermera al tiempo que la Señora Galdós salía del consultorio, deteniéndose en el mostrador para hablar con la asistente y dejar a su inquieta niña libre por la sala de espera, la cual, intrigada observó a Elena.

– ¿Por qué hablas como niño si eres una niña? –preguntó inocente mientras torturaba su pequeña “Barbie” sosteniéndole por un solo brazo.

– Porque Diosito quiso que todas las niñas tuviéramos voces distintas, así puede saber quién le habla y quién no. Tu voz es muy bonita, estoy segura que Diosito siempre te escucha y sabe quién eres cuando le hablas –respondió Elena, esbozando una sonrisa maternalmente cordial. En su lugar, yo hubiese muerto de pena, enmudeciendo en el instante mismo incapaz de gesticular respuesta alguna, pero para Elena, la respuesta fue tan natural como la inocencia de la pregunta hecha; “Diosito siempre te escucha y sabe quién eres cuando le hablas.” ¿Nos escucharía a nosotras, afables precursoras de géneros transversos que por tabús de religiones prohibidas nos hicieren? No lo sabía, no deseaba saberlo, no era el momento de enfrentar una estúpida elocuencia que sostenía “aceptar la homosexualidad, más no las relaciones homosexuales”, ¿y qué de sí mi transexualidad me llevare en cambio de género, desproveyéndome de genital pueril y otorgándome la cavidad madura, mi relación sería aún homosexual? que importaba, todas éramos parte de una “religiosidad segregacionista”, aceptación de género distanciado de la necesidad de amar sin distinción de sexo, pues más pareciere prohibido fuere el hecho de amar por el amor “per se”, que por el género de la utopía nunca por ellos prohibida.

– ¡Niña! deja tranquilo al señora –gritó la mujer volteando de inmediato hacia la niña, víctima de las palabras que mal articuladas demostraron su incapacidad de referirse a Elena. Tan pronto cerró su bolso, la “Señora Galdós” tomó a la niña por el brazo, cual Barbie alguna, y disculpándose nuevamente abandonó la sala de espera.

– A eso, a eso le temo. Me aterra el no saber cómo reaccionar ante las preguntas, me congelo tan sólo en pensar lo que mi padre podrá decirme, me estremece siquiera la posibilidad de perder mi pasado y construirme un futuro, defenderme ante las injurias, las miradas que os observan por la transexualidad y no en la fémina que de vos misma sois, me aterran tantas cosas y deseo tantas otras,… no lo sé, creo de nada me ha servido las sesiones con las psicóloga. Creía estar completamente segura de poderme enfrentar a ello cuando sucediera, y ahora que está sucediendo,… la verdad no lo sé.

– Anda, apunta en el papelito mi teléfono –respondió Elena mientras sacaba de su bolso un bolígrafo y un pedazo de papel para entregármelos- te voy a invitar a mi grupo, nos reunimos al menos una vez al mes para platicar y eso. Nos encantará que nos acompañes…

– Ericka Vólkova, pase por favor – anunció la enfermera mientras el señor Menéndez salía del consultorio para detenerse en el mostrador. Yo me levanté guardando el pedazo de papel con el teléfono de Elena en el bolsillo de la camisa, y con paso decisivo, me dirigí al interior del consultorio…

 

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Un pensamiento en “La sala de espera

  1. “(…) pues más pareciere prohibido fuere el hecho de amar por el amor “per se”, que por el género de la utopía nunca por ellos prohibida.(…)

    Como siempre tus textos son como madreselvas, perfumados, trepadores, sutiles y llenos de ese néctar suave que llena la boca de sabor a miel y verde.
    GRACIAS BELLA!!!

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