Un cuento de Halloween

Escuchaba las voces que de afuera provenían, algunas más lejanas que otras, pero todas en el tono mismo de sentimentalismo que inequívoco era para esas ocasiones; deseó mirar a su alrededor y descubrir de entre la muchedumbre que escuchare quienes de sus íntimos conocidos se encontraren, más no logró hacerlo, la obscuridad total le impedía distinguir rostro alguno o silueta cualquiera; ¡Maldita incertidumbre, moría por saber si acaso su amante hubiere sido capaz de presentarse aquel día! No le creía tan atrevida, aunque en ocasiones varias Hadad le hubiese sorprendido con aquello que le creía incapaz de hacer, o dejarse hacer…, poco importaba, no era el momento para imaginar e idear nuevas formas de hacer o dejarse hacer, le carcomía la curiosidad por distinguir de entre la penumbra las voces que pudiere distinguir, aquellas que para él difícil le eran, como la de… ¿su padre?

El que su familia se encontrare ahí reunida no le hubiere sorprendido en lo más mínimo, claro, siempre y cuando en su familia no fuere considerado el padre, de quien ahora distinguía en perfecta tonalidad su áspera voz. Qué desfachatez el atreverse a asistir a esa celebración tan importante para él como para todos aquellos que en penumbras escuchaba. Su padre, quien había dejado de verle por 15 años, sin llamadle por teléfono ni mucho menos nota alguna que pudiere haberle enviado en día cualquiera; ¿cómo había podido atreverse a estar ese preciso día? Si por él fuere, le sacaría a patadas de ahí mismo, ante la mirada muda y atónita de unos, y complaciente y risueña de otros, incluyéndole a sí mismo.

¡Una risa!, escuchó una risa, alguien reía sin temor a ser escuchado; ¿escuchado o escuchada?, esa tonalidad le recordaba a Alekzandra, con su voz grave, que independiente de su cuerpo atractivo, a cualquiera seducía. De carácter ligero y afable, corta cabellera y cintura que pareciere formada a través de los años moldeada por un entallado corsé, que venga, en ocasión más de una al hacerle el amor, o dejarse hacérselo, constatar había podido que no le utilizare, aunque moriría ahora por hacerle el amor nuevamente si ella le utilizare, enfundada en uno de esos corsés de talle largo y liguero, de color claro; blanco y medias blancas…, Hadad le había utilizado infinidad de veces, inclusive él mismo le había comprado la ropa interior que deseaba vistiere en aquellos encuentros; pero es que Alekzandra muy distinta a Hadad era; con esa cara infantil y su personalidad toda que la morbosidad despertare. El sexo también muy distinto al hacérselo una a otra era; tan sólo de recordar la noche…, y la tarde, y la mañana que Aekzandra y él pasaren le hubiere podido producir una erección perfectamente rígida.

No se había casado, no creía en el matrimonio ni en los lazos que pudieren atar a un par de personas; pensaba, hasta ahora, que ello podía ser una pérdida de tiempo, coartando la libertad de experimentar y disfrutar de la vida misma en todas sus formas; prefería sentirse libre sin raíces que le fincaren por algún futuro. Eso creía, aunque reconocer debiere que en ocasión más de una la melancolía le asaltare al llegar a casa y no encontrar a nadie quien le recibiere, ofreciéndole ese afecto que sólo el lazo de pertenencia a persona otra puede ofrecer.

¿Qué sucedía? no escuchaba voz alguna ahora, ni siquiera un murmullo que de su obscuridad la calma interrumpiere, la cual se quebrantó con los primeros acordes del “Requiem de Mozart”; había olvidado que ayer había muerto y que hoy en su funeral estaba, dentro de ese ataúd de madera color caoba finamente decorado, ataviado con su traje gris Oxford y corbata de seda obscura… ¡Maldita incertidumbre, moriría por saber quién a su funeral había asistido!

 

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