Extracto de “Marian, la manera de jugar”

Ejecutadme entonces, haced de éstas sabanas el placer de una mortaja prohibiéndome el pecado que, para vos, natural de la fe y el albedrío os es. ¿Pensáis acaso que mi sumisión fruto de vuestro domino es? Mayor es mi albedrío que un llano vasallaje, pues es él quien a mí permite del sufrimiento el arrebato del placer que con el flagelo gozo.

Fustigadme cuanto deseéis, atadme de manos y pies, obligad que mis labios por vuestra tez suplique al masturbadme de las delicias que en mi mente se fincan: no existe mayor placer que a mí podréis otorgar que el vuestro no sea.

Penetradme efímera con la falacia de un falo que el suplicio ahoga mi gemido. Tomad en vuestras manos mis senos llenos e inertes hastiados ellos de fútiles lenguas, y en vuestros dientes, hasta la fractura mordedles. Haced brotad de mis pechos la sangre pusilánime que por gusanos podrida vuestro nombre grita: sois vos, Marian, la muerte que en el orgasmo de la bestia del Dragón besar deseare.

(Ericka Vólkova)

Setecientos treinta días II

Por demasiado tiempo he observado entre las penumbras el silencio tus ojos. Y al igual que tu, arropada de una larga falda que a mis piernas se pliega víctima del delirio de un soplo que tu nombre murmura, tomo asiento con regularidad en la misma banquilla de aquel parque que solías visitar. Nadie me acompaña, no espero la visita de a quien su rostro no lograré recordar, ni aguardo por los gélidos labios de una inicua amante que a su cintura asirme pudiere. Ambas distantes ahora estamos: habéis preferido de un sueño la libertad que yo, ofrecerte, no podía.

Fingiría al afirmara que el designio ha sido nuestro olvido, en setecientos treinta días te he llevado a mi prendada en cada una de sus horas, escurriéndoseme los minutos en migajas que por mi pecho, hacia el abdomen cual ingenuas transeúntes, con parnasiana lentitud entre la concavidad de los senos a el ombligo caminan.

Te comprendo más ahora y para ello, ha hecho falta tu misma falta. Los cuervos mi pecho no han torturado, ni los evos en instantes se han convertido. El dintel en la puerta de nuestra habitación solitario permanece, y los fuliginosos entes que entre vapores os devoraban en las tinieblas mismas de los avernos por sus flamígeras paredes han sido consumidos. No han quedado sangrantes picos hirientes, ni de dragones sus alientos: todas las tardes en nuestros cuerpos descalzos han caído.

Éstos ropajes desearía ya mismo arrancar permaneciendo de pudores despojada, asiéndome por los dedos a los confines de ésta banquilla cual vuestras caderas lo fueren, acariciando por sus aristas de tus senos los redondeles, y en los muslos de la piernas que aún por hoy me sostienen, encontrar la humedad de los labios que a mis dichas con la lengua profiriereis.

Miro de tu rostro el suplicio en el aliento que expelo: cauto y sereno, de pómulos llenos y sonrojados, de márgenes rectas y oblicuas esquinas, y en vuestra piel blanquecina el terciopelo de nuestra ahora desdicha. No he sufrido de cuerpo alguno que el vuestro no sea, ni de los pechos ajenos una flaméela. No han existido glúteos a los que mis dedos y manos se aferren, ni cinturas a las que encarecida me empuñe, no ha habido lenguas que por la espalda mi nuca laman, ni labios que cada una de mis vértebras hacia la comisura de las nalgas besen. El otoño hace que mi cuerpo por el tuyo sude, humedeciéndome entre las sabanas que de tu bálsamo empapadas entre las manos huelo y arrebujo.

Las tardes nuestras, con el murmullo del viento en nuestros cuerpos descalzos han caído.

Setecientos treinta días (I)

Con los días he perdido el recuerdo de tu rostro. Mis dedos han dejado de transitar por el contorno de tus perfiles y mis labios no se han volcado más en las comisuras de aquellos que a la mía acallaban. No he probado en el cuello unas manos que, a través de los húmedos hombros, se deslicen para descorren los tirantes de una púrpura blusa, y aunque mi boca seca se encuentra, no he podido de unos senos saciarme de ésta sed que aún hoy me abruma.

He perdido tu recuerdo, tu contacto y aliento, y los instantes que eternos hubieran sido en mentiras se convierten: tus cuervos han terminado por silenciar mis ojos tornándome ciega de intrusas lisonjas.

Me dueles, aún en la distancia me dueles. A los confines de avernos o lienzos tu amante lejos de mí te ha llevado y no puedo que menos maldecirla. Si tan sólo ella besarte hubiera podido, malgastando nuestros momentos que ínfimos pudieron haber durado, trasvasando las caricias nuestras que a los muslos y las formas de nuestras cinturas se aferraban. Pero has sido tú quien la besara, has sido tú quien a su cintura se ciñere, quien en el recuerdo de la amante perdida no encontraste en mí la promesa de una juventud que te ofrecía. Y sola habito aquí, en tu sepulcro arrodillada, maldiciendo los momentos de instantes mismos que de mis recuerdos arrancados de ésta piel han sido: tus labios no más me recorren, ni tu boca más a mis senos se aferran, no son tus manos quienes me restriegan, ni tu lengua quien a la mía explora; no es mi ombligo por donde te abrevias, ni mi vulva por donde te hincas; en extrañas de germanías nos hemos convertido profiriendo jergas que ni tu ni yo significado denotaremos.

¡Ay de mí, la blanquecina piel que de granate con mis palmas, boca y lengua tornare!

Escurriéndoseme entre los dedos el calor de una primavera que a mis pezones el invierno ha ulcerado tu albo cuerpo se desvanece; ¡maldita vecindad de una pulcra podredumbre! Por Marian, de sus cuervos y dragones herida, postrada en éste sepulcro sola de germanías me has dejado.

Por vez primera

Lo que realmente me cautivó fue la pulcritud de su cuerpo desnudo. Era la primera ocasión que tenía la oportunidad de observar la prolija feminidad completa sin ningún embozo que la cubriera o alguna gasa que sus perímetros ocultara. Mientras le miraba caminar, más que excitarme, mi corazón palpitó con extrema fuerza por la maravilla de sus ovalados pechos que descendían en bamboleos contornos sin poder dejar de observar su abdomen que se estremecía ante una cintura claramente definida y en donde sus caderas disputaban por la atracción de quien pudiera admirarla. No era por menos una mujer de abultados pechos ni dotes extremos; delgada y formada en la conclusiva pubertad su firmeza se apreciaba en la nacarada piel de terso melocotón que se ceñía a cada una de sus lozanas fronteras, sin estar éstas libres de impurezas que hubieran hecho de la imagen la falacia de una perfección inexistente. Sus lunares y pecas, sus delicados pliegues, los curvilíneos dedos de los pies, así como los glúteos que no eran del todo generosos le hacían ver que la realidad de su cuerpo era pecaminosamente perturbador, enamorándome de la imagen misma de esa feminidad que observé por vez primera.

Creo que he llegado a idealizar la faz de su rostro, pues no me encuentro segura que en realidad fuera del todo bello. Más esto no me perturba, imaginarla con el semblante que a través de los años le he creado, amasando sus facciones en mis recuerdos ha hecho que ese ícono perdure, haciendo que en más de una ocasión despierte con la sonrisa de mis labios por el símbolo que entre mis sueños, al desear palpar su contorno, entre mis manos se desdibuje cuando los ojos se entreabren y terminar así, de improviso, con el recuerdo de su figura que de entre la obscuridad despunta.

Su imagen me acompaña, sin ser ésta la que de cada chica espero encontrar, y sin ser ésta, igualmente, la culpable de una afinidad que siempre en mi he llevado. ¿Qué puedo hacer que no sea más que idealizar sus dibujados y grosos muslos que ocultan la pueril pubertad de una indiscreta anatomía? Me resta aferrarme a su memoria y al olor de su cuerpo que en estos años he perdido, al tacto de su piel indeleble que entre el pergamino de las sabanas con caricias se escribe, al contorno de sus ojos de verde olivo en un campestre Islámico, a sus labios carmesí de carnosas y párvulas sonrisas que en el viñedo de tinto se tiñen. A sus senos prósperos de infanta vigilia, a su abdomen llano y liso, a su cintura en donde mis brazos se asirán, a su recuerdo que es el mío, a su memoria que por la noche he perdido.

¿Qué puedo hacer que no sea más que idealizar una indiscreta anatomía de aquella noche de pueril pubertad que entre Ericka y yo nos compartimos?

O corve, tu pulcherrimus omnium avium es

Dejadme impávida, abandonadme tras el agobio de ésta maligna tortura que por la boca vuestra lengua en saeta mis pechos cruzan. Desgarradme, y del vientre mío en la saciedad de la injuria hartaos; no soy ella que del bálsamo de éste humo de póstumos ayeres fuere.

Mis venas no más encuentro: sangrantes ellas las agujas de entre los muslos rehúyen mientras los avernos el nombre nuestro, incesantemente, con los cuervos en sus picos de amorfos entes graznan. Sois vuestro lóbrego sepulcro quien a mis sueños devora, quien mis tormentos por sus bocas los gusanos nausean. Sois vos, quien en descarnados hoyuelos de entre los entes mis pútridos labios besan, atando las manos mías en la sodomía del mendigo que la lujuria ansía, y de la espalda tersa que vuestra carne mía fuere, el recuerdo nuestro en el olvido aún en la muerte muere.

Dejad que el viento del hachís, en el gélido tálamo, nuestros nombres entre sollozos musite.

(Extracto de la traducción de los cuadernillos de Ericka Vólkova: “Nuestros cuerpos y tormentos”)

Nuestros cuerpos y tormentos: Milenka Fedora (Traducciones de los cuadernillos de Ericka Vólkova)

Sí…, sí, sí, sí: me encanta, me encanta, me encanta. Me fascina esa chica. Tan sólo de verla me colma el arrebatado deseo de tomarla entre mis brazos y besarla intempestivamente, arqueando nuestros cuerpos en una unión de un solo ser que se entremezcla con el calor de su frágil complexión que puedo palpar casi naturalmente a través de su entallada ropa. ¡Puf! Realmente me es difícil contenerme cuando estoy conversando con ella, y aun cuando intento ser de lo más discreta, muy dentro de lo posible, creo, no tengo dudas que los demás notan cómo mis ojos se resbalan por cada rincón de su figura, muy en especial en ese bello y pequeño trasero que se moldea y delinea por entre sus prendas.

Hoy, al llegar a la oficina me tomé unos minutos para ir por una taza de café. Se perfectamente que para dirigirme hacia la cafetería debo recorrer los pasillos y pasar frente a su escritorio: es uno de mis pretextos para saludarla y conversar por algunos minutos, mención aparte que igualmente es el pretexto para verla y babear por ella. Estaba especialmente linda, parecía una grácil y pequeña duendecita con su chaqueta corta, una bufanda alrededor de su cuello y sus botitas de gamuza gris al final de los pantalones negros que, por su entalle, pudieran fácilmente ser confundidos con leggins pues éstos se ajustaban a sus pantorrillas, muslos, caderas y glúteos como si poseyera físicamente una segunda piel, adquiriendo los contornos y las sutiles líneas de su cuerpo. No pude resistirme; mis ojos buscaron siempre su redondeado y párvulo culo mientras caminaba frente mío al acompañarme hacia la cafetería.

Es “cabroncita”, no me cabe duda, pues sabe lo que tiene y sin pasarse de lista lo explota a la perfección. Lo que me hechiza es que lo hace siempre con gracia y un cierto toque de elegante feminidad que desborda en cada uno de sus gestos y acciones. Nunca viste de forma vulgar, y aunque invariablemente gusta que su ropa sea ajustada, nunca, hasta el momento, ha sido del tipo pedestremente ramplón, inclusive hasta pudiera afirmar que el vestir de esa forma le otorga una simple elegancia erótica en donde la vulgaridad no tiene cabida alguna. Es unos diez años más joven que yo y eso no es impedimento para que deje de atraerme en la forma que conscientemente lo hace. Diez años no son tantos como para que ella pudiera ser mi hija y sí son los suficientes para dejar que mi imaginación recree las apócrifas fantasías que se me desencadenan cuando estoy junto a Milenka Fedora.

Su voz tenuemente infantil la llena de un aura de falsa inocencia que es seductoramente, y sí, púdicamente lujuriosa, haciéndome despertar de cualquier erótico letargo en que hubiera podido acaso caer, lo cual, por cierto, es muy poco probable. Sin embargo, con ella es un tanto diferente a cualquiera otra chica en donde mi pecaminosidad es exclusivamente de carácter libidinoso, buscando el sexo únicamente como satisfacción de placer. Milenka Fedora me despierta el deseo maternal, pues en repetidas ocasiones he deseado enconcharla entre mi pecho para protegerla, convirtiéndome a mí misma en una loba que gruñiría ante cualquier extraño que osare al menos mirarla. ¿Celos? Es muy probable, y aunque ella tiene novio es poco lo que a mí eso me importa. Solemos conversar sobre él y las cosas y actividades que realizan; actividades tan normales en un noviazgo que he llegado a imaginar que sea yo quien la acompañe al realizarlas, sustituyéndolo en ese “pool party”, o en aquel viaje turístico alrededor de esa ciudad colonial. O quizás en la sala de su casa, en donde ambas sentadas, una al lado de la otra, charlaremos por horas largas en donde seguramente no podría apartar la mirada de su rostro y de esos labios faltos de labial que incesantemente erogare hacia la comisura de su boca para pronunciar las palabras como un suave y grácil anhelo.

Es curioso, una de las características que más busco en una chica son sus senos, más en el caso de Milenka Fedora, aunque éstos son perfectamente pequeños y adustamente firmes, pocas son las ocasiones en los cuales detalladamente les he admirado. No quiero decir con esto que no me seduzcan, ¡Por Allah, todo en ella me embelesa! desde su pequeña estatura, su frágil complexión, sus intelectuales espejuelos, su pelo largo que suele recoger para hacerlo descender por su hombro derecho, sus femeninos gestos, sus manos que fácilmente puedo cubrir con las mías, su cuello que denota la blanquecina y pálida tez de su piel, su nariz en forma de “bolita”; sus labios que, inconscientemente, empica cual pato cuando habla; sus marrones ojos pillos que se abren cuando se asombra y que, sin que nadie lo percate, escudriña todo a su derredor, su bamboleo cuando camina, su espalda que encorva frente al ordenador, sus uñas que suele pintar y decorar con alternos colores; la forma en que toma su bolso de diseñador casi tan grande como ella misma, sus diminutos pies que calza en zapatos de piso, sus dientes que se muestran cuando ríe, la forma en que cruza las piernas cuando se sienta; la actitud en que, como colegiala, lleva los cuadernillos pegados al pecho, los pliegues de su frente cuando hace ese gesto peculiar, su faz incrédula cuando le bromeas…, y sin duda la pecaminosidad de su inocencia, aunque ésta sea solamente una quimérica ilusión, pues si bien no es del tipo de chica descomedida, estoy segura que tampoco es del tipo mojigata que pudiera fácilmente ser espantada ante el más mínimo acto de sexual inmoralidad.

¿Soy una pinche calenturienta que se va con el primer culo que le apetece? Cierto, lo soy. Me gusta disfrutar de una buena follada y una agradable paja, y si es con una yonki pues mejor, así, al final, ambas quedamos exhaustas de sexo y anfetas, no tengo ningún prejuicio al respecto. ¿Qué si me he pajeado pensando en Milenka Fedora? Pues no, no lo he hecho, aunque bien podría hacerlo, su cuerpo es tan sensual que fácilmente podría correrme tan sólo de imaginarla echada de frente sobre mí, ambas revolcándonos en la cama por debajo de las sabanas mientras…, ¡Suficiente! Milenka Fedora no es una chica para una sola noche, o quizás para algunas más y después sencillamente despedirnos con el clásico “llámame” o “te llamo”, sabiendo a la perfección que ni ella o yo tomaremos el móvil para marcar ese número que ya hemos eliminado de los contactos. Milenka Fedora es una chica para ir lentamente cautivando, iniciando con el juego desde el primer segundo de la partida en donde la estrategia forma parte de la persuasión diaria para ágil y lozanamente seducirla, sin llegar a la absurda cualidad de la conquista.

Me seduce, sin duda lo hace. Si éste flirteo es de consciente o inconsciente talante no lo sé, y en realidad tampoco me importa. Me toca ahora a mí tomar los peones y alfiles para desplazarlos en el tablero de éstas emociones, acomodándoles en los lugares estratégicos de cada rincón de su tez pálidamente clara.

Marian: la manera de jugar (Extracto)

¿Cómo evitarlo? Y es que por todas las miradas se me iban. Bastaba con que les vislumbrare por unos poquillos segundos, o quizás a través del rabillo del ojo para asegurar que la mirada se posare sobre sus atributos, fueren éstos generosos o escasos. Poco esto importaba en realidad; el encanto surgía con las afables líneas que de sus cuerpos se desprendían para que mis ojos se asentaren en cada uno de sus detalles. Primero los senos; que fueren un tanto huraños y nunca en demasía magnánimos para que les definieran sobre sus pechos en forma saciablemente firmes, y que, al caminar, con el ligero bamboleo de una piel codiciablemente refulgente oscilaren entre la ceñida tela de la blusa que les cubría mientras que mi mente imaginativa, por su contorno redondamente curvilíneo entre óvalos de encajes y satín les desnudaban. Podía embelesadme contemplándolas por momentos eternamente ínfimos, deseando revelar de su cintura la constriña de un vientre plano en donde por su ombligo acortare los pecaminosos deseos logrando con la lengua palpar cada uno de sus pliegues mientras mis manos se envolvieren a los extremos de sus estrechas caderas enroscándose en un abrazo, esparciéndose los dedos por entre sus glúteos en la infranqueable búsqueda de la comisura que, entre ambas nalgas, desde la espalda hacia la concavidad inversa de su feminidad explayare en el encuentro de un monte dentro del valle tenue y delgado que la entrepierna, dentro de sus muslos encubriere. Me imaginaba a mí misma celarles, reemplazando sus rostros con aquellos que Marian por las noches de eternos evos en las absurdas exenciones de vigilia me presentare y que, entre polvos y humos que por mis venas en el atardecer pinchaba, con la faz de Marian de ellas me enamoraba. No puedo lamentarme, la fidelidad que debiere no ha sido jamás, en forma alguna corrupta. No pudiere habedle quebrantado. Para hacedle se es necesario que la ignominia de la incauta le desconozca; no se es suficiente ignoradle pretendiendo que ésta no exista, o que ésta, al acalladle deje una falsa verdad palpable. Cuando cuestionada he sido no le he negado, el placentero deleite de la sexualidad mi debilidad lo es y no he de repudiadle: ¿quién de aquella que conociéndole pudiere a mí reprochar? Quizás fuere Marian la amante que he ocultado, debo reconocedle, sólo yo de ella conozco, y sí, también le afirmo, es por ella que mi infidelidad evidente le es.  No puedo con nadie de ella comentar pues incomprendida temo sería, más Marian es quien mi libertad jura: sus labios de girones malditos son quienes la displicencia al beso me ofrecen, y sus senos secos los que la sed en mi boca apaciguar prometen. No son las caderas de las chicas a quienes miro las que de mí seducen; es el carcomido vientre de Marian en quien por su ombligo deseare con la lengua fugadme, evaporándome dentro del etéreo cuerpo de ése amorfo ente que detrás de rasgados tejidos su pudor de mí oculta. Es Marian, y no otra, quien en su voz el lamento de un pujido mío por los tártaros acalla, y si bien más a una que a otra he amado, es Marian quien mi garganta ahoga, mientras que la otra es quien el grito consuma.

Los cuervos dilapidar de mi putrefacto vientre aguardan, tiñendo de carmesí su grasiento plumaje por los senos que de ésta angustia sangran. No poseo ya pezón alguno: arrancados fueron por las fauces de aquellas a quienes de la lujuria he amamantado. Mis piernas, de tanto distanciadles han languidecido en el adusto empuje de falos quiméricos que por la vulva me han enclavado, y de mis ojos las cavidades por el llanto agrietados conservo, tornándose resecos dentro de obscuridades que en el sepulcro de mi venerada los fulgores perdieren. Me hieren al igual vuestras palabras de espada que las dagas de éste y aquella quienes, con sus manos llenas de zaherías empuñadas, sobre mi pecho desnudo hincan. Llagada de éste cuerpo me postro: son los tóxicos en amargo éxodo quienes la claridad en éste atardecer a mí proveen de indulgencias sin mendigo que en mis olvidados recuerdos he perdido.

¿Quién de aquella que conociéndole pudiere a mí reprochar gritando lo que de voz muda en los avernos por las manos se escribe?

(Extracto de la traducción de los cuadernillos de Ericka Vólkova “Marian: la manera de jugar”)